Lecciones para un naufrago

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El terrorismo académico no es una cuestión postmoderna como se ventila en los corrillos vinculados con el tema. Cuentan que Tito Flavio Pullo Pompeyo Jr., almirante supremo de las fuerzas navales romanas, en algún año después de Cristo (no muchos), molesto por los malos resultados de uno de sus instructores de remeros, el joven Ovidio Severo, le pidió explicaciones, pues de cada treinta y cinco aspirantes a galeras, sólo tres le aprobaban el curso.

Tito, antiguo instructor de teoría y práctica de la navegación, tenía otras ideas para congeniar la pedagogía. En los años de académico de tiempo completo sus estudiantes aprobaban los cursos con altas calificaciones. Y además, resultaban excelentes en sus respectivos oficios. No había truco, Tito fue un gran instructor. El secreto, según su análisis preciso, está en la motivación y en conocer el arte de la navegación al detalle. Pero sobretodo en el cariño y respeto hacia los aspirantes.

Cuando Tito llamó a cuentas al subalterno por la grave escasez de remeros, éste se defendió argumentando que “los aspirantes eran unos ignorantes y estúpidos”. Concluyó agregando: “Roma necesita otra clase de gente. Asígneme gente buena y se la devolveré aún más buena”.

Las evaluaciones del departamento de calidad revelaron otros detalles, por ejemplo: el presumido y pitagórico Ovidio Severo se comportaba como un dictadorcillo en sus clases, siempre malhumorado, disfrutaba maltratando a sus estudiantes, se burlaba cuando confundían el babor con el estribor o la popa con la proa, sin aceptar su culpa por errores tan vitales para el oficio del remero. Eso sí, obsequiaba sonrisas sarcásticas al entregar los exámenes cuyas notas eran enormes unos pintados con rojo neón. Luego se supo que un aspirante oriundo de Mesopotamia, un tal Nabucodonosor apodado el Exiguo, le encajó el mote de Atila por ser éste el rey de los (h)unos y empapeló con pasquines medio Imperio Romano caricaturizando su estilo represivo, áspero y arrogante, propio más de un fracasado que de un buen instructor.

Ovidio Vitelio Glauco Cómodo Severo, nombre completo que solo su madre empleaba cuando lo llamaba a la academia naval en Siracusa, no aceptó la evaluación, ni las quejas de algunos de sus aspirantes, y lo tildó de complot para no darle la plaza en propiedad. El severo revés le causó a Cómodo Severo guerras intestinas en su conciencia y estómago y lo tuvo en tratamiento agotador con un psicólogo traído “ex profeso” desde la Galia Septentrional. De las tribulaciones y salud de los aspirantes, victimas de las diatribas del cuestionado, y de la pesadumbre de sus familias nadie se interesó, en fin, sólo eran aspirantes. Ni la Federación de Aspirantes se manifestó cuando la armada romana empezó a perder batallas en el Mare Nostrum.

Tito, veterano de mil batallas, zorro del desierto de los leones y de mares inverosímiles, piel curtida y marcas de espadas enemigas, que no quería inmiscuirse en una querella pedagógica, lo sometió a una singular prueba.

Viajaron a la isla de Lampedusa, ubicada al sur de Sicilia, había allí dos galeras desmontadas en piezas (como un gran puzzle) y cuarenta aspirantes. Le dio a Ovidio la oportunidad de escoger los veinte que quisiera y Tito se dejaría el resto. Es importante mencionar que los aspirantes eran esclavos capturados en un reciente saqueo por la costa cirenaica y no sabían ni decir “yes” en latín temprano. Seleccionados los equipos, Tito retó a Ovidio a llegar primero a Ostia, si lo lograba le conseguiría un puesto en propiedad de tiempo completo como auditor del algún senador, con dedicación exclusiva, prohibición y plus de veterano en galeras (15%). Si anclaba después de Tito lo enviaría a la lejana Tomis (actual Constanza en Rumania) a hacerle compañía en el exilio a su tocayo el poeta Publio Ovidio Nasón.

Los equipos deberían armar las galeras y aprender a gobernarlas. Ambas eran similares, estaban dispuestas para quince remeros en cada lado. Así las cosas, el juego requería destreza para navegar en tales condiciones.

Antes de marcharse con sus aspirantes a un extremo de la isla, lejos de las miradas de Ovidio, Tito le dijo:

-Demuestra tu capacidad como instructor. Ahora no podrás darte ningún lujo. Deben aprender y bien. Y además recuerda que si no te diviertes no sirve de nada.

Ovidio, que no era tan bueno como pregonaba, fue rescatado un mes después, ni siquiera pudo con el rompecabezas.

En Tomis impartió cursos para emprendedores en la Facultad de Macramé.

Felipe Ovares Barquero

Esta columna se publicó en el Suplemento Cultural No. 84 de la Universidad Nacional, gracias a mi querido amigo Rafael Cuevas Molina.

http://www.icat.una.ac.cr/suplemento_cultural

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