Prólogos

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Para su libro de los prólogos, Jorge Luis Borges, escribió un prólogo e hizo confesiones como esta: “El prologo, en la triste mayoría de los casos, linda con la oratoria de sobremesa o con los panegíricos fúnebres y abunda en hipérboles irresponsables, que la lectura incrédula acepta como convenciones del género”.

Pocos prólogos me atraen. Si puedo los evito. Recuerdo un libro, que una querida amiga me prestó, una colección de prólogos escritos por Pablo Neruda, algunos eran una discreta invitación a no leer el libro, otros daban la impresión de haberlos escrito para salir de un compromiso. Si un prólogo no me ilusiona, tener entre manos un libro de prólogos quizá sea un castigo o una broma.

Hacia el final de su prólogo para Prólogos con un prólogo de prólogos Borges deja un desafío: “La revisión de estas páginas olvidadas me ha sugerido el plan de otro libro más original y mejor, que ofrezco a quienes quieran ejecutarlo” y además coloca las bases: “El libro que yo estoy entreviendo es de índole análoga. Constaría de una serie de prólogos de libros que no existen. Abundaría en citas ejemplares de esas obras posibles”. Y agrega para restringir el reto: “Convendría, por supuesto, eludir la parodia y la sátira, las tramas deberían ser de aquellas que nuestra mente acepta y anhela”. Firma el 26 de noviembre de 1974 en Buenos Aires.

Hace unos días, una amiga me contó, para prueba un botón, que una bibliotecaria danesa había encontrado, cerca de Roskilde, una caja con varios libros mutilados, solo contenía los prólogos. Al investigarse se concluyó que no pertenecían a libros conocidos, aparenta ser una broma de algún escritor que quizá soñó con escribirlos o acató el plan de Borges. A continuación uno de esos prólogos escrito por T. M. Kirke para El extraño caso de Madame Chrétien.

Me levanté, abrí la ventana, enfrente el mar y el cielo pintados en una inmensidad azul, misteriosa y provocativa. Si el determinismo pudiera llevarnos hasta el extremo del pensamiento laplaciano, entonces alguien habría calculado este momento maravilloso y el azar sería el capricho de algún irreverente. Todo estaría establecido desde primer instante del universo y seríamos títeres del destino.

“Podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del pasado y la causa de su futuro. Se podría condensar un intelecto que en cualquier momento dado sabría todas las fuerzas que animan la naturaleza y las posiciones de los seres que la componen, si este intelecto fuera lo suficientemente basto para someter los datos al análisis, podría condensar en una simple fórmula de movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo más ligero; para tal intelecto nada podría ser incierto y el futuro así como el pasado estarían frente sus ojos”.

Luego de citar a Pierre-Simon Laplace concluyo que este prólogo y la trama del libro que anticipa, también estaban predispuestos. Soy el calígrafo elegido.

En noviembre de 1926 Agatha Christie acaba de publicar su exitosa novela El asesinato de Roger Ackroyd. Una carta sucinta llega a su casa en Styles. En la misiva una tal Madame Chrétien le pide que asista al Quinto Congreso Solvay a celebrarse en Bélgica en octubre de 1927, allí, en presencia de los hombres más brillantes de la época, se llevará a cabo un asesinato. Uno de esos científicos será escogido, al azar, el mismo día del crimen. El único y aparente motivo es la venganza contra el Inspector Leclerc de la policía de Bruselas.

En esta novela, escrita por Phillip Lambert, Agatha Christie se coloca en los zapatos de Hércules Poirot. Desde que Wilkie Collins escribiera La Piedra Lunar, nadie había regresado al género policial con tanta calidad. Phillip penetra en la psicología y el conocimiento científico de los personajes que va desarrollando, tal es caso de Agatha Christie, Albert Einstein, Nils Bohr, Auguste Piccard, Max Planck, Erwin Schrödinger, Paul Dirac, Werner Heisenberg, …, un retrato de deducciones exquisitas que Agatha esclarece sin haberse presentado al Congreso. Una excusa maravillosa de un talentoso escritor para reunir a un grupo de científicos bajo un mismo desafío: el determinismo de Laplace y un crimen anunciado. Irónicamente, me atrevo a contradecir el determinismo, argumentando que nunca sabremos cómo hizo Phillip Lambert para abarcar tanto conocimiento acerca de los quehaceres de los personajes que discurren en la narración. La lectura apasiona no sólo a cualquier estudioso de la ciencia sino también a quienes quieren hacerse cómplices de un final sorpresivo digno de la mejor novela policial escrita hasta la fecha.

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Una respuesta a Prólogos

  1. Amarillis Villalobos dijo:

    “Escribir no me produce ningún placer. Si pudiera volverle la espalda a la idea agazapada en la oscuridad, si pudiera abstenerme de abrirle la puerta para dejarla entrar, ni siquiera cogería la pluma.
    Pero alguna que otra vez se produce una gran explosión: cristales, ladrillos y astillas atraviesan violentamente la fachada, y un personaje se yergue sobre los escombros, me agarra por el cuello y me dice dulcemente: «No te soltaré hasta que me pongas en palabras, sobre el papel».
    Así me encontré con Ilusiones.
    Incluso ahí, en el Medio Oeste, me tumbaba boca arriba, vaporizando nubes, y no conseguía sacarme la historia de la cabeza… ¿Qué sucedería si apareciera un auténtico experto, capaz de explicarme cómo funciona mi universo y cuál es el sistema para domeñarlo? ¿Qué sucedería si encontrara a un superdotado… si visitara nuestro tiempo un Siddartha o un Jesús, con poder sobre las ilusiones del mundo merced a su conocimiento de la realidad que se oculta detrás de ellas? ¿Y qué sucedería si le encontrara en persona, si pilotara un biplano y aterrizara en el mismo prado donde lo hago yo? ¿Qué diría ese individuo, y cómo sería?” Ilusiones, Richard Bach.

    Nada como un buen prólogo o buenas notas de parte del autor, para decidir si de verdad quiero hacerle caso o no, y sobrevolar en el conocimiento y la imaginación, de una cabeza distinta a la mía.

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