Dos sombreros

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El sombrero de Ramón

Parecería una invención barroca, sin embargo sucedió. Ese día estrenaría sombrero. Lo compró en una tienda importadora en el centro de la ciudad de Alajuela. Era una prenda hermosa, no para bodas o fiestas de copete. Era para subirse a sus sueños. Coqueteó con él desde la ventana durante meses. Cuando se lo probó el dueño del negocio le señaló el espejo. Ramón de Jesús Ruíz Oreamuno se acercó y dejó entrever una leve sonrisa. “Le va de película”, le aseguró el vendedor, descifrando el devaneo. El comprador le devolvió el cumplido bajando, con dos dedos, el ala del sombrero, un gesto copiado del cine. Sin duda, de la única película que vio en su vida: “Los tres mosqueteros”. Lo dejó apartado. Regresó la víspera del estreno. Aunque el vendedor insistió para que se lo llevara puesto, él prefirió guardarlo para esa ocasión madurada a golpe de paciencia: su cumpleaños y el viaje a Cartago. Volvió a su casa, en el barrio de La Agonía, ebrio de una alegría irreconocible. En la bolsa de papel llevaba el sombrero y en la billetera los dos tiquetes del tren. Los compró en la pulpería de Rafael Aguilar López. Los vendía su empleado Manuel Arroyo Solórzano “por encargo de Monseñor Volio”. Los suyos le costaron un ruego y además tuvo que comprar un rollo de puros, aunque no figuraban en su presupuesto, su esposa quería ir a Cartago.

Ramón nació el martes 14 de marzo de 1876. Dice el acta de bautismo: “En la ciudad de Alajuela a quince de marzo de mil ochocientos setenta y seis, Yo el Presbítero Santiago García diácono de esta Parroquia bauticé solemnemente a un niño que nació ayer, hijo legítimo de Juan Ruíz y Francisca Oreamuno, le puse por nombre Ramón de Jesús y fueron sus padrinos Pedro Cruz y Remigia Salas, a quienes advertí sus obligaciones y parentesco. Para que conste lo firmo”.

Cincuenta años después del bautizo, el domingo 14 de marzo de 1926, Ramón cerró la puerta de su casa. El Sol, en tonos naranja, se presagiaba en el este. Se colocó el sombrero nuevo. Era su regalo para el cumpleaños, ese día en algún momento, que él ignoraba, los ajustaría. El viento, aún fresco de la madrugada, le acarició el rostro. Se sentía dichoso. “Sin duda hoy será un buen día”, pensó y se echó a deshacer el camino hasta la estación junto a su esposa María Badilla Alvarado. El sombrero era de cuero, hecho a mano por algún artesano virtuoso. El peregrinaje a Cartago en el expreso de Monseñor Claudio Volio Jiménez, junto con su cumpleaños, eran una hermosa coincidencia para estrenar aquel sombrero importado. La madrugada y la espera les depararon un buen campo en el tren. Ella al lado de la ventana, y él enseguida para evitar alguna travesura del viento. Ramón escogió el vagón número 9. Le gustaban los números impares. Evitó pasar al 26. Desoyendo el albur numérico le consultó, desde la ventana, a un vendedor de lotería del Asilo Chapuí por el cincuenta. Le compró dos vigésimos. El vendedor le agradeció el gesto con una frase que le endosaba a sus cómplices: “Hoy puede ser su día de suerte”. Él atajó el deseo bajando, con dos dedos, el ala del sombrero. Sus dedos duros, acostumbrados al trabajo de la carpintería, adivinaron un cuero suave. Ojeó la lotería. La acomodó, con esmero, en la billetera, era lo único que no iba estrenando. “Dos pedazos pegan cinco mil colones” pensó en voz alta. Se sentó. María le dio un abrazo, un beso y le dijo “Feliz cumpleaños amor”.

Al llegar a la casa de Alfonso Barquero en Santo Domingo de Heredia, con los rostros desencajados y arrastrando un cansancio novedoso en sus cuerpos, Espiridión López le dijo a su compañero Alfonso: “Qué tirada, me traje el sombrero de algún difunto”. Durante la faena de rescatar a vivos y a muertos en el río Virilla, Espiridión halló un sombrero colgado en la rama de un targuá. No encontró mejor lugar para colocarlo que su cabeza. Había olvidado el suyo. El hallazgo le palió el duro sol de marzo. Con el ajetreo del día más duro y cruel de su vida, olvidó devolverlo. Nadie, entre tanta gente que lo vio con el sombrero, lo reclamó.

Alfonso le echó una mirada y le dijo “Es de buena calidad” y luego de un silencio agregó “Devolverlo es una tarea complicada”. Espiridión se lo quitó, dentro halló “RRO 50” escrito a mano. “Quizá sean las iniciales del dueño”. El sombrero se quedó en la casa de Alfonso.

Investigando “La Tragedia del Virilla” acumulé más de setecientos viajeros del rápido a Cartago, identificados luego de revisar varias listas. Sabía que hallaría cosas interesantes, sin embargo, por alguna insospechable razón, quería encontrar alguna persona que ese fatídico día cumpliera años. Se me antojó imposible, entre tanta gente, no satisfacer mi búsqueda. Encontré algunos que cumplieron años unos días antes y otros días después de ese domingo fatídico, pero el que yo pretendía se retrasó casi hasta el final. Cuando di con Ramón Ruíz Oreamuno no podía creer el maravilloso hallazgo. La larga averiguación me devolvió, con Ramón, un premio doble, él era cumpleañero el día de la tragedia y además no era el suyo cualquier aniversario: cumplía cincuenta años. El accidente del tren en el Puente Negro del Virilla dejó, entre muertos y heridos, casi en partes iguales, algo más de quinientas personas, la mayoría de la ciudad de Alajuela.

Recuerdo haber visto ese sombrero colgado en una de las paredes de la casa de mi tía. Lo llamaban el sombrero de Ramón. Nadie conocía la historia. El tiempo se encargó de darle varias manos de olvido. Recuerdo haberlo tenido en mis manos. Era un sombrero negro y tenía en el fondo esa inscripción: RRO 50. Noventa años después me atrevo a afirmar que le perteneció a Ramón Ruíz Oreamuno que ese día celebraba sus 50. Después de la muerte de mi tía sus pertenencias pasaron a ser bienes de difunto. Nunca más volví a ver el sombrero de Ramón.

María, su esposa, sobrevivió a la Tragedia. La Northern Railway Company, propietaria del tren accidentado, le pagó una indemnización de 3000 pesos por la muerte de su esposo.

El sombrero de Claudio

El sábado en la mañana Claudio Hernández fue al mercado central de Cartago a comprarse un sombrero. Quería uno similar al de su hermano Rafael. Encontró la talabartería en un recodo del laberinto de tramos. El vendedor lo reconoció. “¿Usted es el hermano de Rafael el maestro?” El resto del trámite fue fácil. El dueño le hizo precio y además le preguntó por el hermano “Ayer lo vi muy resfriado”. Claudio le respondió “Pues hoy amaneció peor, ni se levantó. Lo frotaron y durmió con unas páginas de La Tribuna en la espalda. Y nada”. El vendedor le recomendó un buen trago de anís tibio con jengibre para su hermano “Sin abusar porque el anís afecta los nervios”. Salió del mercado con el sombrero y la receta en la cabeza. Siempre quiso uno de cuero bueno. Pasó por las oficinas del colegio San Luis Gonzaga para decirle a Francisco Gómez Alizaga que Rafael no podía acompañarlo con la comitiva y se ofreció para sustituirlo. Alizaga le agradeció el gesto y le comunicó que salían para Alajuela en el último tren. Dormirían allá para regresar el domingo en el rápido, con los romeros. Había mucha gente que no tenía tiquete y querían venir a Cartago. Monseñor Claudio Volio le pidió ayuda a Alizaga para que vendiera los pasajes en la estación de Alajuela y en el tren. Le dio varios talonarios. Se volvieron a encontrar en la estación de Cartago. Cuanto él llegó, Alizaga ya estaba allí. Francisco le piropeó el sombrero. “El mío no es tan bueno”. Claudio no ocupaba ese gesto, pero agradeció la cortesía, estaba encantado con la compra. Se sentía orgulloso y a gusto. El viaje de la comitiva fue apacible. En Alajuela los esperaban. Hubo cena y agasajo para los amigos de Monseñor. Y el sombrero de Claudio tuvo una destacada participación. Un finquero de Grecia se lo quiso comprar. Claudio se negó, pero se comprometió a llevarlo, al día siguiente, al mercado de Cartago a la talabartería de los amigos de Rafael. Los dos convinieron en que era una solución perfecta.

Muy temprano, en la mañana, los miembros de la comitiva se dedicaron a vender tiquetes a los viajeros en la estación del tren del Atlántico en Alajuela. A Claudio le dieron un talonario. Cuando vendió el ultimo pasaje los tres vagones ya estaban repletos, él era el único de la comitiva que no se encontraba aún dentro del tren. Antes de subir necesitaba ir al servicio a orinar. Fue corriendo. Orinó largo y tendido. Fue tan placentero que olvidó las otras urgencias. Había aguantado las ganas porque la venta no le dio tregua. Escuchó la máquina pitando y rumiando. Salió de prisa. El tren iba saliendo. Intentó alcanzarlo, pero un ventolero le arrebató el sombrero. Voló alto y lejos. Una mujer intentó atraparlo y lo empujó más allá. La máquina aceleró. Escuchó el griterío de los pasajeros felices con el viaje. Tomó una decisión rápida: el tren o el sombrero. Se inclinó por su querida prenda. Lo siguió. Al alcanzarlo supo que había perdido el tren. Un vendedor le ofreció lotería. Le respondió que “No”, el hombre insistió: “Tal vez hoy es su día de suerte”. Claudio le dio una ojeada y le dijo: “¿Suerte? Acabo de perder el rápido de Monseñor”. El vendedor le dio una solución: “En media hora sale el corriente”, y él le respondió: “No es lo mismo”. Sacudió el sombrero. Entró en la estación. Compró un pasaje para irse en el corriente. Estaba molesto, le quedó mal a Alizaga, a Monseñor Volio y a su hermano. Ahora qué les iba a decir. Había preferido el sombrero.

Una semana después, en el Diario de Costa Rica del 21 de marzo de 1926, Claudio halló la siguiente nota: “Un señor de apellido Hernández, al ir a tomar el tren en la estación de Alajuela, momentos antes de que éste saliera, se le voló el sombrero con el viento, y mientras fue a recogerlo, el tren salió, quedándose el Sr. Hernández en Alajuela”.

Francisco Gómez Alizaga, profesor del colegio San Luis Gonzaga, era el encargado de la comitiva. Murió en la tragedia. También falleció Víctor Mora Pérez portero del mismo colegio. Era miembro de la comitiva.

La Tragedia del Virilla sucedió el domingo 14 de marzo de 1926. Este año 2016 es el 90 aniversario.

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4 respuestas a Dos sombreros

  1. Carlos Alexis Alvarado Barquero dijo:

    Una descripción de una tragedia desarrollada en un cuento bonito y sencillo. Descripcion de los gustos de época que describe la vida de nuestros abuelos. Me gustó.
    Gracias.

  2. Edgar dijo:

    Que chiva como escribe !!!

  3. Marybel Soto dijo:

    Querido Felipe: disfruté muchísimo la lectura de Los dos sombreros. Acepteme un abrazo fraterno con el agradecimiento por recuperar y mantener la memoria en nuestra sociedad, cada vez más indolente. Saludos, Marybel Soto (IDELA)

  4. Vinicio dijo:

    Lindisimo relato!!! Me recuerda el cuento sobre la buena y la mala suerte

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