El último domingo feliz de Antonio Nicómedes Loaiza

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Crónicas de una tragedia

El Virilla 1926

1

Una placa en un parque

Antonio Nicómedes de Jesús Loaiza tenía 15 años 3 meses y 11 días cuando murió esa mañana aciaga. Olvidada en uno de los costados del centro del parque de Santo Domingo de Heredia hay una placa, recuerda a las víctimas de la Tragedia Ferroviaria del Virilla. Se colocó, el 14 de marzo de 1986, al cumplirse los 60 años. Si alguna vez tuvo protagonismo ya lo perdió pues instalaron delante un poste con un farol. Sospecho que no existe ningún otro homenaje al peor accidente sucedido en este país y uno de los sucesos ferroviarios más lamentables durante varias decenas de años en el mundo. El único detalle sobreviviente es un enorme manto de olvido. La cantidad de personas fallecidas varia, según la fuente, entre las 285 y 400. La ciudad más afectada fue Alajuela. El libro de las defunciones de la Catedral de Alajuela registra 125 personas de las cuales 4 aparecen dos veces. En la Parroquia de Heredia se cuentan 9, una de ellas también registrada en Alajuela. Hubo un muerto anotado en San Antonio de Belén, otro en San Rafael y uno más en San Isidro. Por lo tanto, la cantidad debidamente registrada en estas dos provincias, no sobrepasa las 135 víctimas. Faltan casi 150 si nos atenemos a la menor de las cifras. La pregunta obligada es: ¿dónde fueron enterradas? Y también es importante preguntarse: ¿Existirá una lista de las víctimas? ¿Fueron tantas las víctimas? ¿Aceptarían, la iglesia y sus familiares, una tumba sin nombre?

 

Tragedia del Virilla 1926

Placa en el parque de Santo Domingo, Heredia

 

Otras preguntas surgieron durante los meses dedicados a esta singular investigación. Al acercarse el ochenta y cinco aniversario de aquella tragedia me impuse la tarea de indagar quien era el joven que saltó al vacio, ese trágico domingo, y a cuyo sepelio asistió mi abuela.

Muchos años después alguien agregó la siguiente nota, ignoro si lo hizo al digitalizar el “Libro de las Defunciones” de la Parroquia de La Inmaculada Concepción de Heredia, o si ya estaba allí desde los tiempos del accidente:

“Espantosa Catástrofe Ferroviaria ocurrida a las 8 y ½ horas del fatídico día 14 de marzo de 1926, cuando un tren conduciendo cerca de 1000 romeros de Alajuela y Heredia que se dirigían a Cartago a un turno-feria a beneficio de sus templos, al entrar al puente del Virilla a desmedida velocidad obligó a los tres últimos carros a sufrir un tremendo colapso desplazándose el primero de estos tres carros contra los bastiones del puente, el segundo lanzado al abismo y el tercero volteado a un lado, dejando un saldo de 385 muertos y cerca de 150 heridos y mutilados; estos tres últimos carros los traía el tren de Alajuela y quiso la suerte que los tres de Heredia fueran cambiados y colocados de primeros salvándose de esta suerte de morir 400 heredianos”.

 

2

Maldito tren

Desde muy temprano, en la mañana del domingo 14 de marzo de 1926, mis abuelos esperaban el tren que venía de Alajuela, con parada en Heredia. Allí, según el rumor de los vecinos, le agregarían tres vagones para satisfacer la demanda de tiquetes. Cuentan que los vagones estacionados en Heredia, repletos de viajeros, fueron colocados en seguida de la locomotora y al final engancharon los otros tres procedentes de Alajuela.

La pequeña estación ferroviaria en Santa Rosa[1] de Santo Domingo estaba colmada de gente; se esperaba que el convoy, con destino final en Cartago, efectuara una parada algunos minutos después de las 8 a.m. Pero el tren pasó como una exhalación. Iba atiborrado de pasajeros. Al cruzar, los viajeros se asomaron por las ventanas, sacando la cabeza y las manos, silbando y gritando. Aquello era una fiesta sobre rieles. Quedó en el ambiente la euforia mezclada con la ira de quienes, con boleto en mano, no tuvieron la oportunidad de subir al tren. Un hombre perdió el sombrero. La prenda de dominguear subió y luego cayó justo al lado de los pies de mi abuelo que se agachó y lo tomó, como él también llevaba uno, lo colocó en la cabeza de mi abuela y le dijo:

-Maldito tren. Vámonos. –Como si se hubiera tratado de una orden militar, la multitud emprendió el regreso.

 

Tren del Virilla 1926
Así salió el tren de Heredia hacia Cartago
Vagones 21, 8 y 2 con viajeros de Heredia
Vagones 26, 9 y 5 con viajeros de Alajuela
Es probable que Antonio viajara en el vagón 2

 

El gentío se deshizo. Un pitazo ronco y luego otro anunció lo que mi abuela lo dedujo como la aproximación al puente Negro. Ellos tan solo habían caminado unos metros. Iban a ser las ocho y veinte cuando mi abuelo consultó su reloj de bolsillo. Recordó que antes de las seis de la mañana había escuchado el silbato de ese mismo tren cuando se dirigía hacia Heredia y Alajuela.

Mis abuelos regresaron a la casa con la niña de cinco meses y ocho días. Deseaban llevarla a Cartago para bañarla con el agua bendita de la Virgen de Los Ángeles. Según mi abuela para alejarla de todo mal. Además, en aquella época el paseo en tren tenía su encanto.

Mi abuelo se cambió la ropa. Cuando terminó un hombre pálido tocó la puerta. La hija mayor abrió.

-¿Don Alfonso? –Preguntó el visitante.

-Papá lo busca Antonio –Gritó la muchacha desde la puerta.

-Alabado sea el Santísimo. –Dijo el visitante y se tiró de rodillas persignándose al ver a mi abuelo frente a él.

-¿Qué pasó? ¿Por qué tanta ceremonia? –Antonio era un amigo de los de siempre, padrino de boda y de otros trámites. Era blanco pero no pálido como se veía en ese momento. Él también estaba en Santa Rosa esperando el tren. Luego del desaire se quedó conversando.

-El tren se fue al Virilla. Hay un montón de muertos.

-Maldito tren. Algo presentí. Deme unos minutos. –Le dijo mi abuelo.

 

3

Río rojo

Yldefonso Barquero Campos tenía 49 años, 1 mes y 19 días esa mañana que no olvidaría jamás. Regresó al cuarto del cual acaba de salir. Se cambió los zapatos por unas botas, se guindó el machete al cinto y escogió, por alguna razón inexplicable, una cuerda. Metió en una alforja dos litros de guaro, unos biscochos y unos pedazos de tela. Tardó menos de cinco minutos en volver a la puerta. Se encaminaron de prisa hacia el sur buscando el puente Negro. La gente empezaba a llegar. Era una romería hacia una tragedia. Deshicieron parte del camino que en la mañana recorrieron. Antes de llegar a la escuela doblaron a la izquierda. Era un camino conocido. Yldefonso tenía manzana y media sembrada de café cerca de la línea. De ahí al puente era un brinco.

El panorama al doblar y ver el puente era devastador. El guaro sirvió para curar algunas heridas y recuperar a otros del terrible susto. Y la cuerda nunca supo en que se usó, pero fue lo primero que un hombre de manos grandes y duras le pidió porque la ocupaba. Regresaron al ponerse el día con la ropa teñida de sangre y el rostro desencajado.

-Aquello no tiene nombre. –Fue lo único que le dijo a mi abuela al llegar a la casa y caer vencido en la cama.

Pasó la noche con la imagen, metida en la cabeza, de aquel niño muerto sobre una piedra. Una mujer le contó que el joven se había lanzado al vacio desconsolado por la tragedia. En la mañana regresó con otros cuatro vecinos.

Mi abuela convenció a dos de sus hermanas más jóvenes para que la acompañaran a Heredia. Salieron temprano. A pie. Quería asistir al funeral del limpiabotas que tanto dolor le había causado a su esposo. Un chico de pelo claro y ensortijado.

Sentadas en una de las primeras bancas de la Parroquia de la Inmaculada Concepción, escucharon el sermón. Al lado estaban los féretros. Mi abuela les recordó a sus hermanas que ella pudo haber sido una de las víctimas. Ese detalle se lo diría al cura párroco José Joaquín Calderón cuando le pidió la confesión. El maldito tren, como lo llamó su esposo, no se detuvo en la estación de Santa Rosa, ese otro detalle la tenía allí con vida, pensando que a lo mejor la mañana del día anterior se había producido el milagro de volver a nacer. El padre le dio la absolución. No hubo penitencia. “Si puede una limosna para los dolientes”. Recordó el regreso a la casa pensando en la inusual velocidad del convoy. Seis vagones llenos de alegría. Ella quería tomar agua bendita para curarse de ese molesto dolor que le arrebataba el sueño durante las noches. Inventó la excusa de llevar a la recién nacida a Cartago. Esa pequeña era mi madre: Nora.

Al final de la ceremonia las tres se acercaron al cura y le pidieron permiso para ver, en “El libro de las Defunciones”, la lista de las víctimas. Contó nueve. El tercero era el joven Antonio Loaiza, hijo de Nicómedes Loaiza y Filomena, cuyo apellido mal escrito podría ser Barquero. Le dijo a su hermana que le ayudara a verificarlo. Entre las tres concluyeron que allí el cura había escrito Barquero. No dudó de que aquel muchacho era el mismo que su esposo vio muerto sobre la piedra al leer en la profesión: Limpia botas. Luego las tres se arrepentirían por no haberle preguntado al cura si el apellido era Barquero.

-Me hubiera gustado que “botas” lo escribiera con b mayúscula, así sería fácil compararla con la B de Barquero. –Le dijo la menor de las hermanas a mi abuela mientras descifraban el apellido.

En la noche cuando se encontró con su esposo le contó que el muchacho se llamaba Antonio Loaiza Barquero. El nombre de mi abuelo era Yldefonso Barquero aunque la gente, y él también, preferían el breve Alfonso, como el Rey de España en aquellos días: Alfonso XIII.

-El muchacho debe ser familia. -Le dijo mi abuela. Apuntó los datos del difunto en un pequeño papel y agregó “Debe ser familia de Alfonso” y además subrayó esta última frase. Muchos años después encontré ese papel entre las páginas de un libro de oraciones de mi madre. Ese papel motivó esta aventura.

Mi abuela Adelia Sáenz Sánchez murió de un cáncer el sábado 25 de agosto de 1928, dos años, cinco meses y once días después de la Tragedia del Virilla. Tenía 43 años y mi madre aún no había cumplido los tres.

 

4

Nicómedes y Filomena

Dos nombres inusuales, al juntarse en matrimonio aún más improbable una coincidencia, tal podría ser la historia de Nicómedes[2] y Filomena que tiene a este aprendiz de investigador de cabeza buscando el hilo conductor que lo guie a desatar la madeja de un misterio: ¿El joven muerto sobre la piedra era su hijo Antonio? En una de las pocas fotografías, captadas durante domingo 14 de marzo de 1926 en la zona de la Tragedia Ferroviaria del Río Virilla en Santo Domingo de Heredia, se ve a un joven, casi un niño, muerto sobre una gran piedra en el cauce del río. Parece mirar hacia el fotógrafo. Cabellera rizada. La mano colgando sobre el agua. Quizá viste su mejor traje. Un paseo a Cartago en tren lo merecía. Al pie de la fotografía alguien escribió: “Este niño limpiabotas saltó de uno de los balcones al ver el accidente. Muchos de quienes iban en ese vagón sobrevivieron, pero él murió”. La mayoría de los difuntos de la tragedia venían de Alajuela. Los viajeros de Heredia ocupaban los tres primeros vagones del convoy que fueron los menos afectados. Aquí surge una especulación: el niño era de Heredia.

 

Fotografía del niño muerto sobre la piedra

 

En las páginas del “Libro de las defunciones”, de la parroquia de La Inmaculada Concepción de Heredia, correspondientes a las víctimas del “Accidente ferroviario”[3] el cura anotó, con el número consecutivo 16, la muerte de un joven llamado Antonio Loaiza Barquero de 15 años, hijo de Nicómedes Loaiza y Filomena Barquero cuyo oficio era Limpiabotas. La primera especulación empieza a girar hacia una afirmación. Antonio fue una de las personas registradas en la ceremonia de ese día: lunes 15 de marzo de 1926. La fotografía del joven, el oficio y el apellido por parte de la madre me provocaron el deseo de saber algo más acerca del muchacho. Sin duda se trataba del mismo cuya anotación, escrita por mi abuela, hallé en el libro de oraciones de mi madre. Primero busqué alguna conexión con Filomena Barquero en el árbol genealógico por la rama materna pero no hallé posibles vínculos directos. Los Barquero de mi familia son de Heredia, allí se casó el primer Barquero que vino de Cartago, en la primera mitad del siglo XVIII. Me propuse en seguida hallar la constancia de nacimiento de Antonio. Haciendo un acto de fe con los datos recopilados en el libro de las defunciones ubiqué la probable fecha del nacimiento entre 1910 y 1911. Busqué un Antonio Loaiza Barquero nacido o bautizado durante esos dos años. El resultado se cerró con desilusión pues no encontré nada. Se me ocurrió buscar un matrimonio, el inusual emparejamiento: Nicómedes – Filomena no debería ser difícil de rastrear. Lo intentaría primero buscando a Nicómedes Loaiza. El libro de los matrimonios de la Parroquia de Heredia me obsequió esta entrada agridulce: el casamiento de Nicómedes Loaiza Torres con Filomena González Hernández el 18 de mayo de 1901 ¿Por qué González y no Barquero? Esto coloca otra piedra en el camino.

Llego a un callejón oscuro y sin salida cuya luz podría acarrearla otra especulación. Si el dato registrado en el libro de las defunciones es incorrecto, sería maravilloso que Antonio Loaiza no fuera Barquero sino González, pero cómo desvelar este misterio. Para apuntalar más esta hipótesis me aventuro en la búsqueda de los hijos de Nicómedes Loaiza y Filomena González, los probables padres de Antonio si sus apellidos fueran Loaiza González.  Doy, como era usual en aquella época, con una larga prole. Anoto, con mano temblorosa, a continuación los nombres que van surgiendo de la pesquisa, mientras pienso qué sucedería si encuentro a un Antonio nacido en 1910 o 1911:

Brigida Mercedes de Jesús nacida en 1907

Talí Santiago Francisco del Rosario nacido en 1913 (murió ese mismo año).

Rafael Cristóbal nacido en 1904 (murió en 1905)

Rafaela Elida de Los Ángeles nacida en 1906

Ernesto Víctor Manuel Bienvenido nacido en 1901

José Reyes de Jesús nacido en 1909

Vitalino Luis Marco Tulio de Jesús nacido en 1919

María Ester Graciela Nely de Jesús nacida en 1914

Guadalupe Zoila Rosa de Jesús nacida en 1903

María Rosa Esperanza del Socorro nacida en 1915

Y como sucede en muchas situaciones similares la angustia de ir anotando nombres fue alargándose, pero tuvo el premio, al final de la página 133, del libro de los bautizos, con el registro número 10, surgió la respuesta esperada, el 6 de enero de 1911, en la Parroquia de Heredia, el presbítero José Joaquín Calderón, cura interino, bautizó a Antonio Nicómedes de Jesús Loaiza González, nacido el 3 de diciembre de 1910 a la 1 pm. Hijo legítimo de Nicómedes Loaiza y Filomena González. Como si fuera un guiño para un genealogista el registro contiene además los nombres de los abuelos, los paternos fueron Manuel Loaiza y Guadalupe Torres y los maternos Santiago González y Rafaela Hernández. Demasiadas coincidencias. Gracias al seguimiento de varias especulaciones, como para no creerlas o echarlas al olvido. Resumiendo: un Antonio Loaiza nacido en 1910 hijo de Nicómedes y Filomena que en 1926 tendría 16 años. Vuelve a ser inevitable pensar en la posibilidad de que la anotación en “El libro de las defunciones” sea un error al escribir Barquero cuando lo correcto era González ¿Por qué? Quizá nunca lo sepa, pero debo ahora buscar otro camino para saber si es Barquero o González. Podría especular que durante la inusual ceremonia para dar sepultura a varias víctimas de una horrible tragedia alguien dio mal el apellido de la madre de Antonio Loaiza.  Podría especular con bastante probabilidad de acertar que los padres de Antonio iban con él en el fatídico convoy, quizá no en el mismo vagón. Quizá sufrieron heridas que les impidió asistir al sepelio de su hijo.

Regreso al “Libro de las Defunciones” para volver a revisar, una vez más. Ahora con lupa en mano. Es el mismo que hace varias décadas mi abuela y sus hermanas observaron. Busco un detalle no visto en las ocasiones anteriores. Me detengo en la anotación del nombre de la madre: Filomena Barquero da la impresión, a lo mejor es tan sólo el deseo de que así sea, de que el apellido Barquero inicia como si hubiera sido González. Diría que empieza queriendo ser González y acaba, sin ninguna duda, siendo Barquero. Algo así: Gonquero. No es González mal escrito o garabateado a la ligera pues busqué en el registro del primer difunto de la tragedia en la página anterior, la que no observó la hermana de mi abuela, la madre de José Rodríguez fue Josefa González, allí descubro que no puede haber duda de que el apellido asignado a Filomena no puede ser González por lo tanto doy un paso atrás. Si el error persiste se dio porque alguien le dijo al cura que el apellido de Filomena era Barquero. Para que el eco de la duda siga en mi memoria, al comparar el González escrito por el cura Calderón en la constancia de bautizo de Antonio Loaiza, 16 años atrás, con el escrito en el acta de defunción, se observa una diferencia notable, en el primer documento González se lee claramente en el segundo no ¿Por qué dudó, el cura, al escribirlo?

 

Registro de la muerte de Nicómedes Loaiza González

 

Una posibilidad, se me antoja quizá como una de las pocas, es hallar los descendientes entre la larga lista de hijos de Nicómedes y Filomena que estén vivos, buscarlos y preguntar por el limpiabotas muerto en la tragedia del Virilla, con suerte alguna vez alguien les habló de aquel muchacho. Necesito encontrar los matrimonios de esos hijos. Para hacer la tarea inicio con el menor, nacido en 1919. Vitalino Luis Marco Tulio de Jesús. No doy con nada interesante. Uno a uno voy marcando con una equis mis fracasos. Es increíble finalizar la lista con una marca negativa en cada uno. Nada. Desilusión total. Con dos de las hijas creí hallar el camino deseado pero luego al investigar los nombres de los progenitores tuvo que desecharlas. Ninguna de las Filomenas Barquero halladas en varios de los libros de matrimonios consultados coincide con la que busco.

 

5

El libro de las exequias

Muchos años después el cura párroco de Alajuela, Eustaquio Toribio Jafet Jiménez y Morales, repasaría sin prisa el libro de defunciones del año 1926. Se detuvo en la fatídica página donde estaba el registro del primer difunto de lo que él llamó “Accidente ferroviario”. El 15 de marzo de aquel año sería el día más largo de su vida. Recordó. La noche anterior no logró conciliar el sueño pensando en la tragedia. Se levantó temprano. Rezó mentalmente, por los difuntos, mientras tomaba café. Salió a la calle para seguir hacia el frente de la iglesia. Había ya un movimiento inusual para un lunes. Notó en la gente la vestimenta para un acto solemne. Dio media vuelta y se fue a la oficina. Buscó el libro de las exequias como lo hizo ahora. Al final de la página 190 estaba registrada la última muerte. Leyó entre líneas: Eugenia Madrigal. Doce de marzo de 1926. La palabra “doce” no acabó ese día como a su maestra le hubiera gustado, la recordó, y la repintó. La corrección tampoco fue de su agrado. Murió ayer a las 9 y 30. Paludismo. 56 años. Viuda de Alfredo Cabezas. El espacio para los padres estaba en blanco. Ese detalle le volvió a molestar. No se explicaba como llegaban a enterrar a una persona sin saber el nombre de los progenitores. Recordó a una de las mujeres, entre los dolientes, que le prometió traerle la información pronto. Los recuerdos pasaron por su mente en blanco y negro o quizá en sepia como una película. La mujer jamás regresó. Allí estaban, como testigos históricos, los espacios en blanco.

Contó los difuntos. Empezó en el número 34 del libro. Empleó las cuentas del rosario. Iba a iniciar la segunda parte de la segunda cuenta, el número 76, cuando descubrió que era un muerto repetido. Celedonio Alfaro Fonseca el primero anotado en el libro también estaba en el registro 109. Hizo mentalmente la resta 109 – 34 = 75. El detalle lo puso de mal humor. Odiaba los errores en las actas de la iglesia. Contando a Celedonio una vez, finalizó con Antonia Alfaro Carballo. Dejó para luego la búsqueda de más errores. Ciento seis muertos ese fatídico día. Una tragedia que llenó de carretas con féretros los alrededores de la iglesia. Entre sus remembranzas de aquel día siempre surgía una fotografía con esas carretas. Años después pensó en el ingrato silencio que cubrió aquel accidente. Él, testigo fiel, se preguntó cuántos detalles había olvidado y cuántos más se llevaría para siempre. Ese tema fue parte la conversación que tuvo con el cura párroco de Heredia José Joaquín Calderón la última vez que tomaron café en las cercanías de la Curia Metropolitana en San José.

 

6

Voy en tren

Esa mañana Antonio se levantó temprano, se bañó, se vistió con el mejor traje. La camisa era nueva, el sombrero también. El pantalón y los zapatos no, pero se veían bien.  Tomó café negro con biscocho. El tiquete lo había comprado desde hacía varios días porque el viaje lo reprogramaron una semana más tarde de la fecha inicial.  Era un precio cómodo para lo habitual. Estaba feliz. No era fácil explicar su felicidad, era una mezcla de sensaciones. Iba acompañado de sus mejores amigos y de sus padres y varios de sus hermanos.

Llegó tempranito a la estación. Allí estaban los tres coches esperando a los viajeros. Él y sus amigos fueron de los primeros en subir. Ese detalle les ofreció el privilegio de escoger los mejores lugares. Ventana para cada uno.

La espera aunque larga pasó de prisa. Había una algarabía inundando cada rincón. Se llenaron los vagones de gente y de olores. Llegó el convoy con otros tres vagones que venía de Alajuela. Repletos. Más gente. Más alegría. Más bullicio. Hubo un aplauso general entre los heredianos cuando los empleados de la Northen colocaron sus carros detrás de la máquina y al final los de Alajuela.

 

7

Papeles póstumos

A mi abuela, Adelia, la vida no le dio tiempo para investigar el verdadero nombre de Antonio. En un apunte hallado detrás de una postal del apóstol San Gabriel ella anotó: “El joven sobre la piedra era Antonio Nicómedes Loaiza González. El cura José Joaquín Calderón se equivocó. No es familia”. Y además tiene fecha: “Miércoles 14 de marzo de 1928”. Dos años después de la tragedia. ¿Cómo  llegó a tal afirmación? Supongo que regresó a Heredia, buscó a la madre y le preguntó el apellido. Esa solución era sencilla. Si no fue con la mamá lo pudo haber hecho mediante alguna persona de confianza y conocida de la familia de Antonio Loaiza.

Y mi abuela tenía razón, Antonio Loaiza no era Barquero. El verdadero apellido de la madre era González. En el Registro Nacional encontré el acta de defunción de Antonio Nicómedes de Jesús Loaiza González, hijo de Nicómedes Loaiza y Filomena González, nacido el sábado 3 de diciembre de 1910 en Heredia.

Número de Cédula: 400303281 Género: MASCULINO
Nombre: ANTONIO NICOMEDES DE JESUS Nombre Padre: NICOMEDES LOAIZA NO INDICA SEGUNDO APELLIDO
Primer Apellido: LOAIZA Identificación Padre: 0
Segundo Apellido: GONZALEZ Nombre Madre: FILOMENA GONZALEZ NO INDICA SEGUNDO APELLIDO
Conocido Como: Identificación Madre: 0
Fecha de Nacimiento: 03/12/1910 Empadronado: NO
Lugar de Nacimiento: CENTRO CENTRAL HEREDIA Fallecido: SI
Nacionalidad: COSTARRICENSE Marginal:
Estado Civil: SOLTERO

Antonio Loaiza tenía 15 años 3 meses y 11 días cuando murió.

 

8

Detective sin prisa

Acudo a mi querido primo, el investigador privado, José Trinidad Sáenz para que me ayude a dilucidar si la muerte de Antonio Nicómedes fue producto del accidente o un suicidio desencadenado por algún colapso nervioso que afectó al joven.

Revisamos las fotografías. Visitamos el puente Negro varias veces. Bajamos al caudal del río Virilla. Hicimos el viaje en los “nuevos” trenes que comunican a Heredia con San José. Grabamos la entrada al puente desde la curva. Nos imaginamos un tren con seis vagones a gran velocidad. A su ritmo. Las más de veces lento, sin aspavientos. Observando detalles que solo en su cabeza enlazan con el objetivo. Se detiene, enciende un cigarro haciéndole una cueva con las manos al fósforo. Se le apaga tres veces. Entonces guarda ambas cajas en la bolsa de una chaqueta de gaitero irlandés. Así fue el primer viaje al puente. Yo quería ir en moto. Él refirió ir a pie desde mi casa.

-Así podemos conversar. –Me dijo.

Su conjetura se decanta por el suicidio.

-Antonio no viajaba en el mismo vagón que su familia. Luego del accidente el joven se ve superado por una crisis severa de histeria. Baja al puente observa la devastación. Imagina que su madre está entre los muertos y se lanza al vacio.

Nos colocamos en la entrada del puente. Nos movemos hacia adentro.

-Desde aquí se lanzó. –Me dice mientras vuelve a insistir con el cigarro.

 

9

El puente

Una de las pocas personas que se atreverían, sin excusas, a acompañarme al puente Negro era mi querido amigo Javier. Lo llamé cierto día. Le expliqué mi propósito de ir a tomar unas fotografías al río y al puente. Nos pusimos de acuerdo con la hora y el día.

-Es mejor sábado o domingo que no pasan los trenes. –Me dijo.

-¿Podríamos bajar al cause? –le consulté.

-Claro. –Respondió.

Al final nos acompañó mi hermano, mi primo, mi cuñado y un amigo de Javier. Él quedó encantado con el grupo.

-Es mejor ir en grupo. Por allí abundan los pedreros y puede ser peligroso un asalto. Javier escogió un domingo de febrero. Uno de marzo habría sido mucha coincidencia.

La casa de Javier está cerca del puente. En diez minutos caminando se llega al lugar. Varios cientos de metros antes del río nos encaminamos por la trocha en la cual está colocada la línea del tren. Es una pendiente ligera en curva que desemboca en la vieja estructura metálica del puente. No hay placas. Ni fechas. Nada que revele la antigüedad. Menos aún la tragedia. Llevo un álbum de fotografías para recrear el accidente. Se me ocurre que aún podría hallar algún surco abierto por el hierro de los vagones sobre las piedras.

 

Puente río Virilla en Santo Domingo

Puente sobre el río Virilla en Santo Domingo

 

Domingo 14 de febrero de 2011, soleado. Cielo despejado, típico del verano. Las fotografías son malas pero para el propósito resultaron de maravilla. Nos imaginamos la tragedia. “El 14 de marzo de 1926 fue el último domingo feliz de Antonio Nicómedes de Jesús Loaiza González”. Eso lo afirma José Trinidad Sáenz, mi primo, sentado sobre la piedra que según coincide con la de la fotografía en la cual se ve a joven muerto.

Mi madre tenía 5 meses y 8 días esa mañana que el tren no se detuvo.

Felipe Ovares Barquero

Puente Negro

1 de marzo de 2011


[1] En esta estación Carlos Luis Fallas decide finalizar la novela Marcos Ramírez.

[2] Nicómedes: el que prepara las victorias.

[3] Así lo llamó el cura de la Catedral de Alajuela Jafet Jiménez en el libro de las defunciones de esa iglesia.

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19 respuestas a El último domingo feliz de Antonio Nicómedes Loaiza

  1. Luis Monge Vargas dijo:

    Muy bueno profe! Excelente artículo!

  2. María Ulate Rodríguez dijo:

    Don Felipe: Me interesa mucho lo que usted escribió sobre el Virilla, pues mi padre fue sobreviviente, (Además soy amiga de su hermana Sandra) Entiendo que usted tiene todo un libro sobre este tema. Quiero comprárselo.
    Att. María Ulate. R. . Sandra tiene mi número telefónico..

  3. Dennis Barquero Salazar dijo:

    Excelente investigación y exquisita la forma de narrarla. Felicitaciones.

  4. Ramón Mora Goldoni dijo:

    Excelente trabajo. Lamentablemente no se tiene cuenta exacta del total de personas fallecidas, pero si llegó a ser esa impresionante cantidad de 400, podría tratarse de uno de los más trágicos accidentes de medios de transporte de la historia. La historia del joven Antonio, que Ud. tan bien reconstruye, nos interna en el sentir de estos nobles campesinos de los cuales los costarricenses tenemos el orgullo de descender, y que fueron inocentes víctimas de esta espectacular tragedia. Que Dios los bendiga por siempre a ellos y a quienes fueron sus seres queridos.

  5. Karolina dijo:

    Sumamente interesante…

  6. Jose Andres Pereira Barquero dijo:

    Hola me gustó mucho la historia de Antonio. Como mi familia es Barquero de Santo Domingo, me dio curiosidad por saber si usted y yo somos de los mismos Barquero de Santo Domingo. Resultó ser que ambos descendemos de Jose María Barquero y Baltasara Salazar.
    Mi correo es joseanpeba@hotmail.com
    Me gustaría poder intercambiar información y hablar sobre la familia Barquero.
    Muchas gracias

  7. Rocío M C dijo:

    Esto es lo que me gusta leer estas historias e investigaciones, tan interesantes. Gracias

  8. Isabel dijo:

    Felipe que buena investigacion y Emanuel Mora, se me salieron las lágrimas viendo su relato, esa foto de sus tatarabuelos vale un montón, felicidades!

  9. Sergio Barquero Ramírez dijo:

    Excelente el ARTÍCULO DE LA TRAGEDIA DEL Virilla.

  10. AxDrii Alp dijo:

    Está muy buena la investigación estas historias le deberían de importar más al país, me parece una buena idea que busquemos en nuestras comunidades relatos del pasado que ya no se recuerdan pero que causaron impacto en su tiempo, no simepre de horror, tambien avances de los pueblos.
    Muy Bonito

  11. Pablo dijo:

    Excelente la redacción, esta para entrar aún mas en detalles y que hagan una pelicula!!! Waaauuu seria genial con este caso del limpia botas!!!!

  12. Casandra dijo:

    ¡Bien hecho!

  13. Ronald Durán dijo:

    Excelente investigación y relato, he visto muchas veces esa fotografía tan desoladora, desde hoy ya tendre un nombre y un apellido para ese pobre jóven que descansa sin vida sobre esa piedra, muchas gracias por humanizar y darle una identidad a Antonio.

  14. ANA LORENA BADILLA dijo:

    Qué buen artículo Felipe.
    Ojeando en el Facebook la página de Fotografías Antiguas de Costa Rica, la cual te recomiendo, venía la dirección de este blog.
    Me encantó la historia y más la forma de contarla.

  15. Carlos Alcázar Calderón dijo:

    Al leer este excelente trabajo me transporté a una época en que no había ni esperanzas de que naciera, parte de la historia costarricense es este fatal accidente ferroviario. Mi abuelo paterno trabajó muchos años para la Northern Railway Co. como brequero, siempre he oido hablar de esta historia. De mi parte no me queda más que darle las gracias por este homenaje a Antonio Nicomedes de Jesús. Un abrazo sincero.

  16. JOZI dijo:

    Wow!! esta historia me encanto
    muy buena!! xD j’ adore

  17. jacqueline Portilla Fuentes dijo:

    debería ser escritor, escribe muy bien, felicidades por la investigación y por la forma de exponerla

  18. Emanuel Mora dijo:

    ¡Muy bien Felipe! Me gustó muchísimo su relato. Me transportó a aquel fatídico día donde murieron mis tatarabuelos José Belfort Morales Abarca y Elisa Fallas Valverde.
    Desde pequeño, cuando escuché que los abuelos de mi abuelo murieron en la tragedia, quedé impresionado. Veía las fotos y trataba de recrear en mi mente los espantosos últimos momentos que debieron de haber pasado. El tema me apasiona y siempre me ha ha causado curiosidad el hecho de que no existen muchos datos o información al respecto. Existe un silencio alrededor de lo que pasó, probablemente por el gran dolor que sintieron los costarricenses de aquellos daños.

    En mi familia no se sabía prácticamente nada acerca de los abuelos que murieron en la tragedia, lo cual causó aún más curiosidad en mi. Solamente se sabía eso, que murieron en el accidente y que dejaron huérfanos a mi bisabuelo Jenaro, de 18 años en ese entonces, y sus hermanos Filiberto, de 10; María Luisa, de 16 y Rosario de 13. Mi abuelo cuenta que su padre Jenaro quedó marcado por lo que sucedió y desde entonces se sumió en el alcoholismo y la depresión hasta que murió, viejo. Nunca habló mucho de su pasado. Sus otros hermanos se esparcieron y mi abuelo y sus hermanos no sabían exactamente qué pasó después con ellos, solamente tenían la idea de haber visto un par de veces a Filiberto, que este se había casado, tenido hijos y había vivido en Puntarenas.

    Hace alrededor de un año inicié mi genealogía. Como podrá usted adivinar, inicié con la familia de mi abuelo. Mi deseo más grande era saber algo al respecto de mis tatarabuelos, lo que fuera. Pues me fue bien. Fue cuando finalmente yo, mi familia y mi propio abuelo supimos algo más respecto a los abuelos fallecidos aquel 14 de marzo: José Belfort Morales y su esposa Elisa Fallas eran originarios de San Juan de Dios de Desamparados. José era maestro, al igual que mi abuelo, lo que nos causó gracia. A principios de la década de los años 20 se mudaron a Alajuela y encontraron la muerte en aquel ferrocarril, José de 50 años cumplidos dos meses antes, en enero, y Elisa de 40 años. En mayo de 1926 cumplirían 20 años de matrimonio.

    ¿Porqué viajaron solos y no llevaron a sus hijos aquel día? ¿Será que celebraban por adelantado su aniversario de bodas? Son preguntas de las que probablemente nunca tendré respuesta.

    Para hacer todavía más interesante mi investigación, en enero de este año me sucedió algo increíble. Le cuento lo que pasó:

    En el foro de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas un señor preguntó por información de las víctimas del Virilla (Su historia era interesante y vale la pena mencionarla aquí: su madre, viva aún y de meses en 1926, viajaba en el tren, sus padres murieron y ella sobrevivió. Luego quedó en adopción y el señor intentaba localizar de alguna forma datos de los padres). En la respuesta que le di al señor mencioné naturalmente el caso de mis tatarabuelos José y Elisa.

    La cuestión es que al tiempo me topé con la sorpresa de encontrar en mi correo electrónico un correo de nada más y nada menos que un nieto de José y Elisa. El señor, ya mayor, buscando información de sus abuelos encontró mi post en el foro y decidió contactarme. Es hijo de Filiberto Morales, el hermano de mi bisabuelo que tenía 10 años a la fecha de la tragedia y que luego se casó y radicó en Puntarenas. Mi familia finalmente logró entablar contacto con los primos de mi abuelo, de los que no se tenía noticia.

    Para no alargar aún más la historia, le cuento que los primos puntarenenses nos hicieron llegar la única fotografía existente de mis tatarabuelos, tomada 20 años antes de la tragedia. No podía creerlo cuando la vi. Finalmente José Belfort Morales Abarca y Elisa Fallas Valverde, mis tatarabuelos que murieron en el Virilla, tenían cara para mí y para mi abuelo de 75 años.

    A continuación le comparto un enlace con la fotografía:

  19. CLAUDIA dijo:

    🙂 Genial!!

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