Los libros de Flor

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Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos, …
Francisco de Quevedo (1580-1645)

La biblioteca es grande y vario pinta. No acata el orden de la de mi apreciado amigo el filósofo Hernán Rodríguez allá en San Pablo de Heredia, pero no por ese detalle que trasciende la paciencia de uno y la sumisión al caos de la otra deja de ser una colección envidiable. El otro día la hija de Flor, que no aprecia el encanto de la lectura, necesitaba treinta mil colones para asistir al histórico concierto de una joven cantante norteamericana. Era fin de mes cuando el dinero no da la cara. Flor había insinuado el deseo de deshacerse de algunos libros, le comentó a una amiga, durante un café junto a su hija: “son esos que jamás volvería siquiera a ojear” e insistió en el adverbio de tiempo “jamás”. Citó la 9ª edición de la colección “Frutoterapia, el poder curativo” en pasta dura, varios de J. Bucay junto a una docena de Coelho, otros de Julia Navarro, todos los de Corín Tellado y algunos que la hija no logró archivar en sus recuerdos.

Unas horas previas a la venta de las entradas la muchacha halló en el piso de la biblioteca una caja con libros. Arriba leyó: “Estos jamás”. Era la letra redonda e inconfundible de su madre. La caja estaba a medio llenar. La completó con los de Coelho, Bucay, los voluminosos de Julia Navarro, la frutoterapia y Corín Tellado. El monje que vendió su Ferrari fue el último en acomodarse para el viaje. Quiso agregar los cinco kilos de Stieg Larsson pero no halló espacio. Los dejó para otra crisis. Pidió un taxi. En las inmediaciones de la universidad había negociado, en una compra-venta, los desencantos literarios de su querida madre. El dueño le dijo “tráigalos a ver”. Los observó. Le ofreció treinta y cinco mil y el trato se concretó. La joven cruzó la calle. Se internó en un laberinto de computadoras y desde ahí, sobre la hora, compró una entrada VIP. Le sobraron cinco mil para otros gastos. Regresó a la casa con una sonrisa de aquí a la China.

Ayer mientras conversaba con Flor, había jurado no volverle a hablar, recibió una llamada. Miró el teléfono y no contestó. Me dijo: “Mirá, este tipo me tiene loca. Me ha llamado unas ocho veces esta semana. Te cuento. Mi hija le llevó una caja con un montón de libros y ahora quiere que le venda más. Está loco. Mirá. Iba una edición de Montaner y Simón de El Quijote de la Mancha ilustrado por Ricardo Balaca que vale una fortuna. Una versión en finés de Ana Karenina de Tolstoi que me obsequió la ministra de Educación de Finlandia. La primera edición de Cien años de Soledad de la Editorial Sudamericana autografiada por García Márquez durante un congreso en La Habana, por la que vos me ofreciste la poesía completa de Neruda ¿Te acordás? Iba El Emilio o de la Educación de Rousseau que me regaló el Padre Núñez una vez que lo visité en Patio de Agua. Todos los nombres autografiado por Saramago el día que le dieron el Doctorado Honoris Causa, en el Teatro Nacional. También iban las Obras Completas de J. L. Borges en dos volúmenes de la editorial Emecé de 1974 que te cloné ¿Te acordás? Iba La pedagogía del oprimido autografiado por Pablo Freire. Cien mentiras y otros cuentos con tu dedicatoria. Una bellísima edición del Almagesto de Ptolomeo en árabe moderno. La Paideia de Werner-Wilhelm Jaeger que tu primo Rubí me recomendó cuando me entró la fiebre por los griegos. Todos los libros de Ángeles Mastretta que adoraba y otros tantos. El comprador hizo tal negocio que no deja de llamarme. Quiere más. En la bendita caja yo estaba colocando los libros que jamás vendería. Le escribí un rótulo clarísimo. ‘Estos jamás’. Mi hija lo interpretó como: Estos jamás volveré a leer”.

La intención era no volverle a hablar a Flor por su desaire. La semana pasada me detuve a husmear entre los libros de la compra-venta de marras. Ese día tuve la desilusión más grande de mi corta carrera de aprendiz de escritor. Descubrí en el estante de los clasificados como “autores desconocidos” mi pobre librito Cien mentiras y otros cuentos. Lo tomé como lo haría un padre sorprendido al hallar a su hijo en el lugar menos apreciado. Lo abrí en la página en la cual acostumbraba estampar la dedicatoria. Ahí estaba la ingrata. Descifré mi letra de médico apurado: “Con el aprecio de siempre para mi querida amiga Flor …” luego mi desigual autógrafo y la fecha. Lo compré junto con una bellísima versión del Almagesto de Ptolomeo y un volumen ilustrado por Johann Heinrich Füssli del Cantar de los Nibelungos en alemán antiguo. Ambos tienen las siglas F.A. en una esquinita de la contraportada.

Luego de escuchar la historia la invité a un café y no sé qué hacer con sus libros.

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