El espíritu de los muchachos

Dichoso el árbol…
Rubén Darío

 

Fue mi querido amigo Diodoro Sículo García Sánchez quién me llevó desde el barrio Juanito Mora en Cañaza, hasta las agobiantes cumbres de unos montes en la breve serranía de Salsipuedes, allá en Osa. En lo alto, mirando hacia el océano Pacífico, me dijo: “Este es un lugar sagrado”. Y señaló una fila de imponentes ceibas. Las conté acariciando su tronco con un abrazo. Eran quince. “Aquí enterraban a los nativos en los añejos tiempos de su reinado. A cada difunto le colocaban una semilla de ceiba bajo la lengua. No era el peaje para cruzar al más allá como las monedas reclamadas por Caronte antes del angustioso trasiego de sus almas al otro lado del Aqueronte, era para volver a la vida en la piel de una ceiba majestuosa”.

Me gustan los árboles. Sembré cuatro ceibas en un cafetal que nos heredó mi madre. Medían poco más de veinte centímetros y se sostenían en la palma de la mano cuando las compré en Cartago. Por suerte la decisión de sembrarlas no pasó por el trámite de la muerte. Tres desaparecieron. La sobreviviente tendrá ochos años y ya es imponente.

En el sur abundan las viejas ceibas. Según Diodoro cada uno es la señal de un viaje cósmico. A diferencia de las cruces de nuestros cementerios, éstas señales dan sombra y hermosura. Era usual entre los borucas colocar a cada niño un collar con una semilla de ceiba por si la obstinada muerte los sorprendía lejos de su casa. Diodoro me mostró su collar. Le devolví una sonrisa cómplice. El ritual pedía colocar la semilla bajo la lengua del difunto y luego cubrirlo con tierra fértil. Para los Mayas la ceiba, que ellos llamaban yax-che, era un árbol sagrado porque unía y separaba el Universo. Los creadores, según el Popol Vuh, lo sembraron en los cuatro rumbos del cosmos.

Cuenta la leyenda que un cacique Boruca envió, junto con un guía, a sus dos hijos gemelos, hombre y mujer, a buscar un tesoro oculto en algún recodo de un lejano y pequeño río que los pacacuas llamaban Pirro o Pirrís. La rúbrica era una gran esfera de piedra reflejada completamente en el espejo de una poza, mirándola por el poniente. En el momento oportuno un comemaíz se posaría sobre ella, y luego otro y otro hasta completar diez mil doscientos noventa y siete, cantidad suficiente para levantar la esfera. Entonces el conjunto tomaría la forma de un gran quetzal. En el fondo del hoyo que dejaba la esfera hallaría una espada, quien se adueñara de ella no perdería batalla. Un año después de la gloriosa partida regresó el guía con el rostro desencajado, sin la espada y con la triste noticia de la desaparición de los muchachos. Una cabeza de agua los arrastró. A pesar de los bríos del guía, no logró hallarlos. El cacique y luego sus sucesores mantuvieron la tradición de enviar una expedición, cada diez años, a hurgar en la ribera del río maldito dos ceibas. Durante siglos la romería silenciosa y secreta de los sureños por las aguas del río herediano fracasó. Hace unos meses la excursión, léase el afán de un hombre solitario, encontró las dos imponentes ceibas en la margen izquierda del modesto Pirro a dos segundos al sur del paralelo 10 Norte, al lado del parqueo central de la Universidad Nacional. Fue un acto solemne. Una conjunción de esferas celestiales, al menos así lo llamó Diodoro Sículo al feliz hallazgo. Un inexplicable guiño del destino. No tuvo eco en los noticiarios, ni en los periódicos, ni mucho menos en los melodramas de las redes sociales, ni en las revistas baladíes allende los mares. Tampoco en You Tube punto com. Ese largo llanto de un “hombre trabajado por el tiempo”, al descifrar el enigma de una leyenda, abonó la tierra de sendos gigantes. Aunque no dio razones, suplicó a quienes cubrían con cemento las paredes del río no dañar los árboles. Fue una ardua tarea. Dicen quiénes lo vieron que aquel extraño ser estuvo allí sentado, bajo la sombra de los mellizos, manteniendo una huelga de hambre para que no los cortaran. Su frase incomprensible fue “Dejen tranquillo al espíritu de los muchachos”.

Los dos árboles tienen la misma altura, el mismo diámetro, como si los hubieran plantado el mismo día. Si los dejan, lo cual es poco probable, algún día sus troncos podrían tocarse.

Existe un programa silencioso en la Universidad que rotula los árboles con su nombre científico y vulgar. La placa roja con letras blancas la colocan bajo los árboles para que la gente los reconozca. Es una gran iniciativa. Ojalá algún día le coloquen una a las ceibas de la rivera del Pirro, allí donde Diodoro Sículo lloró de alegría al encontrarlos.

Felipe Ovares Barquero

felipe_ovares@yahoo.com

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