Una de cal

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Enjalbegado

Una vez le llené el saco a un portero con cinco goles. Ganamos 6 a 1. Aquello fue pasión, gloria y algo más, pues nunca llegué tan alto. Estuve cerca varias veces al lograr lo que los entendidos llaman un Hat Trick, en el cadencioso español de Turrujal de Acosta se dice: tres goles en un partido. En ese juego inolvidable para mí que nadie recuerda, un defensa grandote y rudo, de los que abundan, me pegó un levantín entrando al área. Subí y bajé, en un tris, como la avioneta coquera del otro día. Caí con la cara sobre un enorme punto de penal. Era cal fresca. De enjalbegar (1) escribió Magón en la Propia. Al borde del aturdimiento, y sin aire ahí donde se ocupa, respiré profundo aquel polvo blanco. Me sacaron de la cancha golpeado y con el aparato respiratorio enjalbegado.

Un gordo que hacía de utilero se abalanzó en carrera desde un costado de la cancha para atenderme. Al acercarse tropezó en un peñón, me cayó encima y con el botiquín de madera me partió el labio inferior. La herida mereció cuatro puntadas. La cicatriz la conservo como preciado tesoro (2). Y si sospechan de mi mala suerte, les cuento que aún falta. Ahogándome, con el polvo blanco en la garganta y las ganas de llenar mis pulmones con aire, el dueño del equipo mandó a traer una botella con agua al bar de la esquina. “Dígale a Chumis que es urgente”. El encargado del mandado, un tal “Flechazo”, llegó con el remedio. Ingerí un trago largo que me supo a alcohol. La botella era de guaro Cacique que sin duda aún tenía al menos una cuarta. En la urgencia la llenaron sin lavarla. El ahogo era tal que la tomé sin respirar.

Diez minutos después, con el marcador 4 a 0, ingresé con una venda improvisada en el labio y dopado con varios grados de licor haciendo mezcla con la cal. Ya saben. La anidé en la red en dos ocasiones más, pues el penal no lo pude cobrar.

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Churchill

Unos años después, un equipo de Santo Domingo viajó, por puntos, a Pococí (3). Cuando llegamos la cancha estaba sin pintar. El silbatero, repugnante como el 99%, los amenazó. “Les doy hasta las 10:50 para que marquen la cancha, si no pierden los puntos”. Con ese detallito quedaban afuera y el equipo nuestro se clasificaba para la cuadrangular final. El ganador subiría a la segunda.

La cancha estaba sin pintar porque no había cal. El encargado de traerla se emborrachó, la noche anterior, con la plata del equipo. No había en varios kilómetros a la redonda. Ni tiempo. Sobre la hora fatídica empezaron a marcar la cancha. A alguien se le ocurrió comprarle dos sacos de leche en polvo al director de la escuela. Fue un buen negocio. Es la lecha más cara que se haya vendido jamás. La plata fue a parar a la junta administrativa de la escuela. Por dicha. Al final empate a cero. Eso nos bastaba para pasar. Viendo el partido desde las gradas me imaginé cayendo sobre el punto de penal, como la otra vez, y que en lugar de agua me traían sirope. Fue tan solo una ocurrencia. No hubo goles ni faltas graves sobre la leche en polvo. La fiesta la hicieron las hormigas. Supongo.

3

Una raya

El libro “San Isidro Fútbol” lo escribió Pino Cacucci y la película, “Viva San Isidro” basada en la historia de Pino, la dirigió un tal Alessandro Cappelletti. Esta es una breve reseña. Una avioneta como la del otro día, con la barriga más abultada de lo debido, se vino abajo en la sierra mejicana. Como la de aquí, quizá también despejó de Pavas o de La Managua. Volaba abotagada de ese polvo blanco que a unos embrutece por metérselo en el cuerpo y a otros por colocarlo donde se compra. El mismo que llena de lujos a unos y de miseria a otros.

Los campesinos creyendo que aquel polvo era fertilizante, lo ruciaron a las plantas. El alcalde, don Cayetano Altamirano, del remoto pueblito de la Sierra Madre llamado San Isidro, urgido del trámite de marcar la cancha, por escases de cal, confiscó el alijo para tales propósitos. El domingo en la mañana la empolvaron. Pepe Góngora era el entrenador del equipo local y Quentín el goleador. Urgían de milagro de ganarle al puntero. En un entrevero cae Quentín, luego de una falta, sobre la raya y respira profundo: una línea. Se levantó, a pesar de los golpes, inspirado para marcar varias veces y convertirse en el máximo anotador de esa tarde en la cual golearon a los favoritos.

4

Geometría plana

Lo único que los chinos dejaron a los ticos fue marcar la cancha del nuevo Nacional. Para la empresita los asesores fueron allende los mares para aprender el oficio. Mi querido amigo, el difunto Otto Vargas, más conocido por estos lares como Zapa rayaba la cancha a mano alzada en una hora. Siempre lo hizo bien. Para la faena usaba cal fresca, un tarro de pintura con una colección de agujeros en el fondo y un palo de escoba por mango. Y listo. Claro eran otros tiempos ayunos de asesores y fanfarrias.

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En tiempos de Messi

Luego del empate contra la selección de China el escenario repintado está listo para que descienda Lionel Messi. Traerá su magia como la trajo alguna vez Pelé con el Santos. Esta visita de Messi a Costa Rica quizá sea la única. Que suerte la de aquellos que estarán en la gradas del nuevo estadio Nacional.

(1)  Palabra en vías de extinción.

(2)  Luego de ese incidente la FIFA prohibió los utileros gordos y los botiquines de madera. Luego sustituiría la cal por otro tipo de pintura.

(3)  No sé si será sinónimo de Peoresnada donde está ubicada la Isla Calero.

Felipe Ovares Barquero

¿Verstehst du mich oder nein?

Viernes 25 de marzo de 2011

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2 respuestas a Una de cal

  1. iPad dijo:

    Thankfully some bloggers can write. Thank you for this blog

  2. Iris Pérez dijo:

    Historias masculinas. Para las mujeres las historias de cal tienen que ver con los plâtanos madurados a fuerza, y los troncos de los ârboles de mango del jardin y de las tapias. Esa cal futbolera, estaba fuera de nuestras narices. Por suerte. Me sigue gustando.

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