Loaiza y la espada del recuerdo

Veintiséis años después lo recuerda en sepia, con un café negro y ralo en la soda de Biología. “Me vine a la universidad a ver si podía tomar algunas fotografías. Entré por los Hatillos donde no hallé nada. Seguí hacia la Biblioteca Joaquín García Monge. La algarabía me reveló un evento. Un señor, a quien creí el rector, me dio la oportunidad de estrenarme. Era una entrega de certificados de Catedrático. Todos, por suerte, querían un recuerdo. Solos, en grupo, con sus familiares. Fueron muchas tomas. Al final me despedí del caballero elegante que me dejó pasar. Le dije “muchas gracias señor rector”. Él me respondió: “No soy el rector. Me llamo Vladimir de la Cruz”. Fue mi primer contacto. A los días regresé a buscar las caras. Empecé a conocerlas. De aquellos catedráticos no queda ninguno”. Mientras descifra el café va desgranando anécdotas. Ese es mi querido amigo Marcos Loaiza. Tiene los ojos pequeños y claros, la sonrisa fácil y el humor perenne.

site hit counter

Uno de mis símbolos preferidos de la mitología nórdica es la espada Tyrfing, por su riqueza metafórica. Sobre ella pesa una maldición. Cada vez que la desenvainaban debía morir un hombre. Le digo a Loaiza que su cámara fotográfica es la antípoda de esa arma, cuando la desenvaina es para conservar la vida en una imagen. Si pudiéramos juntar las fotografías que este amable ícono ha capturado tendríamos, casi, la historia de la UNA. No lo llaman, Marcos llega puntual a las citas. Conoce los recodos, interpreta el delicado laberinto con la mirada atenta. Tiene contactos, camina, pregunta. Sabe quién sí y quién no. Llegado el momento desenvaina su Tyrfing y captura un recuerdo. No interesa la raigambre del evento. Loaiza va a lo grande y a lo pequeño. Es ducho en el oficio. Conservo una imagen junto a Saramago en el Clorito y una con mis ciento veinte estudiantes baja la sombra de la palmera de Ispahán. Sonrisas llenando la noche. Guiños de Loaiza.

Fotográfo de la Universidad Nacional

Marcos Loaiza

Me desarma, cada vez que nos encontramos, con un chiste o una adivinanza. Ese es su saludo. A mi primo J. Rubí, por su apellido, lo asalta con aquella canción que dice: He perdido una perla, / la he perdido en el mar, / es una perla hermosa / que no puedo encontrar. La versión de Loaiza está más cerca de la Celio González que la de Olga Guillot. Él lo sabe.

Allí estaba el otro día, por motivo del cambio de decanos, en la Facultad de Filosofía y Letras. Nos juntó. Buscó el fondo verde del jardín, al lado del auditorio, y desenvainó. Retratados para el recuerdo J. R., mi querida amiga Natalia y yo. Luego nos rastreará para liquidar el negocio.

Lo recuerdo cierto día, almorzando en la soda de Biología, solito como los espadachines curtidos. Entre actos, batiéndose con un casado. De lejos lo espiaba. Desde ahí anhelé una cámara para llevarme esa imagen austera.

Si fuéramos lo que no somos, parafraseando al filósofo Karl Jaspers, quizá nos atreveríamos a bajar del Olimpo para darle alguna distinción universitaria. Decirle que su espada nos llena de vida cuando la desenvaina. Gracias Loaiza.

Esta semblanza se publicó en Campus julio 2011

Felipe Ovares Barquero

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s