Versos y escultura

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Frente a la soda del CIDE, en la Universidad Nacional en Heredia, existe una plaza. Un letrero tallado sobre una losa de cemento la señala: Plaza de la Expresión. Allí, clavada en una aguja de dolor se nos atraganta una escultura. Es un hombre o sus restos. Estos versos la describen: Está cayendo, / torcido, casi desmembrado, casi / descarnado y vencido (Jorge Debravo, En este territorio, Ciclo VII).

Cuando voy al CIDE, en un acto de complicidad con mi querido amigo el escultor Néstor Zeledón Guzmán, le doy un giro parsimonioso a su escultura “Mundo, Hombre, Caída” (1). Cada regreso es más difícil ese tributo. La última, frente a la angustia de ese hombre sin rostro, sin ojos, pensé en Angkor Wat, la ciudad sepultada por la selva. A la de Néstor, cercana y posible, el bosquecillo, el cual evoca su perennidad con holgura, la está sepultando y es una obra de arte. Quizá nos indigna tanto dolor en bronce. Alguien pensará que estoy loco cuando me ven entre las ramas y murmurando estos versos: Desde el origen / somos bronces girando. / En la punta de un grito sostenidos / sufrimos y giramos. /¿Vivimos? La vida es una vuelta / alrededor de este pivote amargo. (Jorge Debravo, En este territorio, Ciclo X). Me siento, frente a ella, como Henri Mouhot cazando mariposas ante la ciudad de Suryavarman II allá en Camboya.

El bosquecillo se merece la existencia. Es otra escultura. En sus “Proverbios del infierno” el poeta inglés William Blake (1792) escribió “Crear una pequeña flor es trabajo de siglos”. Pero también la escultura de ese hombre derrotado debemos arrebatársela al olvido. Ese dolor, tallado por un gran hombre con el dolor de la humanidad, con esos innumerables dolores, quizá se pueda mover a un lugar visible.

"Mundo, hombre, caída" escultura de Néstor Zeledón Guzmán

El poeta Jorge Debravo (1938-1967) escribió su único poema largo unos días antes de su trágica muerte el 4 de agosto. Pudo ser el último. Lo dividió en trece ciclos. Se inspiró en esa escultura hoy oculta en la Plaza de la Expresión.

Rescato ese poema, pues es casi desconocido. Leerlo frente a la escultura nos provocaría otros sentimientos. Otras celebraciones. Quizá también su rescate.

***

En este territorio
Jorge Debravo

I

Algo se nos ha muerto. En algún sitio
sepultan algo nuestro.
Somos dioses que tiemblan
mirando los escombros de sus templos.

Condenados a ser estamos. Condenados
a respirar una ciudad sin niños, puertos
sin mares, solos, destilando
afilados y agudos sufrimientos.

Solo lo absurdo queda, amurallado
por nuestros propios sueños,
y nosotros temblando, sepultados
en este duro sitio sin remedio.

II

De un hierro de dolor nacemos todos.
Con un hierro en la entraña maduramos.
Creemos ser un árbol y no somos
sino el hacha y la herida derribándolo.

Un día construimos un amor,
abrimos cielos, ojos y ventanas,
desafiamos al mar, hacemos niños
con cualquier piedra blanca,
hasta que el hierro de dolor que somos
derriba nuestro amor y nos arranca,
y despertamos locos, siendo solo
un lacerado campo de batalla.

III

Con las manos abiertas vamos siempre
buscando. ¿Buscando qué? Buscando.
La única verdad es nuestra búsqueda.

Lo demás sólo es barro.
Lo demás es el hoyo de la muerte,
el golpe de su arado
que nos hiere los huesos
por entre el hoyo vivo de los labios.

Lo demás es el mar sordo y colérico,
y un terco, viejo barco
sin marineros, solo,
navegando
en una roca viva,
entre un remolino de naufragios.

IV

Naufragar es un oficio.
Desde antes de nacer ya olemos a mar y barco.

Las alegrías son pretextos
para salir del naufragio
y estrenar nuevo motivo
y nuevo rostro de náufragos.

Todo nuestro ser no es más
que un deslumbrado intervalo
entre un naufragio ido
y un venidero naufragio.

Toda la vida del hombre
es un canto de guitarra
cantando entre dos naufragios.

V

Tenemos paso. ¿Adónde
desemboca este paso?
Adelante es la sombra.
Detrás solo las huellas van quedando.

¿Somos las huellas? ¿Somos
solamente esos hoyos en el barro?
La huella es lo que queda.
Nosotros somos paso.

¿El paso? Y ¿qué es el paso? ¿De qué tierras
está hecho su ser? En los peñascos
resuena, nada más resuena.
El paso es sólo el paso.

VI

Maravilloso es ser. Maravilloso
es sentirse los labios.
Crecer. Buscar. Vivir.
¿Es qué vivimos?

¿No somos nada más que ciegos cantos
golpeando, al rodar, contra los cielos,
los sueños, los peñascos?

Eso es vivir. Rodar,
astillarse, romperse, irse quebrando
de golpe en golpe, eternamente ciegos,
peñasco, tras peñasco.

VII

-¿Has oído? Parece
que derrumbarán templos.
Que una ciudad entera se rompiese
al fondo de los huesos.
¿Una ciudad? El golpe,
la resquebradura está doliéndonos.
¿Se ha derrumbado el hombre?
¿Quién lo roe,
quién lo golpea, lo empuja?
Está cayendo,
torcido, casi desmembrado, casi
descarnado y vencido.
De sus nervios
sale un gajo de horror.
Perdió los ojos
y, allá arriba, en el viento,
la guerra alista arados y azadones
para sembrarle el cuerpo.

VIII

Han hecho guerra esta mañana. Duele
a herida viva el aire.
Han degollado la alegría del mundo.
Han dado muerte a alguien.

¡Escondemos, Amor! Está lloviendo
caliente, viva sangre.
Debajo de la tierra se oye el ruido
de un hombre desangrándose.

Han hecho guerra esta mañana. Hemos
derribado la carne
de algún hombre. Somos una jauría
de cabezas culpables.

IX

Aún somos una selva. Lucha y garra
sostienen nuestros actos.
(¡Qué extraños nos parecen los árboles que un dia..)(2)

Nos hemos arraigado a pura muerte
en este absurdo barro,
y la muerte es un hueso en nuestro hueso
del que ya no queremos libertarnos.

Alguien de vez en cuando dice: El hombre
es más grande que un astro.
Acercamos el astro y no encontramos
un hombre a mano para compararlos.

X

Girar. Girar. Girar.
Desde el origen
somos bronces girando.
En la punta de un grito sostenidos
sufrimos y giramos.
¿Vivimos? La vida es una vuelta
alrededor de este pivote amargo.

Y el amor, la verdad, la paz, el sueño?
Vientos ciegos que mueven nuestros brazos.
Pequeños movimientos. Breves pausa
para seguir girando,
hasta que un días los vientos nos olviden
y dejen de girarnos.

XI

Sin embargo el amor, el algún sitio
está haciendo ciudades y canciones.
Alguien desangra siempre
para nutrir al hombre.

El abrazo persiste aunque parezca
un absurdo árbol ciego
en un bosque de hachas.

Y el abrazo
se aferra a nuestros huesos
mientras cae el amor, cae la vida,
suda la guerra, arde
un horroroso filo de blasfemia
debajo de la carne.

Ese hombre que vemos
todo lleno de cuencas sin pupilas,
hay un abrazo vivo germinando,
y el abrazo nos une cada fibra
más hondamente, más
terriblemente e íntimamente,
al no interponérsenos la piel
y abrazamos herida contar herida.

XII

¿Adónde vamos hoy?
¿Hay algún sitio
donde estén esperándonos?

Giramos. Vamos. Somos.
Tenemos ojos. Pasos.

Lo que importa es andar.
Lo demás solo es barro.

XIII

Tenemos que volar yo no sé ¡cómo!

Agitando las alas o los huesos.
tenemos que volar y llevarnos a cuestas
toneladas de muertos.

Tenemos que volar con todos ellos
adentro, acusadores, acostados.
Si no los levantamos después de la hacer la guerra.
¿qué trabajo podrá justificarnos?

Por nosotros,
por ellos,
tenemos que volar, yo no sé cómo
con todos esos muertos.

Escrito entre el 19 y el 20 de julio de 1967.

(1)  Esta escultura de Néstor es de 1967.

(2)  La fotocopia del periódico del cual tomé el poema tiene algunos errores, esta oración incompleta es el más notable. Quizá el poema estaba en el agradable proceso de retoques.

Felipe Ovares Barquero
En la Plaza de la Expresión
Martes 17 de mayo de 2011

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