El cuarto Magón

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La hora de los adioses,
la hora en que la misma tarde
agita nubecillas en despedida.
Jorge Debravo.

“Quizás”, como escribió Umberto Eco en sus Apostillas a El Nombre de la Rosa, “habría que ser honestamente deshonestos, como Dumas, porque es evidente que Los tres mosqueteros es, de hecho, la historia del cuarto. Pero son lujos raros, que quizás el autor sólo puede permitirse por distracción”. Juzguen ustedes la decisión de darle a este texto el título de “El cuarto Magón”.

Veintiún años después de aquel diluvio tropical, el 10 de diciembre de 1988, en el diario La Nación, mi querido amigo Néstor Zeledón Guzmán publicó un revelador relato relacionado con el funeral del joven poeta costarricense Jorge Debravo (1938-1967), bajo el título Los cielos se desataron. En palabras del autor fue un suceso surrealista, “una desazón más en su camino al cementerio”. Basta leerlo para darle la razón. Lo firmó, entre pinturas, esculturas y café recién chorreado, en Santo Tomás de Santo Domino de Heredia el 19 de diciembre de 1987. La efemérides, más una larga deuda de veinte años, le provocó la narración de los hechos para desempolvar el olvido.

Sentencia: “Los cuatro enterradores fuimos Laureano Albán, Alfonso Chase, José León Sánchez y yo”, “con mecates bajamos el ataúd, pero éste no llegó al fondo porque se quedó flotando en el agua que allí se había empozado; aún así empezamos a cubrirlo con el barro hasta que fue quedando poco a poco sepultado”. Sucedió la tarde noche del 4 de agosto de 1967 en el cementerio de Turrialba. Jorge Debravo murió unos minutos después de la media noche de ese prolongado día. Un chofer ebrio embistió su motocicleta, una Vespa que le compró a José León Sánchez. Regresaba de la vela de su amiga Edith Ferreto López. Ironía pura, lo enterraron unas horas después de ella.

Repasando la lista de los galardonados con el Magón voy hallando a los enterradores de Jorge, esos fieles amigos enfrentados al “diluvio turrialbeño”. Encuentro en 1992 a Néstor Zeledón Guzmán, siete años después, en 1999, lo obtiene Alfonso Chase Brenes, y en el año 2006 el honrado es Laureano Albán Rivas. Al mayor de los enterradores, José León Sánchez Alvarado el galardón se le resiste, a pesar de los méritos. O quizá para ser justo, los jurados, por alguna razón, se lo han negado. Eran cuatro creadores enterrando a un poeta.

Me cuentan, ignoro si fue cierto, que el último Magón, el del 2009, otra vez le mostró el rostro de la indiferencia por un punto. Indagué, con gran empeño, desvelar la verdad, pero no lo logré, la información relacionada con la selección está cubierta por el velo del secretismo.

Xilografía de Néstor Zeledón Guzmán

Dice José León en una entrevista: “El año pasado la Asociación de Escritores me propuso para el Premio Magón, y este año lo volvió a hacer por unanimidad la Asociación de Escritores, Artistas y Científicos de Costa Rica. Estoy en primer lugar de ese premio, en este año. Pero hay un problema: durante mucho tiempo yo fui el hombre más odiado de este país. Si usted ve en el directorio mi nombre no aparece porque ningún padre de familia ni ninguna madre bautiza a su hijo como José León. Entonces darle ese reconocimiento a José León era dárselo a un hombre que estuvo preso durante mucho tiempo porque no es sino hasta ahora, hace pocos años, que la Sala Constitucional, por cinco votos, y la Sala Tercera, por 10 votos unánimes, me declaran inocente del crimen de la Basílica. Ahora parece que sí, este año me lo van a dar”. Pero la lista sigue creciendo y no sucede. El cuarto enterrador sigue ausente.

Según me confiesa Néstor, de los cuatro sepultureros, él era el menos indicado para escribir los sucesos de aquella tarde difícil. “Dejé pasar los años esperando a que Alfonso, Laureano o José León hicieran el tributo, ellos como escritores eran los señalados, pero como no llegó tuve que hacerlo yo”. Al texto, publicado en La Nación, se le agregó una xilografía hecha también por Néstor, se ve el ataúd, unos pocos seguidores, hombres y mujeres, soportando, además de la angustia y la zozobra, las prologadas y oblicuas agujas del aguacero punzándoles los rostros. Se observan sólo tres hombres cargándolo. Le cuento a Néstor acerca de la observación mientras conversamos en su casa-taller-museo en Barva de Heredia. Se metió en un viejo mueble de madera, más cercano a un ropero que a un archivo, donde guarda papeles que son historia. Regresó con una fotocopia de la página de La Nación, buscaba el original pero no lo halló, lo tiene Carito Coto. Me responde, luego de observar el grabado: “Tienes razón, hace falta uno”.

Felipe Ovares Barquero

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Una respuesta a El cuarto Magón

  1. Jorge Rojas dijo:

    Que importante esta diputa que los hacker atacan su perfil…
    Sin duda es una cuestiòn de autoestima e ignorancia!!!

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