Diez minutos bajo la lluvia

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Es probable que Dios no exista.
Entonces deja de preocuparte
y disfruta de la vida[1].

Mi apreciado amigo Mauricio Babilonia no es periodista, sin embargo, luego de clausurar sin preámbulos el mariposario, se ha dedicado, con idéntica pasión, a hacer preguntas frívolas desde su feudo académico. Aquella noche de insomnio me sorprendió con un correo electrónico preguntándome: ¿Si te dieran a escoger que te gustaría ser: ángel o santo?[2] Para salir a machetazos del nudo gordiano le respondí: Ángel, y como además solicitaba razonar la respuesta, le agregué, con la complicidad asombrosa surgida de la desidia: “los santos sufren demasiado y no nací para esos trotes”. Luego, cuando menos lo esperaba, me obsequió un mamotreto bajo el sello de la editorial universitaria, tabulación y análisis adjunto, de los mil y pico de entrevistados más el “paper” de colección[3], escrito en un inglés pedregoso, que le aceptaron en el XXVII Congreso Cósmico de Encuestadores celebrado con cierta pompa en la Universidad Pontificia de Urumqi.

Ahora. Meses después. Me vuelve a sorprender con otra de esas preguntas que requieren un doctorado en el pensamiento lateral de Paulo Coehlo, subiendo la quinta montaña, entre alquimistas, brujas y emprendedores con la encantadora Veronika a lomo de mulas flacas. No recuerdo la precisión deseada de como decoró la cuestión, pero más o menos, practicándole la liposucción al propósito, quedaba en estos términos: Si Dios te diera la oportunidad de regresar, después de la muerte, para revivir los mejores diez minutos de tu existencia ¿Cuál momento maravilloso escogerías? ¿Qué volverías a hacer? […] Y me agregó un inventario sucinto con respuestas a la medida de mis posibles antojos, supongo, con la intención de que le marcara con una X la correcta y así facilitarle la entrada de datos y la respectiva tabulación.

( ) El momento en que viste a Juan Paulo II en el Papa móvil pasar junto a ti en la autopista General Cañas y te bendijo.

( ) Algún pasaje en tus lunas de miel.

( ) Cuando te dieron el título de doctor en resonancias mórficas.

( ) Cuando se cumplió la profecía azarosa de que la futura rectora te besaría en la nuca y tal.

( ) El bolero a media luz bailando pegadito a Shakira allá en la frontera.

( ) Los diez minutos finales cuando le ganamos a México en el Azteca.

( ) La experiencia bíblica cuando caminaste sobre el mar en el golfo de Nicoya, ante la mirada absorta de Lulú y Hilary.

( ) Lo que tardaron en diluirse los cálidos aplausos, como colofón de la charla, en la Cátedra Lucasiana, acerca de los agujeros negros, donde demostraste que ni son agujeros, ni son negros.

( ) El eclipse total de Sol con Carolina y los incrédulos hijos de Enio.

[…]

Las leí con esa parsimonia que sólo se les dispensa a ciertas amistades, sepa Dios por qué…Me sentí como el Lázaro venerable. Luego soñé que pensaba, figurándome como un jinete pálido junto al epitafio borroso sobre la lápida, latines, fechas y un nombre… y pensé que soñaba y en ese ser y no ser intenté sin éxito descifrar la fecha de mi muerte en la tumba olvidada.

Por mi cabeza desfilaron mil escenas, algunos viejos recuerdos de las imágenes de TV Extra 42 los viernes en la madrugada, que uno pensaría, tentando a Freud: ese es el sentido de la vida. Las láminas emblemáticas de Fanny Hill Ilustradas por Édouard-Henri Avril. El Kamasutra de principio a fin y sin censura. Aquella noche de cóctel y sexo en la playa, en San Juanillo.

Fui descartando una a una mis desazones y las escasas glorias encasillables en la brevedad de los diez minutos presupuestados, decantándome entre un hat trick en el demolido Estadio Nacional o una escena de pasión y tequila en Monteverde a la luz de la Luna. Imaginé al divino bibliotecario, quizá un hombre ciego, barbudo y ataviado como un monje benedictino mostrándome el laberinto de posibilidades, la vida de todos los seres humanos dividida en secciones de diez minutos. Epialtes en la conjura contra Leónidas. Los enanos Dvalin y Durin en el momento de maldecir su creación: la espada Tyrfing. Cervantes frente a la última página del Quijote escribiendo Vale.

No y no. Mil veces no. Me dije al hallar la respuesta. Atrás quedaría el glorioso 3 a 2 sobre el minuto noventa y el chorro de luz revelándome la piel desnuda.

Si me gratificaran con esos escasos minutos vitales volvería, desde la silenciosa ausencia terrenal, a recorrer los trescientos metros bajo la lluvia que una noche, entre abril y junio, deshice abrazado a mi querida amiga Sisy, tres cuadras en una ciudad sin estrellas, sorteando edificios tristes y taxistas malhumorados. ¿Quién diría? Fue el momento más feliz de mi vida.

Y ahora échenme tierra otra vez. No me molesten más[4].

[1] Si van a Londres en estos días notarán en los buses del circuito Westminster este graffiti pintado en el costado. En inglés: “There’s probably no God. Now stop worring and enjoy your life”.

[2] Me provoca la intuición. A lo mejor se estaba leyendo un libro de Isabel Allende.

[3] Tres puntos en Carrera Académica y archívese, para honra y gloria del señor, en el olvido perpetuo.

[4] Paz a los muertos a propósito de su día.

Felipe Ovares Barquero

Un futuro muerto,

entonces disfruta de la vida.

2 de noviembre de 2008.

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