El gato sin papeles

 

A las madres
de abril, de mayo, de junio, …

 

Nació cerca de la Quintana. Se lo llevaron, con escasos treinta y tres días, para Cinco Esquinas y luego a Calle Blancos. A la madre la mató un motociclista borracho, la madrugada de un febrero bisiesto. Al ajustar los cuatro meses lo metieron sin papeles a Nicaragua. Esa frontera, como dicen los entendidos, es porosa. Por ahí pasa una manada de elefantes. Y si fuera necesario nadie la ve. Lo comprobé in situ, el pasado domingo de Resurrección cuando recibí a Morris.

Rayita, así bautizaron al gato tico, se instaló a lo grande en la casa de mi querida amiga Azucena, allá en Diriomo. Creció y se hizo hermoso. A pesar del cambio de clima y las circunstancias, como diría el filósofo, resultó ser grande para los estándares del pueblo de la cajetilla(1). Solía sentarse en el quicio de la puerta, sin aventurarse por el flojo adoquinado de la calle. Cierta tarde pasó por allí doña Anita. Le echó una ojeada larga y llamó desde media calle a la dueña de la casa. Azucena salió y la saludó.

-Que hermoso gato. -Le dijo la señora, que además de fisgona es simpatizante del sandinismo.

-Ah. Muchas gracias. Lo traje de Costa Rica.

Y doña Anita respondió con fisga:

-Con razón se ve tan educado.

Se acercó con la intención de acariciarlo. El gato descifró la diligencia y se escabulló hacia adentro. Se echó, para seguir en lo suyo, debajo de un helecho jurásico en el patio. Y doña Anita le dibujó una mueca de desdén a la dueña. La señora despreciada, por el gato tico, dio media vuelta y se perdió recordándole, con su pesado cuerpo, a algunos adoquines que estaban más flojos que un diente de leche.

Más de tres años vivió Rayita indocumentado en Nicaragua. Pero un día los estudiantes se hastiaron de ver los árboles de la Chayo pululando en todas direcciones. Tomaron las calles. Se dispusieron a poner el pecho, los muertos, los desaparecidos y los torturados con la solemne intención de cambiarle el rostro a su patria. La extravagante “vicepresidenta” desconectó el Internet de los parques, porque ya no era tan educativo. En quince días podaron, los nuevos revolucionarios, la avenida Rubén Darío de los “chayopalos”. En cuarenta y tantos los muertos subieron a cien. El miedo a las balas del gobierno llegó a todos los rincones. “Llovió -pólvora- por Moyogalpa, por Telpaneca y por Chichigalpa” y cierto día ese miedo llegó hasta el quicio de la puerta de la casa de Azucena y tuvo que cerrarla. Aprendió a dormir con un ojo abierto. Por las noches las turbas recorren las calles gritando consignas. Las madrugadas se hicieron largas, tristes y bipolares. Al silencio, de pronto, lo hiere el ruido de una balacera o el estribillo de una canción recién horneada. Entonces Rayita se habituó a perseguir, grada por grada, las espadas de sol que cortaban el patio desde el amanecer hasta la una de la tarde. Sin comprender la novedad.

Rayita

Rayita cuando era feliz e indocumentado

En ese tira y encoge. De que se van, se van. Llegó un tal Almagro y no vio nada. No es un Adelantado como el otro Almagro que si vio y contó el tesoro de Atahualpa. Para surtir el decorado, cierta madrugada, más agitada que las anteriores, circuló en los grupos de Whatsup la muerte del ex cardenal Obando y Bravo, que en un tiempo quiso ser bravo y luego se ablandó y se arrodilló. El papa Juan Pablo II, en su papeleó hacia el más allá, le cortó las alas de arcángel dudoso y lo reconvirtió en emérito, pero ya era muy tarde para ambos. La historia los juzgará, a uno por mediático(2) y al otro por blandengue.

-Tan bueno y tan santo que fue al final -Susurró doña Anita cuando pasó frente a la casa de Azucena con una botella de leche cruda.

-Si verdad. Que Dios lo tenga en su gloria -repuso Azucena que en Costa Rica y en España aprendió a ver con otros ojos al sempiterno presidente Ortega. Algo que doña Anita olfateaba y por eso le tiraba las chinitas. La miró a los ojos y se alejó cantado “Me defiendo, me defiendo como gato panza arriba”.

Rayita3

Rayita en el quicio de la puerta

Un día mataron a un gringo. Lo sacaron de su negocio. Lo tiraron en una pista en Managua. Entonces, solo entonces los gringos notaron que las cosas no estaban bien en Nicaragua. Ese error podría apurar los días de Ortega y la Chayo(3) y devolverle el quicio de la puerta a Rayita. Pero no está claro si eso será pronto o si los muertos seguirán llenando de ira y de lágrimas a las familias en Nicaragua. Ayer, una avioneta, obviamente no pertenece a los estudiantes, dejó caer sobre la avasallada Masaya un polvo que produce picazón en la piel. ¿Y Almagro? ¿Y la OEA?

**

Este lunes, Rayita amaneció, a pierna suelta, en el balcón de un apartamento en Calle Blancos. Su dueña entró en pánico. La asustó el polvo de Masaya. Volvió a cruzar, sin papeles, la porosa frontera con el gato camuflado en un maletín. En Diriomo, le recetó un coctel de atún con media Nervessa macerada y lo pasó noqueado. El felino regresó del sueño nicaragüense cuando abordaron un UBER frente a los Caribeños en San José. Ignoro si Rayita reconocerá el lugar de su infancia.

**

Durante la estancia de Rayita mojado en Nicaragua conté la historia muchas veces, me parecía divertido que un gato tico entrara sin papeles a Nicaragua. Se me antojó un buen chiste. Pero el destino tiene sus curvas sorpresivas y me hizo una jugada exquisita. En enero visité a mi amigo Roberto cerca de San Juan del Sur en Nicaragua. Tiene una hermosa propiedad al lado de la carretera, justo en la entrada que va hacia Tronco Solo. Ahí está reconvirtiendo un antiguo cine de aires afrancesados en su nueva casa. Tiene vacas, gallinas con pollitos, perros, un buggy, una lancha con motor fuera de borda, un camioncito. Digamos que Roberto vive bien. Mi querida amiga Angélica notó que una de las perras estaba embarazada y conversó acerca de ese tema con Alina, la esposa de Roberto. Un mes después, mientras esperábamos en la playa de Tárcoles a que el sol se escondiera en el horizonte un perro beagle nos acompañó. Angélica me recordó el asunto de la perra de Roberto que también era un beagle. Entonces le escribí y en seguida me respondió: “Nacieron 8 y sólo uno sobrevivió”. Iba a cumplir un mes y era sano y fuerte. Le ofrecí comprárselo y me dijo que sí. La condición ineludible de Roberto y Alina fue que le diéramos el chance al perrito para que mamara al menos un mes más. Imposible oponerse a tales trámites.

Pasado el mes, el domingo de Resurrección, nos encontramos en la porosa frontera con Roberto. El hermoso Morris pasó sin papeles, camuflado en un salveque con la cabecilla afuera. Ahora duerme a pierna suelta en San Juan Sur de Corralillo de Cartago. Hasta él, jamás, llegará la mano larga y sangrienta de la malvada pareja que se apoderó de Nicaragua y devaluó el sandinismo.

Morris

Morris en San Juan Sur, Corralillo, Cartago

(1) Así consta en la canción de Carlos Mejía Godoy, El Cristo de Palacaguina: “Cajetilla de Diriomo”
(2) Le fascinaba salir en la TV
(3) Su santo preferido (río) San Juan está vez no ha respondido a las velas encendidas.

 

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3 respuestas a El gato sin papeles

  1. Luis Monge Vargas dijo:

    Interesante y entretenida la narración.

  2. puca142 dijo:

    Bellísimo cuento!!

  3. Dennis Barquero dijo:

    Excelente y divertido relato, que además tiene tintes de denuncia sobre la situación de Nicaragua.

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