Las manos del día

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Me declaro culpable de no haber hecho,
con estas manos que me dieron,
una escoba.
Pablo Neruda (1904-1973)

Ella no sueña conmigo. Ni lo hará jamás. Pero ella duerme en una cama que hice con estas manos. Son suaves, blancas e inútiles para esos trámites, pero con ellas escogí las mejores tablas y alfajillas de pinos cultivados en Chile, allá en la frescura del sur profundo. Las corté, les cepillé los costados y las caras, tomé las medidas justas. La tenía en un plano dibujado a mano alzada en un cuaderno. El diseño es original. Con mis manos lijé la madera y pinté varias veces cada parte hasta llegar al color deseado y despojarle el olor natural. Ajusté los ángulos y apuntalé con tornillos los respaldos, los largueros y los refuerzos. Ella quería para su cumpleaños una cama grande para soñar a gusto y no tuvo reparos de que con mis manos la hiciera.

Soy aprendiz de ebanista. Al no dominar ciertas técnicas las invento a mi manera. Poco pegamento y mucho tornillo. Inusual. La reforcé con esquineros de hierro disimulados. No sucede lo mismo con la cabeza de los tornillos, visibles como soldados medio camuflados en la arena. Es un detalle que me gusta. Me los imagino esperando al enemigo en una playa mientras sueñan con novias lejanas. Cuando los veo, me detengo un momento y, pienso que cada uno lo coloqué con estas manos y recuerdo, inevitablemente, aquel poema de Pablo Neruda en el cual se lamenta “de no haber hecho, / con estas manos que me dieron, / una escoba” y luego agrega “no sé cómo, se me pasó la vida / sin aprender, sin ver, / sin recoger y unir / los elementos” y finaliza “Sí, soy culpable / de lo que no dije, / de lo que no sembré, corté, medí, / de no haberme incitado / a poblar tierras”.

Leí este poema cuando las escobas hechas en casa iniciaban el camino del olvido. Mi abuela las hacía con sus manitas tiernas y diminutas. Recogía unas matas llamadas escobillas, las secaba al sol, las juntaba, las ataba al palo y ya tenía una escoba. Con ella barría la mitad del solar y espantaba a las gallinas. Aunque “han pasado impuros los años / crecientes, raídos, mortuorios, / y yo anduve de nube en nube,” siempre como Neruda, vuelvo a la triste conclusión “En esta hora no niego / que tuve tiempo, / tiempo, / pero no tuve manos”. Ese rumor de lamento despertó las mías, mis inútiles manos y fui por los caminos sembrando flores y árboles. Debajo de un ceibo enorme que vigila el cafetal, sembrado por estas manos, supe que ellas podían hacerlo y en vez de una escoba hice una cama. Y también sembré un hermoso laurel para que otras manos, cuando yo no esté, lo intenten.

Regresé con las manos suaves a hacer otra cama. Cometí menos errores y la hice mejor. Ahora yo también sueño en una cama que mis manos me obsequiaron. Pero continuaba declarándome culpable de no haber hecho una escoba. Ese día, al ver aquella hermosa cama recién acabada, también vi el aserrín y las estillas dejadas por mis manos al doblegar la madera, entonces fui a buscar la escoba y no la hallé. A pesar de la soledad sonreí ¿No sé qué dirían si me hubieran sorprendido en aquel trance? Sonreí al descubrir la oportunidad de hacer una escoba con mis manos para regresar y arrebatarle la negación al poema de Neruda: “y (no) recogí el hilo / de la escoba, / verde aún en la tierra, / y (no) puse a secar los tallos tiernos / y (no) los pude unir / en un haz áureo, / y (no) junté una caña de madera / a la falda amarilla / hasta dar una escoba”. Allí estaba mi escoba con la falda tierna y olorosa y la rama del ciprés sujetándola.

Entonces pude barrer los restos de la nueva cama con la nueva escoba. Ambas salieron de estas manos. Espero haber barrido también la zozobra de Neruda y la pereza de mis manos para siempre. Y espero, ¿por qué no? que aunque lejana, ella siga despertando de sueños, en los cuales no soy su héroe, en la cama que me vio hacer con mis manos aquel día.

Ahora, sabiendo que pueden, me espera una larga y gruesa viga olvidada junto al camino de mi casa. La he visto varias veces. Hoy me detuve, la miré, y me atreví a medirla. Tiene una punta dañada pero el resto es sano. Creo que con ella haría una banca grande y fuerte. Acabo de darle la última ojeada y de tomar una decisión. No la dejaré podrir, se la arrebataré al quebranto de la lluvia y del sol.

Necesito resolver varios problemas: ¿Cómo harán mis manos para llevarse esa enorme tuca hasta la casa? ¿Cómo la cortarán? No lo sé aún, pero sé que “con estas manos que me dieron” haré una banca y otras cosas.

Felipe Ovares Barquero

10 de octubre de 2010

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