La pared encantada

… cuya alegre vista renovó

en su memoria mil amorosos pensamientos.

Don Quijote, II Parte, Cap. XXIX.

 

Su mundo frágil lo fue devorando el olvido, como una muralla medieval deshaciéndose al perder otra piedra. A mi tío Hernán lo sorprendió ese infortunio un día cualquiera, a los ochenta y tantos. Su hobby más notable era contar anécdotas y ya era tarde para recuperar sus recuerdos. A su mujer la olvidaba por las noches, pero la rescataba en las mañanas al descubrirla en un retrato colgado en la pared. Y para evitar ese desaguisado con su hija Rosa, colocó una fotocopia de la cédula por ambos lados junto al apagador. Luego, de él y su hermano Carlos, mi querido padre, agregó una hermosa postal en sepia de los años cincuenta. El fotógrafo los capturó caminando en San José, él va con vestido entero y sombrero, mi papá viste casual, pero elegante. “¿Y éste quién es? Le pregunto, para probar su artilugio. “Era mi hermano. Murió hace poco”.

Cuando las paredes de la sala olvidaron su color bajo cientos de recuerdos rescatados con alfileres, tachuelas, clavos y goma, Hernán dio vuelta hacia el comedor con nuevos apuntes e imágenes para no darle tregua al implacable olvido y sostener ilusiones. Rosa salió al rescate del resto de la casa y le cercó el trámite. Con una raya blanca, hecha con tiza, desde el techo hasta el piso le marcó la frontera final. “Hasta aquí papá, de aquí no puede pasar”. Fue una orden militar. Hernán la acató como un raso disciplinado.

Un domingo lo visité. “Papá, es Felipe, el hijo de Carlos, su hermano”. Le gritó Rosa en el oído izquierdo. “Felipe Lafargüé”. Respondió. Siempre me llamó con ese nombre. Dejó el sillón y se acercó a la mesa sobre la cual tenía el televisor. Nos señaló una fotografía y agregó: “Aquí está”. Era mi fotografía. Ocupaba un espacio diminuto de la pared empapelada. No sé dónde la consiguió. Debajo, con letra menuda, había escrito: “Felipe Lafargüé”. Regresó al sillón. E hizo lo que acostumbraba cuando nos encontrábamos, me contó la historia de ese nombre medio afrancesado. “Mirá. Era un hombre espigado y elegante. Siempre vestido de blanco, desde los zapatos hasta el sombrero. Impecable. Daba gusto verlo. Vivía en Puntarenas. Pero un día desapareció. No se le volvió a ver. En algún enredo se metería. Muchos años después lo encontré en un parque en Panamá City. Igual. Impecable. Lo saludé. ¿Felipe cómo está? Y enseguida respondió. Me confunde. Se levantó de la banca y se mezcló entre la gente”. Esa era la historia del hombre cuya etiqueta, en la pared, evitaba mi posibilidad de ser devorado por el olvido. Entonces Rosa agregó: “Ve papá. Usted cuando le da la gana recuerda. Basta con darle cuerda”. Y él le respondió, con una sonrisilla irónica: “Le salió en verso”.

“Algunas veces recuerdo batallas donde nunca estuve como Charlie Mears, el personaje de El cuento más hermoso del mundo de Kipling. Y luego no me explico cómo recordé esos sucesos y esos nombres”. Eso lo dijo mientras se ponía en pie. Frente la pared señaló una fotografía. “Aquí estábamos Don Teodoro y yo en el campo de aterrizaje de la Sabana. Veníamos del Valle del General. Él era el presidente de Costa Rica”. Apuntó su dedo hacia otra imagen y agregó: “Aquí estoy en Nueva York”. Al lado había un papelito. Lo leyó en silencio. Se rascó la cabeza y dijo: “El 20 de abril de 1948 fui presidente por un rato. A Don Teodoro, que era un hombre correcto, lo obligaron a dejar el poder y lo expulsaron de país. Yo estaba con él cuando se marchó. Unos cuantos nos quedamos en la oficina esperando a los nuevos responsables. La silla presidencial quedó vacía y en el escritorio se acumularon documentos sin revisar y asuntos sin tratar. Entonces un amigo dijo: Aquí está el presidente, es Ovares, el conoce bien la política de don Teodoro. Este otro papelillo es para no olvidar el día que me asaltó el Rafilla. Éste, los años en Golfito. Aquel, la panadería que tuvimos en el centro de San Ramón”.

Luego de un silencio razonó, sentimental y ceremonioso: “El olvido, dependiendo de las circunstancias, es un infortunio o un alivio. Las paredes perdieron ese privilegio de preservar los recuerdos. Antes los visitantes eran recibidos por los muchos retratos de la familia. Ahora los recuerdos se libran del olvido con el Facebook. Recordar será innecesario, bastará con saber leer”.

El hijo de Rosa le ofreció a su abuelo abrirle un perfil en Facebook para liberar las paredes. Hernán lo rechazó con tres palabras: “No tiene encanto”.

Mi tío murió hace unos meses. Rosa archivó en cajas sus recuerdos. La casa quedó sola, a las paredes les dieron tres manos de frescura, y se alquila. Nos quedó el silencio que es el olvido.

 

Felipe Ovares Barquero

felipe_ovares@yahoo.com

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Una respuesta a La pared encantada

  1. Laura dijo:

    Felipe este es un hermoso homenaje a tu tio, yo recuerdo la historia de Felipe Lafargüé. Las paredes quedan en silencio, pero no hay forma de silenciar el corazon.

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