Bodas y fútbol

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Había una vez una cantante y un torero. Vivían cada uno a lo grande allá en la Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Invicta y Mariana Ciudad de Sevilla, él por Triana y ella por Nervión, cobijados por la inmensa popularidad de su momento. Miles y miles de fans que si se juntaban eran Sevilla entera menos uno, sin contar la gente de otros lares que a vista de pájaro harían cola hasta las fuentes del Nilo, sin quejarse. La prensa rosa, los paparazzi, los noticiarios y hasta la iglesia se arrodillaron ante sus encantos. Quiso el travieso Cupido unirlos con un flechazo tajante. Desde la primera vez que se encontraron en un bar de lujosas apariencias en Nassau se enamoraron. Ese día él no toreaba. Ni ella.

Superado el trámite de los reconocimientos mutuos, el intercambio de peluches, el paseo a la paradisiaca isla de Tusunganga ligeros de prendas. Él se tatuó en la nalga derecha un “Te quiero, P.”, en urdu, la izquierda fue de una rumana. Titulares y fotografías de página completa de cada salida, ella con cara desencajada y bronceada en la Plaza de Las Ventas de Madrid disfrutando de aquello nunca visto: la ejecución de tandas con nervio, de su amado Jesulín que así se llamaba, ante el mejor ejemplar del encierro de Vellosino, un negrísimo toro, tanto que Pasifae hubiera caído de nuevo, aunque a ella le atraían los blancos. Verónica desenfada y dedicatoria con la espada en alto para la novia. Lluvia de besos desde arriba. Sangre y arena. Rabo y orejas. Palmas al final del respetable que colmó el recinto hasta la bandera, para verlos. De todo tomó nota la infinidad de seguidores en el Facebook y colapsó el Twitter. Dos días después, él, repeinado con moco de gorila y raya al lado, chupaillo y gelado, en la zona vip del Estadi Olímpic de Montjuïc en Barcelona escuchando el recital. Ella derritiendo helados con su baile de caderas. Él tararareando, en un inglés melancólico y en sol mayor sostenido, el repertorio del verano. Más Facebook, más Twitter, más tinta en las páginas del corazón.

Se vino el chisme de la boda, negado por sendos representantes, por sus familias, por la disquera, por la peña Taurina y por ellos. Confirmado, horas después, por un desliz de la hermana de la cantante en su blog. Ese día volvió a caerse hasta la red social de los antisociales. Se acordó la fecha de las nupcias en la Catedral de Sevilla. Siguieron seis largos meses de especulaciones por el color del vestido, el diseñador, los anillos, el regalo, el secretísimo lugar escogido para la luna de miel. Los ventilados roces con la hermana. El encanto sobrenatural de ella. Su sonrisa etrusca. Sus lances de amor. Su fotografía cuando era una niña scout perdida en un bosque de la China. El video de él, repetido hasta el hartazgo, del susto con un toro en la Plaza de Albacete. El queque. La lista de invitados. La realeza. Beckham y la chica pimienta. Elton y su marido. Los carruajes. Los fotógrafos oficiales. ¿Messi o Cristiano? ¿Pep o Mou? La falsa fotografía que circuló en la red en la cual se veía a la novia con traje pasado de moda y escote pedagógico. La lista de regalos en el Corte Inglés y en el Cemaco del Paseo para los invitados allende los mares. Los mirones y el resto del mundo. La envidia y la desidia. Las portadas en Hola. El sobresalto de quienes hallaron en su apartado postal una invitación. Falsa.

Tal parafernalia mediática puso de cabeza a Sevilla, colapsó la Meléndez Pelayo, el Guadalquivir y sus afluentes. No se volvió a escuchar nada que no fuera la boda del torero y la cantante. Aquello fue para la ciudad un refrito de la boda real inglesa, guardando las distancias. La gente olvidó su riqueza o su pobreza. El acoso laboral de los mediocres. La intriga inquina del falso cantante de trova. El gordo y su traición. Los exámenes finales y la percepción del instrumento. Las condenas de los ex. La inauguración de un flamante estadio. El solitario gol en el minuto 93. El mayo negro. El hilo de vida de los inmigrantes. Los piratas somalíes. La primavera de los árabes. La venganza del 11S. La travesura nuclear del tsunami. El perfil de la diputada hackeado por un turco de Trebisonda. Olvidaron amortizar sus cuentas y cobrar las respectivas, los días de pago, la dirección de sus casas y de sus trabajos, olvidaron los rostros de sus seres queridos. La gente acabó discutiendo los pormenores de la boda ahí donde los despojara la bendita noche y durmiendo con una pareja diferente. El olvido fue tal que olvidaron hasta sus nombres, el precio de la gasolina y la devaluación, la casa que se alquilaba en Abbotabad, segura, tranquila y con tv por cable. Olvidaron lo que habían olvidado. La gente solo atendía al nombre de Jesulín o de Pepa, tal era el apelativo cariñoso de la novia cantante. Ni Adán y Eva, Ni Sigfrido y Krimilda, Ni Romeo y Julieta. Ni Ovidio y Lucita. La ciudad se paralizó hasta el esperado día de la boda de Jesulín y Pepa. Nunca, incluidos los tiempos de los moros, hubo un olvido tan dulce. La ciudad se llenó de olvido.

Los medios que llegaron de todos los rincones del mundo, y también de Chompipal de Agua Caliente, para ver un espectáculo único se dedicaron a entrevistar a cualquier hijo de vecino con la misma pregunta: ¿Qué opina usted de la boda? Millones de respuestas fueron coleccionándose en la página oficial diseñada por una diputada hacker para tal efecto. Nunca en la historia conocida una misma pregunta tuvo tantas respuestas.

Solo un anciano. Un hombre modesto vecino de Triana, como Rodrigo, no perdió la cordura, ni olvidó sus amores. Una periodista lo asaltó con el micrófono y las cámaras de un canal de la Televisión Española con la misma pregunta. Al interpelado lo hallaron solito, sentado en un poyo del parque de María Luisa, lejos del olvido. Una palmera le cubría los calores de aquel verano de pompas. Ojeaba la Teja.

-A éste, a éste –Le dijo la periodista a los miembros de su equipo.

-Éste parece invicto. Veamos que nos responde. –Agregó la joven.

Le encendieron las luces. Se apostó el camarógrafo y sus ayudantes. Colocaron unos extras con cara de yo no fui para el decorado. Le metieron el micrófono casi en la boca, como si aquello fuera un enorme y jugoso helado.

-¿Qué opina usted de la boda?

El anciano levantó la mirada. Su rostro era macilento, sus ojos café claro, sus gestos gruesos, tallado en sobresaltos. Toda España y el resto del mundo esperaba en sus pantallas planas una respuesta que no estuviera en el web site. En Gran Bretaña una casa de apuestas pagaba 800 a 1 por la más original.

Un silencio milenario. El segundo más esperado. Se acomodó la boina con dos dedos, se peinó las dos orugas grises que coronaban sus ojos. Y respondió:

-A mí lo único que me interesa es que gane el Betis.

***

Ayer ganó el Betis. La próxima temporada estará en primera.

Los novios se casaron. Vivieron felices. Unos meses después se divorciaron.

El hombre de la respuesta luce hoy, en el mismo poyo del parque de María Luisa, una gran sonrisa. Y en el cuello la bufanda verde y blanco del Betis. Su inolvidable amor.

Felipe Ovares Barquero

Olvidé que te olvidaba

Jueves 12 de mayo de 2011

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2 respuestas a Bodas y fútbol

  1. Ana Lorena dijo:

    Muy similar a lo que nos pasa cuando algún “famoso” ( Don Stockwell ) se nos casa… Y se nos divorcia… Dónde estarán los de teletica y tía Zelmira???

  2. La de Montreal dijo:

    Yo no…

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