Tragedia en el Virilla 1926

Al cumplirse 90 años de la Tragedia del Virilla, la Editorial Universidad Estatal a Distancia me publicó un libro titulado “Tragedia en el Virilla 1926”. Se consigue en las librerías de la UNED.

Esta es la reseña que viene en la contra portada:

El domingo 14 de marzo de 1926, a las 8:17 de la mañana, un tren sobrecargado de pasajeros volcó en la entrada del puente Negro, sobre el río Virilla. Más de mil humildes viajeros acudían al llamado de monseñor Claudio Volio Jiménez para que asistieran a un turno en la ciudad de Cartago, a beneficio del Asilo de la Vejez. Hasta hoy, casi 90 años después, sigue siendo uno de los peores accidentes ferroviarios de la historia. Murieron aproximadamente 250 personas, la mayoría eran vecinos de Alajuela. Este libro contiene una recopilación de más de 700 viajeros con información acerca de su nombre, fecha de nacimiento, edad y padres de familia. En muchos casos, se agregan vínculos familiares, el carro en el cual viajaban, segmentos de la declaración que dieron a los tribunales de justicia, la cantidad de dinero que la Northern Railway Company pagó por las heridas
y pérdidas sufridas en la catástrofe.

El guiño de la muerte y de las heridas nos dejó historias desgarradoras. Para muchos costarricenses, la tragedia del Virilla está cubierta bajo un enorme velo de leyenda, que este libro quiere eliminar para darle la magnitud real merecida. Ahora que los trenes regresaron a circular por la misma ruta, ningún viajero debería pasar por ese puente ignorando lo sucedido. Excepto por unas –casi invisibles– señales en uno de los pilares metálicos del puente, no existe recuerdo alguno del accidente en ese lugar. Una placa en el parque de Santo Domingo y un mausoleo en el cementerio de Alajuela son los únicos recuerdos.

La obra consta de dos partes, en la primera se comentan varios textos publicados en los periódicos de la época, principalmente en el Diario de Costa Rica y en La Tribuna. La segunda parte contiene los nombres de las más de 700 personas que se comprobó viajaban en el fatídico “rápido”. Este libro es un homenaje a los viajeros, a sus familias, a sus descendientes y a la inmensa cantidad de personas que participaron en todas las secuelas que tuvo la tragedia del Virilla.

 Portada y contra portada del libro

Reportaje acerca del libro en Informe 11.

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Dos sombreros

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El sombrero de Ramón

Parecería una invención barroca, sin embargo sucedió. Ese día estrenaría sombrero. Lo compró en una tienda importadora en el centro de la ciudad de Alajuela. Era una prenda hermosa, no para bodas o fiestas de copete. Era para subirse a sus sueños. Coqueteó con él desde la ventana durante meses. Cuando se lo probó el dueño del negocio le señaló el espejo. Ramón de Jesús Ruíz Oreamuno se acercó y dejó entrever una leve sonrisa. “Le va de película”, le aseguró el vendedor, descifrando el devaneo. El comprador le devolvió el cumplido bajando, con dos dedos, el ala del sombrero, un gesto copiado del cine. Sin duda, de la única película que vio en su vida: “Los tres mosqueteros”. Lo dejó apartado. Regresó la víspera del estreno. Aunque el vendedor insistió para que se lo llevara puesto, él prefirió guardarlo para esa ocasión madurada a golpe de paciencia: su cumpleaños y el viaje a Cartago. Volvió a su casa, en el barrio de La Agonía, ebrio de una alegría irreconocible. En la bolsa de papel llevaba el sombrero y en la billetera los dos tiquetes del tren. Los compró en la pulpería de Rafael Aguilar López. Los vendía su empleado Manuel Arroyo Solórzano “por encargo de Monseñor Volio”. Los suyos le costaron un ruego y además tuvo que comprar un rollo de puros, aunque no figuraban en su presupuesto, su esposa quería ir a Cartago.

Ramón nació el martes 14 de marzo de 1876. Dice el acta de bautismo: “En la ciudad de Alajuela a quince de marzo de mil ochocientos setenta y seis, Yo el Presbítero Santiago García diácono de esta Parroquia bauticé solemnemente a un niño que nació ayer, hijo legítimo de Juan Ruíz y Francisca Oreamuno, le puse por nombre Ramón de Jesús y fueron sus padrinos Pedro Cruz y Remigia Salas, a quienes advertí sus obligaciones y parentesco. Para que conste lo firmo”.

Cincuenta años después del bautizo, el domingo 14 de marzo de 1926, Ramón cerró la puerta de su casa. El Sol, en tonos naranja, se presagiaba en el este. Se colocó el sombrero nuevo. Era su regalo para el cumpleaños, ese día en algún momento, que él ignoraba, los ajustaría. El viento, aún fresco de la madrugada, le acarició el rostro. Se sentía dichoso. “Sin duda hoy será un buen día”, pensó y se echó a deshacer el camino hasta la estación junto a su esposa María Badilla Alvarado. El sombrero era de cuero, hecho a mano por algún artesano virtuoso. El peregrinaje a Cartago en el expreso de Monseñor Claudio Volio Jiménez, junto con su cumpleaños, eran una hermosa coincidencia para estrenar aquel sombrero importado. La madrugada y la espera les depararon un buen campo en el tren. Ella al lado de la ventana, y él enseguida para evitar alguna travesura del viento. Ramón escogió el vagón número 9. Le gustaban los números impares. Evitó pasar al 26. Desoyendo el albur numérico le consultó, desde la ventana, a un vendedor de lotería del Asilo Chapuí por el cincuenta. Le compró dos vigésimos. El vendedor le agradeció el gesto con una frase que le endosaba a sus cómplices: “Hoy puede ser su día de suerte”. Él atajó el deseo bajando, con dos dedos, el ala del sombrero. Sus dedos duros, acostumbrados al trabajo de la carpintería, adivinaron un cuero suave. Ojeó la lotería. La acomodó, con esmero, en la billetera, era lo único que no iba estrenando. “Dos pedazos pegan cinco mil colones” pensó en voz alta. Se sentó. María le dio un abrazo, un beso y le dijo “Feliz cumpleaños amor”.

Al llegar a la casa de Alfonso Barquero en Santo Domingo de Heredia, con los rostros desencajados y arrastrando un cansancio novedoso en sus cuerpos, Espiridión López le dijo a su compañero Alfonso: “Qué tirada, me traje el sombrero de algún difunto”. Durante la faena de rescatar a vivos y a muertos en el río Virilla, Espiridión halló un sombrero colgado en la rama de un targuá. No encontró mejor lugar para colocarlo que su cabeza. Había olvidado el suyo. El hallazgo le palió el duro sol de marzo. Con el ajetreo del día más duro y cruel de su vida, olvidó devolverlo. Nadie, entre tanta gente que lo vio con el sombrero, lo reclamó.

Alfonso le echó una mirada y le dijo “Es de buena calidad” y luego de un silencio agregó “Devolverlo es una tarea complicada”. Espiridión se lo quitó, dentro halló “RRO 50” escrito a mano. “Quizá sean las iniciales del dueño”. El sombrero se quedó en la casa de Alfonso.

Investigando “La Tragedia del Virilla” acumulé más de setecientos viajeros del rápido a Cartago, identificados luego de revisar varias listas. Sabía que hallaría cosas interesantes, sin embargo, por alguna insospechable razón, quería encontrar alguna persona que ese fatídico día cumpliera años. Se me antojó imposible, entre tanta gente, no satisfacer mi búsqueda. Encontré algunos que cumplieron años unos días antes y otros días después de ese domingo fatídico, pero el que yo pretendía se retrasó casi hasta el final. Cuando di con Ramón Ruíz Oreamuno no podía creer el maravilloso hallazgo. La larga averiguación me devolvió, con Ramón, un premio doble, él era cumpleañero el día de la tragedia y además no era el suyo cualquier aniversario: cumplía cincuenta años. El accidente del tren en el Puente Negro del Virilla dejó, entre muertos y heridos, casi en partes iguales, algo más de quinientas personas, la mayoría de la ciudad de Alajuela.

Recuerdo haber visto ese sombrero colgado en una de las paredes de la casa de mi tía. Lo llamaban el sombrero de Ramón. Nadie conocía la historia. El tiempo se encargó de darle varias manos de olvido. Recuerdo haberlo tenido en mis manos. Era un sombrero negro y tenía en el fondo esa inscripción: RRO 50. Noventa años después me atrevo a afirmar que le perteneció a Ramón Ruíz Oreamuno que ese día celebraba sus 50. Después de la muerte de mi tía sus pertenencias pasaron a ser bienes de difunto. Nunca más volví a ver el sombrero de Ramón.

María, su esposa, sobrevivió a la Tragedia. La Northern Railway Company, propietaria del tren accidentado, le pagó una indemnización de 3000 pesos por la muerte de su esposo.

El sombrero de Claudio

El sábado en la mañana Claudio Hernández fue al mercado central de Cartago a comprarse un sombrero. Quería uno similar al de su hermano Rafael. Encontró la talabartería en un recodo del laberinto de tramos. El vendedor lo reconoció. “¿Usted es el hermano de Rafael el maestro?” El resto del trámite fue fácil. El dueño le hizo precio y además le preguntó por el hermano “Ayer lo vi muy resfriado”. Claudio le respondió “Pues hoy amaneció peor, ni se levantó. Lo frotaron y durmió con unas páginas de La Tribuna en la espalda. Y nada”. El vendedor le recomendó un buen trago de anís tibio con jengibre para su hermano “Sin abusar porque el anís afecta los nervios”. Salió del mercado con el sombrero y la receta en la cabeza. Siempre quiso uno de cuero bueno. Pasó por las oficinas del colegio San Luis Gonzaga para decirle a Francisco Gómez Alizaga que Rafael no podía acompañarlo con la comitiva y se ofreció para sustituirlo. Alizaga le agradeció el gesto y le comunicó que salían para Alajuela en el último tren. Dormirían allá para regresar el domingo en el rápido, con los romeros. Había mucha gente que no tenía tiquete y querían venir a Cartago. Monseñor Claudio Volio le pidió ayuda a Alizaga para que vendiera los pasajes en la estación de Alajuela y en el tren. Le dio varios talonarios. Se volvieron a encontrar en la estación de Cartago. Cuanto él llegó, Alizaga ya estaba allí. Francisco le piropeó el sombrero. “El mío no es tan bueno”. Claudio no ocupaba ese gesto, pero agradeció la cortesía, estaba encantado con la compra. Se sentía orgulloso y a gusto. El viaje de la comitiva fue apacible. En Alajuela los esperaban. Hubo cena y agasajo para los amigos de Monseñor. Y el sombrero de Claudio tuvo una destacada participación. Un finquero de Grecia se lo quiso comprar. Claudio se negó, pero se comprometió a llevarlo, al día siguiente, al mercado de Cartago a la talabartería de los amigos de Rafael. Los dos convinieron en que era una solución perfecta.

Muy temprano, en la mañana, los miembros de la comitiva se dedicaron a vender tiquetes a los viajeros en la estación del tren del Atlántico en Alajuela. A Claudio le dieron un talonario. Cuando vendió el ultimo pasaje los tres vagones ya estaban repletos, él era el único de la comitiva que no se encontraba aún dentro del tren. Antes de subir necesitaba ir al servicio a orinar. Fue corriendo. Orinó largo y tendido. Fue tan placentero que olvidó las otras urgencias. Había aguantado las ganas porque la venta no le dio tregua. Escuchó la máquina pitando y rumiando. Salió de prisa. El tren iba saliendo. Intentó alcanzarlo, pero un ventolero le arrebató el sombrero. Voló alto y lejos. Una mujer intentó atraparlo y lo empujó más allá. La máquina aceleró. Escuchó el griterío de los pasajeros felices con el viaje. Tomó una decisión rápida: el tren o el sombrero. Se inclinó por su querida prenda. Lo siguió. Al alcanzarlo supo que había perdido el tren. Un vendedor le ofreció lotería. Le respondió que “No”, el hombre insistió: “Tal vez hoy es su día de suerte”. Claudio le dio una ojeada y le dijo: “¿Suerte? Acabo de perder el rápido de Monseñor”. El vendedor le dio una solución: “En media hora sale el corriente”, y él le respondió: “No es lo mismo”. Sacudió el sombrero. Entró en la estación. Compró un pasaje para irse en el corriente. Estaba molesto, le quedó mal a Alizaga, a Monseñor Volio y a su hermano. Ahora qué les iba a decir. Había preferido el sombrero.

Una semana después, en el Diario de Costa Rica del 21 de marzo de 1926, Claudio halló la siguiente nota: “Un señor de apellido Hernández, al ir a tomar el tren en la estación de Alajuela, momentos antes de que éste saliera, se le voló el sombrero con el viento, y mientras fue a recogerlo, el tren salió, quedándose el Sr. Hernández en Alajuela”.

Francisco Gómez Alizaga, profesor del colegio San Luis Gonzaga, era el encargado de la comitiva. Murió en la tragedia. También falleció Víctor Mora Pérez portero del mismo colegio. Era miembro de la comitiva.

La Tragedia del Virilla sucedió el domingo 14 de marzo de 1926. Este año 2016 es el 90 aniversario.

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En un bosque de la China

 

Especulo, no soy experto en el tema, que la exposición de las esculturas de Néstor Zeledón Guzmán, en cartelera en el museo de Arte Moderno desde noviembre de 2012 hasta marzo de 2013, ha sido la mejor en la historia de Costa Rica. Y para decorar ese extraordinario evento la editorial de la UCR publicó un libro titulado Pasión Escultórica: Néstor Zeledón Guzmán escrito por María E. Guardia Yglesias, Ileana Alvarado Venegas, Efraín Hernández Villalobos y mi querido amigo Gerardo Martí Roch. Fue una grata coincidencia. O quizá una sincronía calculada. Una conjunción de piedras cósmicas. El libro es un delicioso repaso por la vida y la obra del artista. Es para leer, para ojear, para admirar, para querer acariciarlo, para coleccionarlo como pieza emblemática. El formato es a dos columnas y tiene cientos de fotografías, bocetos, dibujos y por supuesto diferentes momentos de Néstor, según la época, en sepia o en colores. Se lo encargué a un primo. Lo compró en la librería de la UCR. Ya en la casa, debido al tamaño, no hallé un espacio entre los otros volúmenes y entonces lo dejé sobre el escritorio. Ahí está. Lo abro en una página cualquiera cuando se me antoja para disfrutarlo una y otra vez. En la 169 hay un San Juan tallado en 1956. Adorna, entre otros santos, la fachada de la iglesia de San Isidro de Coronado. Me contó Néstor que ese santo fue una travesura pues lo hizo con su rostro de cuando era joven. Ocupando toda la página 103 está la fotografía de la escultura Mundo-Hombre-Caída de 1967, guiño a al poeta Jorge Debravo, ubicada en medio de un bosquecillo fraudulento frente a la soda de la Facultad de Educación de la Universidad Nacional. Me confesó Gerardo Martí: “el bosquecillo no es una pretensión de la naturaleza, lo sembraron a propósito para ocultar la obra que no fue del agrado de algún jurado o de alguna comisión de curadores empíricos”. En las páginas 70 y 71 Gerardo firma su autoría del Capítulo III. Lo inicia con una frase lapidaria, según se le analice: “A Néstor no se le ha considerado, hasta ahora, un artista exportable porque su trabajo es demasiado ‘tico’, ‘tradicionalista’, ‘folclorista’…”

Ahora, con el desaguisado de los Premios Nacionales, me pregunto por qué un libro tan fuera de serie en nuestro vergel pasó inadvertido entre los jurados y la crítica entendida. Se me ocurre que por alguna desatención burocrática no llegó a las manos de los señalados. Y tampoco llegó a sus oídos y a sus ojos la exposición de Néstor, quizá las apretadas agendas no hallaron una línea en blanco para anotar la cita, entre los más de tres meses que permaneció abierta al público. Dejar las Artes Plásticas sin Premios Nacionales con semejante muestra artística deja mucho espacio para la especulación. Se me ocurre un cambio de escenario, si la muestra de Néstor, “no exportable”, se hubiera realizado en un museo en algún bosque de la China, con el libro Pasión Escultórica traducido al chino medieval, al mongol, al tibetano, al uyghur y al chuang decimonónico, entonces nuestro pequeño país habría contratado un vuelo chárter para una respetable y considerable delegación, incluidos por supuesto, los jurados y las comisiones, algunos diputados, algunos presidentes ejecutivos, algún rector, algún decano, algunos ministros, todas y todos conocedores del arte, y la historia sería diferente. Y no me extrañaría que entre los viajeros se colara alguno de los precursores del bosquecillo de la UNA, estrenando vestido entero, zapatos Calderón y cámara con trípode para fotografiar los encantos de la China y quizá un par de obras de Néstor. Sus perfiles en las redes sociales darían pinceladas de su admiración de lo que se perdieron en el museo de la Sabana.

Hace unos días, cuando visité a Néstor allá en su finca, en Loma Bonita de Nicoya me dijo: “Mirá, yo tengo un Magón y tres Aquileos, no necesito otro. Pero, mirá, el libro es un trabajo extraordinario. Un Aquileo al libro hubiera sido un premio para Gerardo Martí, escritor, escultor, pintor, carpintero, maestro. Fue un artista completísimo. Se merecía eso y más. Fíjate, lo que son las ingratitudes de la vida, aquí queríamos recibir esa noticia y nos llaman para comunicarnos la muerte de Gerardo”.

Uno podría especular que a los políticos les incomoda el dinero destinado a los Premios Nacionales y una manera de manifestarlo es dejando ciertas áreas de la creatividad en el limbo. Este año fue la Plástica y el Teatro, el próximo le corresponderá a la literatura y a la pintura. Y así habrá un ahorro en las arcas del gobierno y en los bolsillos del pueblo. Con los treinta y cinco millones de dólares que le vamos a obsequiar a OAS, lobby incluido, por su lindo acento y su Pasión Escultórica admirable en la carretera hacia San Ramón, me pregunto: ¿Cuántos años de Premios Nacionales se presupuestarían?

Felipe Ovares Barquero

felipe_ovares@yahoo.com

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Fotografías

 

Mi querida amiga Natalia quería una fotografía con Mafalda en San Telmo. Yo una en la esquina de las calles Jorge Luis Borges y Costa Rica en el barrio Palermo. Esa mañana cálida de diciembre de 2011 nos encaminados desde el hotel Dos Congresos hacia el primer objetivo. Luego en la tarde, en el metro, iríamos por el segundo. Cruzamos el parque frente al Congreso y nos enrumbamos por la Avenida de Mayo. Una paradita, con fotografía para ella, en el Café Tortoni, la Peña Literaria de Borges, entre Tacuarí y Piedras. Seguimos hasta la Plaza de Mayo. Más fotografías. Giramos hacia la izquierda para visitar la Catedral Metropolitana. En la Plaza un paseante nos descifra: “Son turistas” me pregunta. “Si”. Le respondo. Natalia no escucha. La veo frente a la Catedral. El hombre me cuenta: “Fui compañero de escuela de Humberto Maschio, que dirigió a Costa Rica hace muchos años. Soy hincha de Racing, La Academia”. Le respondo: “Si. Tengo un lejano de recuerdo de Maschio. Soy seguidor del Herediano”. Me despido. Paso la avenida Rivadavia. Frente a una de las columnas Natalia posa para otra imagen. Un cura es el fotógrafo. Ella es así, le habla a un muerto si es necesario. Me acerco. Él le devuelve la cámara y la bendice. Alcanzo a descifrar cinco palabras del Génesis: “trigo y vino en abundancia”. Da la vuelta. Nos miramos. Es un hombre apacible. No es un cura de pueblo, tiene otros aires. Me sonríe. Sigue. En la avenida lo esperan. Se mete en un Fiat 500 y desaparece. En ese momento tanteaba recordar si fue con Maschio aquella victoria contra México en el desaparecido estadio Nacional con un golazo de Fernando “El Príncipe” Hernández, entonces no atendí lo que ella me decía. Y me hablaba y me hablaba. Ahora, mientras ojeaba el mapa callejero, tan sólo se me ocurrió decirle: “Crucemos la Plaza de Mayo”. Necesitábamos llegar a la calle Defensa. Por allí nos encaminamos marcando las calles venideras: Adolfo Alsina, Moreno, me encantan cuando tienen nombres, avenida Belgrano. Parada con fotografía en la Iglesia de Santo Domingo y en el mausoleo de Belgrano. Continuamos, Venezuela, México. Internados en el barrio San Telmo. La siguiente calle es Chile, en esa esquina, los parroquianos dirían: “esquina Chile con Defensa o Defensa con Chile”, allí está Mafalda sentadita en una banca. Es el barrio de Quino. A Natalia, que va leyendo una guía turística, le toco el hombro y le señalo la escultura. No sabe qué hacer. Se sienta junto a ella, la abraza, la besa. Le tomé unas veinte fotografías. A mí me tomó dos: una abrazándola y en la otra estoy ojeando el callejero pues sigue una visita a Caminito, con parada en el estadio del Boca Junior en el barrio de la Boca.

Ahí sentado recuperé una pregunta: “¿A quién se me parece el cura fotógrafo? No obtuve la respuesta pero el hilo de la búsqueda quedó activado. Más fotografías en el estadio. Y otras, muchas más, en Caminito. Las casas de colores llamativos, la pareja bailando tangos, el fuego y el olor de los asados, los restaurantes con sus mesas en la calle, el falso Maradona con el 10 de la albiceleste que cobra por posar.

 Ese mismo día, a pesar del tránsito, nos pudimos colar en el Subte para ir al barrio Palermo. Nos bajamos en la estación de La Plaza Italia. Iba en busca de mi tercera fotografía. La primera fue junto a una escultura de Neruda en Valparaíso, la segunda con Mafalda. Allí está la calle Jorge Luis Borges, caminado hacia el Soho se encuentra con la calle Costa Rica, y en esa esquina sería el sitio de la imagen. Hay varias curiosidades en ese cruce, el negocio de la esquina se llama “Filippo Caffe Gelato”, la calle Costa Rica, al igual que nuestro país, alguna vez tuvo un tranvía. De aquel transporte solo queda la huella de los rieles resistiéndose al pavimento y al olvido.

En la noche, con las luces apagadas, en la cama, mirando hacia un imaginario cielo raso recupero la imagen del cura de la Catedral. Es un rostro reposado pero macilento, sigo sin ligarlo con el de algún conocido. En cambio podría jurarlo, si me lo piden, que fue con Maschio el gane a México 1 a 0 y la derrota posterior en el Azteca 3 a 1.

Catorce meses después, el 13 de marzo de 2013, al llegar a la casa de mi amigo Javier, quien atiende mi llamada en la puerta es su esposa. Me recibe con humo blanco, la noticia esperada: “Ya eligieron al Papa. Bendito sea Dios”. Le pregunto: “¿De dónde es?” Me responde: “Es argentino, imagínese”. Dos horas después frente al televisor de un pequeño restaurant observé el rostro del nuevo Papa. Al verlo pensé, se parece al Rafilla, un panadero de San Ramón, amigo de la infancia de mi padre.

Desde el teléfono le escribí un mensaje a Natalia: “La fotografía en la Catedral de Buenos Aires se la tomó el Papa Francisco🙂 ” y le agregué una carita feliz.

Felipe Ovares Barquero

felipe_ovares@yahoo.com

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La pared encantada

… cuya alegre vista renovó

en su memoria mil amorosos pensamientos.

Don Quijote, II Parte, Cap. XXIX.

 

Su mundo frágil lo fue devorando el olvido, como una muralla medieval deshaciéndose al perder otra piedra. A mi tío Hernán lo sorprendió ese infortunio un día cualquiera, a los ochenta y tantos. Su hobby más notable era contar anécdotas y ya era tarde para recuperar sus recuerdos. A su mujer la olvidaba por las noches, pero la rescataba en las mañanas al descubrirla en un retrato colgado en la pared. Y para evitar ese desaguisado con su hija Rosa, colocó una fotocopia de la cédula por ambos lados junto al apagador. Luego, de él y su hermano Carlos, mi querido padre, agregó una hermosa postal en sepia de los años cincuenta. El fotógrafo los capturó caminando en San José, él va con vestido entero y sombrero, mi papá viste casual, pero elegante. “¿Y éste quién es? Le pregunto, para probar su artilugio. “Era mi hermano. Murió hace poco”.

Cuando las paredes de la sala olvidaron su color bajo cientos de recuerdos rescatados con alfileres, tachuelas, clavos y goma, Hernán dio vuelta hacia el comedor con nuevos apuntes e imágenes para no darle tregua al implacable olvido y sostener ilusiones. Rosa salió al rescate del resto de la casa y le cercó el trámite. Con una raya blanca, hecha con tiza, desde el techo hasta el piso le marcó la frontera final. “Hasta aquí papá, de aquí no puede pasar”. Fue una orden militar. Hernán la acató como un raso disciplinado.

Un domingo lo visité. “Papá, es Felipe, el hijo de Carlos, su hermano”. Le gritó Rosa en el oído izquierdo. “Felipe Lafargüé”. Respondió. Siempre me llamó con ese nombre. Dejó el sillón y se acercó a la mesa sobre la cual tenía el televisor. Nos señaló una fotografía y agregó: “Aquí está”. Era mi fotografía. Ocupaba un espacio diminuto de la pared empapelada. No sé dónde la consiguió. Debajo, con letra menuda, había escrito: “Felipe Lafargüé”. Regresó al sillón. E hizo lo que acostumbraba cuando nos encontrábamos, me contó la historia de ese nombre medio afrancesado. “Mirá. Era un hombre espigado y elegante. Siempre vestido de blanco, desde los zapatos hasta el sombrero. Impecable. Daba gusto verlo. Vivía en Puntarenas. Pero un día desapareció. No se le volvió a ver. En algún enredo se metería. Muchos años después lo encontré en un parque en Panamá City. Igual. Impecable. Lo saludé. ¿Felipe cómo está? Y enseguida respondió. Me confunde. Se levantó de la banca y se mezcló entre la gente”. Esa era la historia del hombre cuya etiqueta, en la pared, evitaba mi posibilidad de ser devorado por el olvido. Entonces Rosa agregó: “Ve papá. Usted cuando le da la gana recuerda. Basta con darle cuerda”. Y él le respondió, con una sonrisilla irónica: “Le salió en verso”.

“Algunas veces recuerdo batallas donde nunca estuve como Charlie Mears, el personaje de El cuento más hermoso del mundo de Kipling. Y luego no me explico cómo recordé esos sucesos y esos nombres”. Eso lo dijo mientras se ponía en pie. Frente la pared señaló una fotografía. “Aquí estábamos Don Teodoro y yo en el campo de aterrizaje de la Sabana. Veníamos del Valle del General. Él era el presidente de Costa Rica”. Apuntó su dedo hacia otra imagen y agregó: “Aquí estoy en Nueva York”. Al lado había un papelito. Lo leyó en silencio. Se rascó la cabeza y dijo: “El 20 de abril de 1948 fui presidente por un rato. A Don Teodoro, que era un hombre correcto, lo obligaron a dejar el poder y lo expulsaron de país. Yo estaba con él cuando se marchó. Unos cuantos nos quedamos en la oficina esperando a los nuevos responsables. La silla presidencial quedó vacía y en el escritorio se acumularon documentos sin revisar y asuntos sin tratar. Entonces un amigo dijo: Aquí está el presidente, es Ovares, el conoce bien la política de don Teodoro. Este otro papelillo es para no olvidar el día que me asaltó el Rafilla. Éste, los años en Golfito. Aquel, la panadería que tuvimos en el centro de San Ramón”.

Luego de un silencio razonó, sentimental y ceremonioso: “El olvido, dependiendo de las circunstancias, es un infortunio o un alivio. Las paredes perdieron ese privilegio de preservar los recuerdos. Antes los visitantes eran recibidos por los muchos retratos de la familia. Ahora los recuerdos se libran del olvido con el Facebook. Recordar será innecesario, bastará con saber leer”.

El hijo de Rosa le ofreció a su abuelo abrirle un perfil en Facebook para liberar las paredes. Hernán lo rechazó con tres palabras: “No tiene encanto”.

Mi tío murió hace unos meses. Rosa archivó en cajas sus recuerdos. La casa quedó sola, a las paredes les dieron tres manos de frescura, y se alquila. Nos quedó el silencio que es el olvido.

 

Felipe Ovares Barquero

felipe_ovares@yahoo.com

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El espíritu de los muchachos

Dichoso el árbol…
Rubén Darío

 

Fue mi querido amigo Diodoro Sículo García Sánchez quién me llevó desde el barrio Juanito Mora en Cañaza, hasta las agobiantes cumbres de unos montes en la breve serranía de Salsipuedes, allá en Osa. En lo alto, mirando hacia el océano Pacífico, me dijo: “Este es un lugar sagrado”. Y señaló una fila de imponentes ceibas. Las conté acariciando su tronco con un abrazo. Eran quince. “Aquí enterraban a los nativos en los añejos tiempos de su reinado. A cada difunto le colocaban una semilla de ceiba bajo la lengua. No era el peaje para cruzar al más allá como las monedas reclamadas por Caronte antes del angustioso trasiego de sus almas al otro lado del Aqueronte, era para volver a la vida en la piel de una ceiba majestuosa”.

Me gustan los árboles. Sembré cuatro ceibas en un cafetal que nos heredó mi madre. Medían poco más de veinte centímetros y se sostenían en la palma de la mano cuando las compré en Cartago. Por suerte la decisión de sembrarlas no pasó por el trámite de la muerte. Tres desaparecieron. La sobreviviente tendrá ochos años y ya es imponente.

En el sur abundan las viejas ceibas. Según Diodoro cada uno es la señal de un viaje cósmico. A diferencia de las cruces de nuestros cementerios, éstas señales dan sombra y hermosura. Era usual entre los borucas colocar a cada niño un collar con una semilla de ceiba por si la obstinada muerte los sorprendía lejos de su casa. Diodoro me mostró su collar. Le devolví una sonrisa cómplice. El ritual pedía colocar la semilla bajo la lengua del difunto y luego cubrirlo con tierra fértil. Para los Mayas la ceiba, que ellos llamaban yax-che, era un árbol sagrado porque unía y separaba el Universo. Los creadores, según el Popol Vuh, lo sembraron en los cuatro rumbos del cosmos.

Cuenta la leyenda que un cacique Boruca envió, junto con un guía, a sus dos hijos gemelos, hombre y mujer, a buscar un tesoro oculto en algún recodo de un lejano y pequeño río que los pacacuas llamaban Pirro o Pirrís. La rúbrica era una gran esfera de piedra reflejada completamente en el espejo de una poza, mirándola por el poniente. En el momento oportuno un comemaíz se posaría sobre ella, y luego otro y otro hasta completar diez mil doscientos noventa y siete, cantidad suficiente para levantar la esfera. Entonces el conjunto tomaría la forma de un gran quetzal. En fondo del hoyo que dejaba la esfera hallaría una espada, quien se adueñara de ella no perdería batalla. Un año después de la gloriosa partida regresó el guía con el rostro desencajado, sin la espada y con la triste noticia de la desaparición de los muchachos. Una cabeza de agua los arrastró. A pesar de los bríos del guía, no logró hallarlos. El cacique y luego sus sucesores mantuvieron la tradición de enviar una expedición, cada diez años, a hurgar en la ribera del río maldito dos ceibas. Durante siglos la romería silenciosa y secreta de los sureños por las aguas del río herediano fracasó. Hace unos meses la excursión, léase el afán de un hombre solitario, encontró las dos imponentes ceibas en la margen izquierda del modesto Pirro a dos segundos al sur del paralelo 10 Norte, al lado del parqueo central de la Universidad Nacional. Fue un acto solemne. Una conjunción de esferas celestiales, al menos así lo llamó Diodoro Sículo al feliz hallazgo. Un inexplicable guiño del destino. No tuvo eco en los noticiarios, ni en los periódicos, ni mucho menos en los melodramas de las redes sociales, ni en las revistas baladíes allende los mares. Tampoco en You Tube punto com. Ese largo llanto de un “hombre trabajado por el tiempo”, al descifrar el enigma de una leyenda, abonó la tierra de sendos gigantes. Aunque no dio razones, suplicó a quienes cubrían con cemento las paredes del río no dañar los árboles. Fue una ardua tarea. Dicen quiénes lo vieron que aquel extraño ser estuvo allí sentado, bajo la sombra de los mellizos, manteniendo una huelga de hambre para que no los cortaran. Su frase incomprensible fue “Dejen tranquillo al espíritu de los muchachos”.

Los dos árboles tienen la misma altura, el mismo diámetro, como si los hubieran plantado el mismo día. Si los dejan, lo cual es poco probable, algún día sus troncos podrían tocarse.

Existe un programa silencioso en la Universidad que rotula los árboles con su nombre científico y vulgar. La placa roja con letras blancas la colocan bajo los árboles para que la gente los reconozca. Es una gran iniciativa. Ojalá algún día le coloquen una a las ceibas de la rivera del Pirro, allí donde Diodoro Sículo lloró de alegría al encontrarlos.

Felipe Ovares Barquero

felipe_ovares@yahoo.com

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Aniversario de un San Juan

Una querida amiga me cuenta acerca de su devoción por un San Juan, como si los San Juanes fueran diferentes. “Éste lo es”, se confiesa, “está ubicado en la parte alta de la fachada de la Iglesia de San Isidro de Coronado, del lado sur. Ni siquiera necesito entrar a la iglesia, le rezo y le pido desde el parque”. Para verificar la autenticidad de su fe me muestra una fotografía de su San Juan. La lleva en la cartera, en el sitio privilegiado para los amores terrenales.

Lo que ella no sabe es que yo conozco a ese “Santo”, es real, recién cumplió ochenta años. Nació el sábado 7 de enero de 1933 en Guadalupe. Tiene nombre y apellidos, se trata de mi querido amigo el escultor Néstor Teodoro de la Trinidad Zeledón Guzmán. Lo bautizaron en la Parroquia de Guadalupe el 6 de marzo del mismo año. Hijo de Néstor Zeledón Varela y Hortensia Guzmán Serrano. Sobra agregar que mi amiga no creyó lo que le conté acerca del San Juan. Para disipar las dudas y darle un tratamiento material fuimos a visitarlo. Como requisito, le pedí que le tomara algunas fotografías a su San Juan, ojalá con un acercamiento del rostro. “La estampa milagrosa” que lleva en la cartera no es nítida y el santo está un poco lejos para mi gusto y mis propósitos.

Néstor tiene su casa – taller – museo en Barva de Heredia. Nos recibió como siempre, con un abrazo, una sonrisa “y pasen adelante”. “No será tan milagroso pero este caballero es el Santo de su devoción”, le dije a mi amiga. Y en algún momento de aquella tarde, entre mazos, gubias, burucha y aserrín, Néstor recordó la escultura, objetivo de nuestra visita, así: “Mi padre Néstor Zeledón Varela era escultor de arte religioso, hizo muy poco arte profano. En esa época el arte era prácticamente para dotar a las iglesias de efectos de culto. Entonces todos los santos tenían cara de santos. En los costados de la entrada principal de la iglesia de Coronado hay un grupo de ángeles, se esculpió uno y se copió varias veces. Ese trabajo lo hizo mi padre. Sobre la puerta principal los dos santos los hizo Don Manuel Zúñiga. Los cuatro que están sobre las puertas laterales los esculpí yo, son los evangelistas. Cuando hice a San Juan tuve un enorme problema, como no tenía un modelo me dibujé un auto retrato. Dudé varios días, pues aquello podría parecer una travesura, hasta que por fin tomé la decisión y lo esculpí como quería: con mi rostro. Deben observarlo, es una cara joven. En estos momentos no me parezco. Pero soy yo”. Entonces ella empezó a creer y cuando Néstor le mostró sus fotografías de juventud la duda acabó en una frase “Es cierto Don Néstor es el San Juan”. Aunque no es creyente su obra mantiene un coqueteo con la espiritualidad. Ese día nos obsequió un tour por las esculturas religiosas que conserva en su casa. Nos contó: “Esa relación viene desde mi juventud. Recuerdo que con un puño de pinceles y yeso estuve en Nicoya restaurando santos dañados por el terremoto del 5 de octubre de 1950. En Hojancha también reparé santos y en la iglesia de Filadelfia el cura me dijo que si había santos dañados pero no había plata para repararlos” y agrega, como para distanciarse del asunto: “Los santos son estereotipados, no dan oportunidad de crecer en cuanto a la creación artística”. Los ojos de mi amiga se abrieron incrédulos cuando Néstor nos contó: “en una ocasión cambié un santo por una marimba”.

La editorial de la Universidad de Costa Rica recién publicó un maravilloso libro acerca de la obra de este gran artista costarricense titulado “Pasión Escultórica. Néstor Zeledón Guzmán”, cuatro autores lo firman, entre ellos se destaca un amigo de siempre de Néstor el artista Gerardo Martí. Es un merecido homenaje que coincide con su ochenta aniversario. Viene engalanado con decenas de fotografías de sus dibujos, sus pinturas y sus esculturas. En la página 168 colocaron una fotografía del San Juan de la Iglesia de Coronado. En el pie se lee: San Juan, 1956, escultura en concreto, 190 cm de altura. Aunque no se observa en la imagen, la escultura tiene una aureola de cobre, sostiene un libro contra el pecho. Y, quisiera creer yo también, que las manos son las de Néstor, pequeñas y fuertes. Aunque el libro contiene varias anécdotas vivenciales no encontré, ignoro las razones, ninguna otra referencia al San Juan de la Iglesia de Coronado que vigila desde lo alto.

Hace unos días me llamó mi amiga para contarme que estuvo en una visita guiada en el Museo de Arte de Moderno, donde se muestran decenas de obras inéditas de Néstor Zeledón. Otro homenaje que junto al libro están decorando los ochenta años de una vida dedicada al arte. Orgullosa me dice que tiene una fotografía junto a Néstor que les tomaron en la entrada del Museo, allá en La Sabana. Me dice “Es la que llevo a ahora en mi cartera”.

 

Felipe Ovares Barquero

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