Plutón es un enano

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No puedo manejar y llorar. Me detengo, salgo de la carretera. Me borro las lágrimas y respiro profundo. Acaba de cantar en Radio Dos, con su voz quebrantada, Bob Dylan[1] “Blowin’ in the Wind” y aún no han dejado de flotar sus versos “How many times must a man look up before he can see the sky?”. Como siempre, no tengo una solución para estas incertidumbres filosóficas, me imagino que “la respuesta está flotando en el viento”.

Pero no es la canción la culpable de mis angustias, es la noticia que disparan enseguida. El ingrato des-animador de la radio anuncia, en una capsula informativa, que en Praga la Unión Astronómica Internacional (IAU) ha decidido arrebatarle el título de planeta a Plutón. La decisión no ha sido unánime, incluso hubo cierta controversia, pero finalmente, la resolución apocalíptica obtuvo en la votación 250 votos positivos y 180 negativos. A partir de esta fecha fatídica Plutón será un planeta enano[2]. Según ciertas crónicas que no son marcianas, algunos espectadores aplaudieron el resultado, mientras en las afueras del recinto un grupo de amantes del triste planeta mostraba sus pancartas de apoyo, en una de ellas se leía: “I love you Pluto”.

Dichosamente los astrólogos tienen otra opinión, por ejemplo, Antonio Facciollo Neto, director de la Orden Nacional de Astrólogos y Cosmoanalistas de Brasil apunta lo siguiente: “Cuando recibimos las influencias vienen conjugadas a través de todo el Sistema Solar y el hecho de que un astro sea considerado un planeta o no sólo es un asunto de nomenclaturas. Plutón sigue siendo un astro, independientemente de que algunos decidan llamarlo planeta o no”. Otro astrólogo, sin duda brasileño, Joao Baltasar Assuncao Bela Luna Branca Lampinho, a quien conocí en Pelotas en el estado de Río Grande do Sul me ilustra con esta sentencia: “el oleaje cuántico seguirá siendo el mismo, pase lo que pase”, y le creo, él me detuvo la calvicie prematura muchos años atrás, barriéndome la mollera, de izquierda a derecha durante trece días en ayunas, con las plumas exóticas de ciertas aves rapaces diurnas y nocturnas que pululan por las costas arenosas de Santa Catarina y Leblond. Gracias Lampinho. ¿Te acuerdas? ¿No?

Las noticias siempre son malas y cuando no, las maquillan para que lo sean. No me queda más remedio que decirte: Plutón “te voy a hacer un bolero si me llega la inspiración[3]. Hoy hemos perdido un planeta, pero le pido a Dios que esos centuriones siderales no se reúnan tan a menudo porque nos van a despoblar las noches con esos filosos razonamientos. Y luego alguien debería llamar a Neruda para que corrija este verso “La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.”[4]

De esto ya hace años también, pero de ahí viene mi romance con Plutón. En el primer año del colegio la profesora de ciencias nos impuso la tarea de preparar una presentación acerca del Sistema Solar. Desfilaron compañeros y compañeras (género incluido) despachando datos y datos de los planetas, del Sol y la Luna. Fui el último de la lista, ese día el Pocoyo Zamora nos castigó con su ausencia. Mi mediación pedagógica era muy pobre, el día anterior tomé la valiente decisión de jugármela a puro rostro.  Habían circulado cartelones, papelográfos, fotografías de los Apolos, el Skylab y un tal Gagarín disfrazado como un gusano de seda, cartas astrales, el menor de los Larousse y otras pendejadas ilustrativas que decoraron el aula durante meses.

La profe estaba sentada detrás del escritorio, estudiando el panorama con una mirada en technicolor, proyectada a quema ropa sobre los anteojos verde militar. Me miró, la miré, nos miramos. Le chupó la punta al Mongol y anotó algo en el cuaderno de las calificaciones cuando me apoderé del escenario. Presagié un cuatro, sin embargo, saqué pecho. Me lancé al vacío con una charlita que según mis cálculos iba a dejar helada a la respetable concurrencia. Les dije que si el Sol fuera una bola de básquetbol y estuviera ubicada aquí en esta aula del Liceo de Heredia, Júpiter sería una pelota de tenis allá por el Fortín, Urano una de ping-pong en el marco norte de la cancha del glorioso por donde pasaba –en tiempos de don Pepe– el paralelo 10 norte. Con un sazonado discurso le fui dando tamaño y ubicación al resto de los planetas y a otros astros no menos notables, según mi meteórica opinión.

La respetable audiencia no era tan honorable, empezó a burlarse de mi metáfora planetaria perfumada con polvos de cometas que vagaban desde el génesis bíblico por ese espacio embriagado de signos sin definir. Me descontrolaron, alguien silbó imitando a un caballo espantado. Busqué los ojos ingratos de la señora, eran dos fogonazos infinitos, se levantó, “me miró al pasar, yo le sonreí y le quise hablar, me pidió que no, que otra vez será[5]. El aspaviento infame de la gradería de sol se fue apagando con cada uno de sus pasos, entonces un jodido preguntó:

—¿Y Plutón?

En la zozobra había olvidado al último de los planetas. La profesora me recetó una mirada severa. Respiré profundo otra vez y les dije:

—Plutón sería una cabeza de alfiler ubicada en San Joaquín de Flores.

Ese fue el colofón. Despertó la algarabía de la clase nuevamente: risas, silbidos, despelote holista. La profesora regresó al escenario, tomó la regla como si fuera una espada romana en la mañana de Farsalia, la blandió a los cuatro vientos, se me vino encima, pensé en el efecto mariposa, pasó al frente como el huracán César, pegó dos semillazos[6] sobre el pupitre de una compañerita de ojos dispersos y belleza distraída. A la audiencia se le heló el alma y otras partes menos piadosas. La imagen con la huella de Neil Armstrong en la Luna se desprendió de la pared del fondo. Nadie se atrevió a decir esta boca es mía. La señora se acercó, me abrazó y me dijo:

—Excelente.

Desde aquél agosto lejano a Plutón[7] ya me lo imaginaba con rostro de mujer pálida y puntual, seria, tibia, solitaria, fronteriza, insumisa pero leal y con un corazón volcánico a prueba de definiciones cuando explota, amorosa pero distante, polvo eterno y sideral, piedra ámbar, vagabunda y descalza, transitando con su encanto la cintura más oscura de todas mis noches, donde los escalofríos se dibujan en su piel. Pero soy ingrato, cuando cierro los ojos su perfume me recuerda galaxias en espirales. Así era ella.

Le cuento a mi abuela para que me consuele por la noticia que escuché en la radio, pero luego de mi alharaca rematada con esta frase soberbia que desarmaría al más pintado:

—¿Cómo explicarles a los niños que ya no son nueve los planetas?

Me sentencia sin reparos:

—De por si todavía nos queda “un montón de estrellas”.

Me cierra la boca con un pan casero recién horneado y chocolate caliente.

Regresa a la pantalla de la tele. Se coloca entre las piernas la olla donde amasa la harina con chorritos de leche y cucharaditas de azúcar. Se ajusta los anteojos. De allí saldrán pronto otros pancitos. Está concentrada en un documental de la Deutsches Symphonie Orchester Berlin, el director Kent Nagano, con pinta de karateca en vestido entero, está a punto de iniciar la Sinfonía nº 41 “Júpiter“ de Wolfgang Amadeus Mozart.

Después de la prudente atención para no contrariarla, pues nada gano, Nagano finaliza la ejecución planetaria despeinado  y con un revoloteo de batuta, momento que ella aprovecha para decirme:

—Plutón se fue con Blanca Nieves, ahora son ocho los enanos.

28 de agosto de 2006, en el Valle de la Estrella.

Esperando que caiga la noche,

a ver si llueven luceros.


[1] Bob Dylan tiene varios años de ser candidato al Premio Nobel de Literatura por las letras de sus canciones. El verso se podría traducir libremente así: “¿Cuántas veces debe un hombre mirar hacia arriba antes de que él pueda ver el cielo?”. Ganó un Oscar por la canción “Things Have Changed” de la banda sonora de la película Jóvenes prodigiosos, además de otros premios importantes.

[2] Los que nacieron bajo el signo de Escorpión (23 de octubre al 21 de noviembre) han perdido a su planeta regente.

[3] Tomado de la canción “Te voy a hacer un bolero” de Polo Montanéz.

[4] Tomado del poema 20 de Paulo Neruda.

[5] Tomado de la canción “Fuiste mía un verano” de Leonardo Favio.

[6] Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, el término semillazo solo se usa en Costa Rica, es sinónimo de golpe, porrazo.

[7] Clyde William Tombaugh. Nació en Streator (4 de febrero de 1906) Falleció en Nuevo Mexico (17 de enero de 1997). Astrónomo aficionado norteamericano descubrió Plutón en 1930.

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