El espíritu de los muchachos

Dichoso el árbol…
Rubén Darío

 

Fue mi querido amigo Diodoro Sículo García Sánchez quién me llevó desde el barrio Juanito Mora en Cañaza, hasta las agobiantes cumbres de unos montes en la breve serranía de Salsipuedes, allá en Osa. En lo alto, mirando hacia el océano Pacífico, me dijo: “Este es un lugar sagrado”. Y señaló una fila de imponentes ceibas. Las conté acariciando su tronco con un abrazo. Eran quince. “Aquí enterraban a los nativos en los añejos tiempos de su reinado. A cada difunto le colocaban una semilla de ceiba bajo la lengua. No era el peaje para cruzar al más allá como las monedas reclamadas por Caronte antes del angustioso trasiego de sus almas al otro lado del Aqueronte, era para volver a la vida en la piel de una ceiba majestuosa”.

Me gustan los árboles. Sembré cuatro ceibas en un cafetal que nos heredó mi madre. Medían poco más de veinte centímetros y se sostenían en la palma de la mano cuando las compré en Cartago. Por suerte la decisión de sembrarlas no pasó por el trámite de la muerte. Tres desaparecieron. La sobreviviente tendrá ochos años y ya es imponente.

En el sur abundan las viejas ceibas. Según Diodoro cada uno es la señal de un viaje cósmico. A diferencia de las cruces de nuestros cementerios, éstas señales dan sombra y hermosura. Era usual entre los borucas colocar a cada niño un collar con una semilla de ceiba por si la obstinada muerte los sorprendía lejos de su casa. Diodoro me mostró su collar. Le devolví una sonrisa cómplice. El ritual pedía colocar la semilla bajo la lengua del difunto y luego cubrirlo con tierra fértil. Para los Mayas la ceiba, que ellos llamaban yax-che, era un árbol sagrado porque unía y separaba el Universo. Los creadores, según el Popol Vuh, lo sembraron en los cuatro rumbos del cosmos.

Cuenta la leyenda que un cacique Boruca envió, junto con un guía, a sus dos hijos gemelos, hombre y mujer, a buscar un tesoro oculto en algún recodo de un lejano y pequeño río que los pacacuas llamaban Pirro o Pirrís. La rúbrica era una gran esfera de piedra reflejada completamente en el espejo de una poza, mirándola por el poniente. En el momento oportuno un comemaíz se posaría sobre ella, y luego otro y otro hasta completar diez mil doscientos noventa y siete, cantidad suficiente para levantar la esfera. Entonces el conjunto tomaría la forma de un gran quetzal. En el fondo del hoyo que dejaba la esfera hallaría una espada, quien se adueñara de ella no perdería batalla. Un año después de la gloriosa partida regresó el guía con el rostro desencajado, sin la espada y con la triste noticia de la desaparición de los muchachos. Una cabeza de agua los arrastró. A pesar de los bríos del guía, no logró hallarlos. El cacique y luego sus sucesores mantuvieron la tradición de enviar una expedición, cada diez años, a hurgar en la ribera del río maldito dos ceibas. Durante siglos la romería silenciosa y secreta de los sureños por las aguas del río herediano fracasó. Hace unos meses la excursión, léase el afán de un hombre solitario, encontró las dos imponentes ceibas en la margen izquierda del modesto Pirro a dos segundos al sur del paralelo 10 Norte, al lado del parqueo central de la Universidad Nacional. Fue un acto solemne. Una conjunción de esferas celestiales, al menos así lo llamó Diodoro Sículo al feliz hallazgo. Un inexplicable guiño del destino. No tuvo eco en los noticiarios, ni en los periódicos, ni mucho menos en los melodramas de las redes sociales, ni en las revistas baladíes allende los mares. Tampoco en You Tube punto com. Ese largo llanto de un “hombre trabajado por el tiempo”, al descifrar el enigma de una leyenda, abonó la tierra de sendos gigantes. Aunque no dio razones, suplicó a quienes cubrían con cemento las paredes del río no dañar los árboles. Fue una ardua tarea. Dicen quiénes lo vieron que aquel extraño ser estuvo allí sentado, bajo la sombra de los mellizos, manteniendo una huelga de hambre para que no los cortaran. Su frase incomprensible fue “Dejen tranquillo al espíritu de los muchachos”.

Los dos árboles tienen la misma altura, el mismo diámetro, como si los hubieran plantado el mismo día. Si los dejan, lo cual es poco probable, algún día sus troncos podrían tocarse.

Existe un programa silencioso en la Universidad que rotula los árboles con su nombre científico y vulgar. La placa roja con letras blancas la colocan bajo los árboles para que la gente los reconozca. Es una gran iniciativa. Ojalá algún día le coloquen una a las ceibas de la rivera del Pirro, allí donde Diodoro Sículo lloró de alegría al encontrarlos.

Felipe Ovares Barquero

felipe_ovares@yahoo.com

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Aniversario de un San Juan

Una querida amiga me cuenta acerca de su devoción por un San Juan, como si los San Juanes fueran diferentes. “Éste lo es”, se confiesa, “está ubicado en la parte alta de la fachada de la Iglesia de San Isidro de Coronado, del lado sur. Ni siquiera necesito entrar a la iglesia, le rezo y le pido desde el parque”. Para verificar la autenticidad de su fe me muestra una fotografía de su San Juan. La lleva en la cartera, en el sitio privilegiado para los amores terrenales.

Lo que ella no sabe es que yo conozco a ese “Santo”, es real, recién cumplió ochenta años. Nació el sábado 7 de enero de 1933 en Guadalupe. Tiene nombre y apellidos, se trata de mi querido amigo el escultor Néstor Teodoro de la Trinidad Zeledón Guzmán. Lo bautizaron en la Parroquia de Guadalupe el 6 de marzo del mismo año. Hijo de Néstor Zeledón Varela y Hortensia Guzmán Serrano. Sobra agregar que mi amiga no creyó lo que le conté acerca del San Juan. Para disipar las dudas y darle un tratamiento material fuimos a visitarlo. Como requisito, le pedí que le tomara algunas fotografías a su San Juan, ojalá con un acercamiento del rostro. “La estampa milagrosa” que lleva en la cartera no es nítida y el santo está un poco lejos para mi gusto y mis propósitos.

Néstor tiene su casa – taller – museo en Barva de Heredia. Nos recibió como siempre, con un abrazo, una sonrisa “y pasen adelante”. “No será tan milagroso pero este caballero es el Santo de su devoción”, le dije a mi amiga. Y en algún momento de aquella tarde, entre mazos, gubias, burucha y aserrín, Néstor recordó la escultura, objetivo de nuestra visita, así: “Mi padre Néstor Zeledón Varela era escultor de arte religioso, hizo muy poco arte profano. En esa época el arte era prácticamente para dotar a las iglesias de efectos de culto. Entonces todos los santos tenían cara de santos. En los costados de la entrada principal de la iglesia de Coronado hay un grupo de ángeles, se esculpió uno y se copió varias veces. Ese trabajo lo hizo mi padre. Sobre la puerta principal los dos santos los hizo Don Manuel Zúñiga. Los cuatro que están sobre las puertas laterales los esculpí yo, son los evangelistas. Cuando hice a San Juan tuve un enorme problema, como no tenía un modelo me dibujé un auto retrato. Dudé varios días, pues aquello podría parecer una travesura, hasta que por fin tomé la decisión y lo esculpí como quería: con mi rostro. Deben observarlo, es una cara joven. En estos momentos no me parezco. Pero soy yo”. Entonces ella empezó a creer y cuando Néstor le mostró sus fotografías de juventud la duda acabó en una frase “Es cierto Don Néstor es el San Juan”. Aunque no es creyente su obra mantiene un coqueteo con la espiritualidad. Ese día nos obsequió un tour por las esculturas religiosas que conserva en su casa. Nos contó: “Esa relación viene desde mi juventud. Recuerdo que con un puño de pinceles y yeso estuve en Nicoya restaurando santos dañados por el terremoto del 5 de octubre de 1950. En Hojancha también reparé santos y en la iglesia de Filadelfia el cura me dijo que si había santos dañados pero no había plata para repararlos” y agrega, como para distanciarse del asunto: “Los santos son estereotipados, no dan oportunidad de crecer en cuanto a la creación artística”. Los ojos de mi amiga se abrieron incrédulos cuando Néstor nos contó: “en una ocasión cambié un santo por una marimba”.

La editorial de la Universidad de Costa Rica recién publicó un maravilloso libro acerca de la obra de este gran artista costarricense titulado “Pasión Escultórica. Néstor Zeledón Guzmán”, cuatro autores lo firman, entre ellos se destaca un amigo de siempre de Néstor el artista Gerardo Martí. Es un merecido homenaje que coincide con su ochenta aniversario. Viene engalanado con decenas de fotografías de sus dibujos, sus pinturas y sus esculturas. En la página 168 colocaron una fotografía del San Juan de la Iglesia de Coronado. En el pie se lee: San Juan, 1956, escultura en concreto, 190 cm de altura. Aunque no se observa en la imagen, la escultura tiene una aureola de cobre, sostiene un libro contra el pecho. Y, quisiera creer yo también, que las manos son las de Néstor, pequeñas y fuertes. Aunque el libro contiene varias anécdotas vivenciales no encontré, ignoro las razones, ninguna otra referencia al San Juan de la Iglesia de Coronado que vigila desde lo alto.

Hace unos días me llamó mi amiga para contarme que estuvo en una visita guiada en el Museo de Arte de Moderno, donde se muestran decenas de obras inéditas de Néstor Zeledón. Otro homenaje que junto al libro están decorando los ochenta años de una vida dedicada al arte. Orgullosa me dice que tiene una fotografía junto a Néstor que les tomaron en la entrada del Museo, allá en La Sabana. Me dice “Es la que llevo a ahora en mi cartera”.

 

Felipe Ovares Barquero

felipe_ovares@yahoo.com

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

El viaje de un elefante blanco

site hit counter

Lo siento mucho.
Me he equivocado
y no volverá a ocurrir (1)

“Por más incongruente que pueda parecer”(2) me envía, desde su rincón allá en Nosara, mi querida amiga Arabela de Días un soneto para que lo dé a conocer durante la celebración del Festival Internacional de la Poesía. Se disculpa por alejarse de los ortodoxos endecasílabos, eso sí, sin caer en la tentación del sonetillo del Siglo de Oro. En cuanto a la rima dice respetarla pues es lo que la inspira. Ella que vive en un bosquecillo cargado de congos, pájaros, gallinas, iguanas, entre otros seres venerados, alguna vez atesoró la idea de comprarse un elefante o llevarse la prole abandonada en África Mía. Al tratarse de una aventura irracional se salió por la tangente y ahora tiene cuatro paquidermos en sus latifundios de Farmville en Facebook que la tienen prisionera en aquel idílico lugar frente al mar. Ese detalle de alimentar elefantes virtuales le impidió traer su colección de sonetos a Heredia. Ya tiempo habrá, como dice la canción de Braulio.

El soneto de Arabela es un desahogo al sentirse desconcertada con la noticia de un Rey que va, muy orondo, al África a cazar elefantes. Y en diciembre, para las navidades y las doce uvas, les dará a sus plebeyos una charlita de ética.

Al soneto lo tituló: El viaje de un elefante blanco al África subsahariana a cazar elefantes grises.

Un soneto me manda hacer Violante, (3)
que tenga eco en el festival de la poesía,
y que con frondosa y galana cortesía
acaricie el asuntillo del Rey y el elefante.

Yo pensé que no hallara consonante (4)
pues viajar hasta un país llamado Botsuana
cuya rima solo se me antoja con Juana,
es demasiado arduo y desconcertante.

Pero allá va el Rey escopeta en mano
y de un plomazo se carga al animalito,
era grande, tierno y lo llamaban Juano.

Y del desaguisado y oneroso paseíto,
el gracioso Rey que no es ningún fulano
se disculpa con once palabras en un recadito.

(1)    La razonada disculpa del Rey: once palabras. Casi un haiku.
(2)    Así inicia el primer párrafo de la novela “El viaje del elefante” de José Saramago.
(3)    Tomado de un soneto satírico de Lope de Vega
(4)    Tomado del mismo soneto de Lope de Vega

Felipe Ovares Barquero
¿Y vos Juana en cuál rincón de mundo te hallarás?
Jueves 19 de abril de 2012

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

Hijos del dolor

site hit counter

1

Una llamada

Manuel finalizaba la minuciosa catalogación de sus fotografías cuando sonó el teléfono. Era la superiora de las Hermanas de La Caridad, las monjas del Hospital San Juan de Dios. La vocecilla tierna que tantas veces había escuchado los tres días anteriores le suplicó su presencia en seguida. Necesitaba una fotografía de dos niños aún no reclamados. Ella ya había coordinado con Otilio Ulate de La Tribuna para que al día siguiente la publicaran. “La van a poner en primera página” le dijo. Manuel Gómez Miralles observó la hora en el reloj de la pared. Calculó que el tranvía apenas le daría tiempo para cargar con la parafernalia fotográfica. Lo hizo. Descolgó y se colocó el sombrero. Cerró la media puerta y le echó llave. Su estudio estaba al lado del Teatro Variedades, en San José. De allí a la estación era un brinco. Al asomarse en la avenida vio el tranvía. Subió. Unos minutos después se encontraba con la hermana. Ella lo llevó al lugar donde dos niños miraban hacia el suelo.

Teatro Variedades 1922

El studio de Manuel Gómez Miralles junto al Teatro Variedades 1922

El fotógrafo colocó la cámara, pero no hubo manera, el par de niños no se interesaron por mirar hacia el foco. La pequeña no le quitaba la mirada al pie derecho del niño cubierto con una venda.

“La Tragedia los dejó sin habla” dijo la monja.

2

En portada

Una fotografía con dos niños apareció en la primera página del diario La Tribuna el jueves 18 de marzo de 1926. Era la toma de Manuel Gómez Miralles, en aquellos tiempos él era uno de los pocos fotógrafos de Costa Rica. Para capturar la imagen con el rostro hacia el frente engañó a los niños. El encabezado de la crónica dice: “Los dos niños, sobrevivientes de la catástrofe del Virilla, cuyos padres no aparecen, ayer fueron trasladados a Alajuela”. Y continua así:

La tragedia que se cierne sobre estas dos cabecitas infantiles ha puesto una nueva sensación de amargura en el corazón de los costarricenses. Parece como si la fatalidad, no saciados sus feroces instintos de exterminio y de muerte, hubiera dejado a los dos niños en el mundo como una nueva y más cruel forma de tortura.

Llegaron al Hospital San Juan de Dios entre un montón de heridos, apretujados, manchadas de sangre las ropas humildes, muy abiertos los ojos llenos de espanto, a ratos llorosos y a ratos insensibles. El varón, de cuatro o cinco años, moreno pálido, pelo castaño oscuro, ojos negros, nariz corta, labios gruesos. Llegó descalzo y vestía pantalón azul de lana, camisa azul a rayas blancas, y tirantes. La niña, de dos o tres años, morena pálida, pelo castaño claro, nariz corta, gordita. También descalza y con una bata azul celeste. No parecen hermanos.

Sorprende que el niño, a su edad, no haya dicho una palabra. Cuando las Hermanas de la Caridad le hablan amorosamente, suelta a llorar. Le preguntan su nombre y no responde.

La chiquita no había forma de que se prestase a la fotografía. Lloraba y agitaba con desesperación los piececitos desnudos. Pero Gómez Miralles tuvo una idea. Solo una palabra podía fijar la atención semi inconsciente de la niña y el fotógrafo la dijo mientras señalaba el foco:

-¡Mamá!

La pequeña volvió a ver con presteza y la cámara fotográfica impresionó el pálido rostro infantil.

Las manchas de sangre acusan que estos seres inocentes han salido de allí, del puente trágico. Tal vez sangre de la madre…

Aquí está la fotografía para que sirviéndose de ella, todos puedan contribuir a averiguar cuáles han sido sus hogares deshechos de donde proceden. Ahora están en Alajuela. Las autoridades de aquella provincia vinieron ayer a llevárselos, porque Alajuela los reclama para cuidar de ellos con piadoso afecto.

Abel y Gladys Quesada Bravo, 1926

Abel y Gladys Quesada Bravo, 1926

Hágase un esfuerzo al servicio de estos niños. Que mañana, los dos hijos del dolor puedan saber siquiera cuál es el nombre que llevan, ya que hay tan escasas esperanzas de que vuelvan a sentir sobre su frente el calor del beso maternal, que hace pocos días les arrebató el destino, quizás para siempre.

3

La búsqueda

La fotografía la tomó Manuel Gómez Miralles el martes 16, dos días después de la Tragedia del Virilla sucedida en la mañana del domingo 14 de marzo de 1926. Al pequeño Abel tan solo se le observa una herida en el pie derecho. La niña no parece convencida de que la mamá esté por allí. Ambos tienen una galleta en la mano, quizá fue parte del truco para hacerlos observar la cámara.

En el estudio de Manuel un joven, cada mañana, le dejaba el Diario de Costa Rica y La Tribuna. Ese día, jueves 18, no fue la excepción, le dio una ojeada a la portada de La Tribuna. En la mesa de trabajo acababa de catalogar la misma imagen: los huérfanos.

Al día siguiente, viernes 19 de marzo, Manuel leyó, en La Tribuna, este texto.

Los dos niños sobrevivientes de la catástrofe fueron identificados y recogidos por un tío.

Los pequeños son hermanos.

(Telegrama de Alajuela, Marzo, 18)

A Otilio Ulate

Hoy fueron recogidos por Moisés Bravo los dos niños desconocidos que resultaron ser hijos de Manuel Quesada (Arguedas) y Etelvina Delgado (el nombre correcto es Etelvina Bravo Cruz), vecinos del distrito de San José y quienes fallecieron en la catástrofe.

Moisés Bravo (Cruz) es tío carnal de los niños.

Afectísimo,

León Cortés

En seguida se nos dijo por teléfono de Alajuela que también se había presentado el señor Juan Bravo (Araya), abuelo de los niños.

Así, pues, los dos niños están ya entre los suyos, lo que celebra mucho LA TRIBUNA.

4

Nombres

El nombre del niño es Abel Quesada Bravo, nació el 23 de febrero de 1923. El día de la Tragedia tenía 3 años y 19 días. El nombre de la niña es Gladys Quesada Bravo, la Northern Railway Company la reporta de 2 años. Etelvina Bravo Cruz, madre de los niños, de 28 años, murió en la Tragedia. También perdió la vida su esposo Manuel Quesada Arguedas de 60. Murió una recién nacida de ambos llamada Carmelina. Además falleció la madre de Etelvina llamada Juana Cruz Loría de 58 y su hermana María Paulina de 61. Rosa Bravo Cruz, hermana de Etelvina sobrevivió, pero el hijo de ella Daniel Bravo de 14 años murió. Una mujer llamada Gertrudis Cruz Loría fallecida no era hermana de ellas, aunque es muy probable que las uniera algún vínculo familiar. Se cuentan, entre las víctimas de la Tragedia del Virilla, varias personas de apellido Bravo y Cruz, probablemente viajaban juntas en el mismo vagón.

5

Otra búsqueda

Sospecho que Abel Quesada Bravo aún vive, tiene 88 años y quizá, entre sus recuerdos en sepia, atesore la fotografía de Manuel Gómez Miralles.

6

Estoy vivo, estoy bien y vivo en Abangares

Recién descubrí que Abel Quesada Bravo vive en Abangares. El tiempo y la paciencia del moho dañaron una copia de la fotografía que conservaban en la casa de Abel. Les prometí imprimirles una y llevárselas pronto.

Felipe Ovares Barquero

Jueves 1 de diciembre de 2011

7

Visitamos a la familia de Abel, en Piedras Verdes de Abangares en marzo de 2012. Nos encontramos con la excelente noticia de que Abel disfruta de buena salud. Ese día no estaba en su casa, se encontraba visitando a un familiar en Upala. Conversamos con sus hijos a quienes les llevé la fotografía de La Tribuna. Unos día antes, por teléfono, Fredy, uno de sus hijos, me confesó que tenía imagen pero que se les dañó con el paso del tiempo. Les llevé varias copias.

Visita a los familiares de Abel Quesada Bravo

Visita a los familiares de Abel Quesada Bravo

Visita a los familiares de Abel Quesada Bravo

Visita a los familiares de Abel Quesada Bravo

Abel podría ser el único sobreviviente de la tragedia del Virilla.

Publicado en Uncategorized | 20 comentarios

Huevos y cementerios

site hit counter

No eran tan grandes,
pero Adán los tenía.
Perseverancio Godínez (1)

Me gustan los cementerios. El espacio final. La última frontera. El sábado pasado, cámara en ristre, me aventuré, con mi querido primo Sergio Barquero Ramírez, por entre las tumbas del hermoso cementerio central de Alajuela. Está, para más detalles, desde hace unos 150 años, frente al costado oeste del parque Próspero Fernández y aún sigue allí. Aunque la frase anterior pareciera lacónica, lapidaria, o sin sentido, nunca se sabe qué alcalde “de turno o de fiestas patronales” podría sentarse en el trono alajuelense y acometer en su antojadiza agenda colgarle el rótulo “FOR SALE” o peor aún, sacar de esa tierra bendita cuanto hueso mal habido se mantenga aún incólume para levantar la bandera del progreso mediante un modernísimo “mall”. O para el bienestar del deporte de este país, construir unas villas olímpicas para celebrar algunos de los tantos juegos donde nos presentamos con más pena que gloria, a mejorar tiempos. A ello se debe la frase acerca del camposanto: “aún sigue allí”.

Quería una fotografía del monumento dedicado a las víctimas de la Tragedia del Virilla, sucedida en 1926. Le preguntamos al encargado, quien nos señaló el sitio. Está casi al final del pasaje central. Un Ángel junto a una columna vigila las cuatro lozas. Las decenas de víctimas todavía siguen allí, como el dinosaurio de Augusto Monterroso. Las enterraron en una larga zanja poco profunda, la urgencia no permitió otras diligencias. Se cavó durante la noche y la madrugada del fatídico domingo 14 de marzo de 1926. Para evitar una epidemia cubrieron las cajas con 21 500 kilos de petróleo obsequiados por la Northern Railway Company, dueña del tren y empleadora de los irresponsables que condujeron el expreso hacia el abismo del Puente Negro en Santo Domingo. Encima del petróleo echaron la tierra negra y bendita. Ahí tiemblan sus cuencas vacías cuando algún alcalde visionario pasea su arrogancia sobre su morada.

Quería, además, verificar si la promesa del presidente de la República, en aquellos años, don Ricardo Jiménez Oreamuno (2), de colocar cuatro planchas de mármol con los nombres de las víctimas se cumplió. Le pregunté al encargado del cementerio si las lozas tenían esos nombres, me respondió: “Si. Pero los pillos entraban en las noches a robar las letras de bronce. Para detener el daño se les dio vuelta”. Ahora los nombres no miran hacia el cielo, indagan la oscuridad. Se les condenó al eterno olvido. Darle vuelta al mármol fue la solución fácil. Es una metáfora de la tragedia, murieron mirando hacia el abismo.

Monumento a la víctimas de la Tragedia del Virilla - Cementerio de Alajuela

Monumento a las víctimas de la Tragedia del Virilla Cementerio de Alajuela

Ese bello homenaje lo obsequió la Colonia Española (3). Se comprometieron desde el momento de la Tragedia con la construcción. Lo iban a levantar en Santo Domingo, junto al puente. Un político visionario, existen, impidió la aventura española. Dijo que cuando se corrigiera el error del trazado de la línea, para lo cual moverían el puente varios metros, el pobre monumento quedaría en medio de la nada y condenado al olvido perpetuo. El puente sigue ahí 85 años después de la Tragedia. El error del trazado también se jacta de su inamovilidad y los trenes volvieron. La cruz de madera de siete metros de altura colocada el lunes 22 de marzo de 1926, siete días después del desastre ferroviario, acabó en la hoguera.

Monumento a la Tragedia del Virilla - Cementerio de Alajuela

Monumento a la Tragedia del Virilla Cementerio de Alajuela

Le encomiendo a mi querido amigo Freddy Pacheco, quien a punta de huevos, detuvo la aventura de los políticos de querer sepultar bajo cemento el Cementerio Calvo, encargarse ahora de darle vuelta a las planchas de mármol del Cementerio de Alajuela. Otros muertos se alegraran de su audacia.

Cementerio de Alajuela - Monumento a las víctimas de la Tragedia del Virilla

Cementerio de Alajuela - Monumento a las víctimas de la Tragedia del Virilla. Tomada del Diario de Costa Rica 1931

Cementerio - Virilla - Alajuela 1931

Cementerio de Alajuela 1931

(1)  Estuvo, hasta hace unos meses, enterrado en el Cementerio Calvo. Si Adán los hubiera tenido grandes viviríamos en el edén y tal.

(2)  Lo prometió el día de la misa fúnebre celebrada, unos días después del accidente, en la Catedral de Alajuela.

(3)  Se inauguró el 14 de marzo de 1928, al celebrarse el segundo aniversario de la Tragedia. En el Diario de Costa Rica del 15 de marzo de 1931 (celebración del quinto aniversario) dos fotografías del cementerio de Alajuela ilustran el texto de la noticia.

Felipe Ovares Barquero

Gracias Freddy, por darle “Paz a los muertos”.

El 11 del 11 del 11 a las 11:11:11 pm en algún lugar del Cementerio Calvo.

Publicado en Uncategorized | 5 comentarios

Hola mundo

site hit counter

1- Si C

Dos colecciones de libros son la tentación de quienes las descubren entre mis volúmenes, me refiero a “La vuelta al mundo en ochenta días” de Julio Verne en ochenta y dos idiomas y “El lenguaje de programación C” de Brian W. Kernighan y Dennis M. Ritchie (K y R) en treinta y tres. Es la consecuencia de algunos viajes, pero sobre todo, años de paciencia y la complicidad de amigos y amigas. Ahora estoy empeñado con “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez; me esperan más de treinta y cinco sobresaltos. Pero vale la pena. Lo sé.

   

2ª Edición en inglés

Versión en rumano

Mi querida amiga Simona Iorgulescu no era nada más que una mujer hermosa cuando la conocí en el lejanísimo verano de 1984 en un restaurante de la Strada Dr. Nicolae Staicovici en Bucarest. Su herencia gitana no le ofrecía más oportunidades que barrer las oscuras calles de la ciudad por las noches. Y lo hacía con elegancia. Prefiero desconocer las causas, pero ahora es millonaria y seguimos siendo amigos. Ella es la culpable de mi debilidad por coleccionar libros en diversos idiomas. Se tomó la molestia de enviarme, hace algunos años, la versión en rumano de la obra de Kernighan y Ritchie: “Limbajul C” [LC]. Dos días después compré el volumen en inglés de “La vuelta al mundo en ochenta días” [V] en un pequeño Book Shop en San José. Así empecé ambas aventuras. Debo agregar, eso si, que la edición original del libro de K y R la tuve alguna vez. Un estimable amigo de la infancia me la compró en Houston en 1979. No era, en ese entonces, una pretensión de coleccionista, se trataba de la necesidad de aprender a programar en C, y debo agregar que para tales lances, a pesar de la mediación pedagógica en boga, no se ha escrito nada mejor. Adoraba ese libro. Lo perdí en una apuesta tonta cuyas vicisitudes prefiero mantener lejos de los recuerdos. El 11 de noviembre de 1991, así consta en la primera página junto a mi ex libris, adquirí la segunda edición en español en la librería de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” en la capital salvadoreña. Fue una enorme alegría re-encontrarme con el preciado libro, ligeramente retocado y respetando el estándar ANSI C. Curiosamente, también en San Salvador, en una fecha que cambiaría el mundo para siempre, 11 de setiembre de 2001, hallé en una compra y venta la primera versión en excelente estado. Fue un re-encuentro casual pero gozoso. En el vuelo de regreso, sabiendo que las torres gemelas ya habían desaparecido, ojeaba de nuevo el querido libro.

2- Aprendiendo C

No fue en la universidad donde aprendí C. Lo hice en los interminables viajes en bus a Golfito. Ocho horas para cada destino. Atendiendo el consejo de un apreciable profesor y amigo: Léalo con calma y luego programe los ejemplos y ejercicios. Fue así como repasé, en infinidad de ocasiones, las sentencias de los pequeños programas, principalmente el mítico “Hola Mundo”, sin digitarlas en la computadora. El ansiado día que me enfrenté a mi PC, 10M en disco duro, 4.7MHz, 78K en RAM, y a la pantalla limpia del Turbo C de Borland, escribí el primer programa en C, tenía grabadas en la mente las cuatro líneas, sin olvidar el punto y coma. Funcionaron. Ese “Hola Mundo” jamás lo podría olvidar. Desde aquella noche larga, sigo pensando que C es lo mejor. La parafernalia moderna lo tienen, inevitablemente, en su árbol genealógico.

include <stdio.h>
main()
{
printf(“Hola, Mundo!\n”);
}
El primer programa en C

El “Hola mundo” pasó a ser, luego de la publicación de K y R, el primer programa de cualquier nuevo lenguaje de programación y quizá lo siga siendo. También la estructura de programación del libro fue considerada un estándar para la programación en C.

La primera edición se publicó en 1978 y la segunda diez años después, el 1 de abril de 1988.

Regreso, cuando lo recuerdo, a los comentarios acerca de este libro que se encuentran en Amazon, representan el mejor homenaje a un gran libro y a dos pioneros de la computación.

 

3- El librero de Kabul

Simona continúa enviándome ambos libros desde los países a donde viaja, y por supuesto, logra conseguir. Me dice, que gracias a mi descubrió el maravilloso olor de los libros, su compañía infatigable, su sana presencia y quizá por eso adora las librerías. A ella le debo las versiones en búlgaro, húngaro, finés, griego y turco. Me envió también un extraño ejemplar, digo extraño porque realmente lo es. No se trata de un libro elaborado en una imprenta, ni es un clone, más parece, la obra de un delicado artesano. Lo compró en la calle Asaria en Bagdad y está escrito en farsi. Me cuenta que prácticamente se lo quitó de las manos a un australiano que dudó un segundo en comprarlo. Fue escrito a mano, con una caligrafía envidiable, creo que si fotocopiara las páginas emblemáticas, las podría vender enmarcadas en alguna galería. La portada es similar a la de la versión original pero con los textos en farsi. Para Simona fue fácil descubrirlo. “Los iraquíes adoran los libros. Las circunstancias los han forzado a que unos los vendan y otros los compren”. Debo confesar que tiene un esplendido ex libris con un león debajo de cuya garra se lee en farsi: “del librero de Kabul”.

 

4- El origen del C

Quizá sea parte de la leyenda urbana de los Laboratorios Bell, cuentan que Brian Kernighan y Dennis Ritchie necesitaban pasar el juego Space Travel porque en la computadora donde lo jugaban se ocupaba para tareas serias. Había por allí abandonada una DEC PDP-7[K2], pero no tenía Sistema Operativo y no se podía copiar otro sin enfrentar un problema de licencias, entonces requerían un SO, luego un lenguaje que funcionara en ese SO, más tarde reprogramar el juego. Empezaron inventando el lenguaje C (muy portable) para luego crear Unix (muy portable) y finalmente volvieron a programar el Space Travel en C.

Este largo cuento, citas incluidas, es para contarles que el 8 de octubre murió Dennis Ritchie. En 1983 le concedieron, a él y a Ken Thompson, el premio Alan Turing (equivalente al Nobel de Computación) por haber creado C y Unix.

Dennis M. Ritchie y Brian W. Kernnighan escribieron el libro más famoso, más vendido, más traducido y más didáctico acerca del lenguaje C. Cometí el desliz de apostar la primera versión de ese libro (un verdadero tesoro) y perdí. Si alguna vez me arrepentí por deshacerme de un libro fue por esa estupenda obra.

Referencias

[1] Kernighan, Brian W. y Ritchie, Dennis M. “El lenguaje de programación C”. Prentice Hall. 1991.

[K1] Kernighan, Brian W. y Ritchie, Dennis M. “The C Programming Language”. Prentice-Hall, Inc., Englewood Cliffs, N.J. 1st. Ed. February, 1978.

[K2] Kernighan, Brian W. y Ritchie, Dennis M. “The C Programming Language”. Prentice-Hall, Inc., Englewood Cliffs, N.J. 2nd. Ed. March, 1988.

[R93] Ritchie, Dennis M. “The Development of the C Language”, ACM SIGPLAN Notices, vol. 28, no. 3, pp. 201–208, March 1993.

[LC] Kernighan, Brian W. y Ritchie, Dennis M. “Limbajul C”. Ed. Teora. 2003.

[V] Verne, Jules. “Around the World in 80 Days”. Airmont Publishing Co. 1963.

Publicado en Uncategorized | 2 comentarios

1884: año luminoso

site hit counter
1

El jueves 1 de enero de 1885 circuló el primer ejemplar de “El Diario de Costa Rica”. Leer ese documento, ahora histórico, es un privilegio, un guiño de la tecnología (1). Leerlo desde la casa, sin la necesidad de ir a la Biblioteca Nacional se me antoja una delicia. Esos logros de personas que se juntan para darnos estas facilidades, vale la admiración, el respecto y la felicitación. No solo colocaron en Internet “El Diario de Costa Rica”, tienen en línea decenas de periódicos históricos, revistas, fotografías, planos. Se anota en el sitio de los periódicos de la Biblioteca Nacional lo siguiente:

“Consulte los índices de los periódicos costarricenses de 1833 a 2006 que posee la Biblioteca Nacional compilados por el historiador Juan Rafael Quesada con una breve descripción y actualizados por estudiantes de la Escuela de Bibliotecología de la Universidad Nacional”.

Ignoro el trabajo realizado por los estudiantes de la UNA, quizá alguien por allí nos cuente los detalles. Aunque me los imagino digitalizando página por página. Con su esfuerzo y dedicación multiplicaron un tesoro y lo situaron al alcance de millones de personas alrededor del mundo. Valdría la pena que la Universidad se interesara en mantener un sitio espejo, por supuesto, con la aprobación de la Biblioteca Nacional.

2

Husmeo, como solía hacerlo Sherlock Holmes en el Times de Londres, en ese viejo ejemplar de “El Diario de Costa Rica” del primer día de 1885 (casi 127 años atrás), curiosidades, agrego algunas:

Efemérides

1839 – En el curso de ese año fue empedrada la ciudad de San José, mejora debida al celo del Señor Don Rafael Gallegos, comisionado especial de la Municipalidad, y se consideró como una medida sanitaria, demandada por la aproximación del cólera morbus, aunque éste no llegó a introducirse entonces.

1848 – Enero 1. -Los Mosquitos toman a San Juan del Norte, con auxilio de fuerzas británicas (2) desalojando a los nicaragüenses que ocupaban aquel puerto desde 1838.

En la segunda página, un artículo a tres columnas, firmado por el redactor Juan F. Ferraz, celebra la llegada del año nuevo y hace un recuento irónico del año viejo 1884.

“Un año como el de 1884, que todavía nos dice adiós con su huesuda mano, que se ha llevado del país a los misteriosos discípulos de Loyola, hasta mandó a paseo al pastor espiritual de la grey (?) (3) costarricense, bien merece que se le llame año de pelo en pecho: un año que nos trajo la luz eléctrica a la capital de la República, haciendo aquí en este joven pueblo lo que no ha podido realizar todavía sociedades más adelantadas, en ciudades más populosas y ricas, fijando como si dijéramos la luna llena (que esto es hacer más que Josué) (4) permanente en las calles de San José, bien merece que se le llame año lumino: un año que dejó plantada la cuestión de la enseñanza laica sobre sólidas bases y que propuso a los venideros el plan de la libertad de conciencia, que dejó sobre el tapete las grandes cuestiones del matrimonio civil y la independencia entre la Iglesia y el Estado, que secularizó los cementerios.”

Agrego este anuncio que está en la esquina inferior izquierda de la última página.

Más y más rebajas
Vía Limón
La tarifa general entre Carrillo (5) y Limón, sobre café, durante esta cosecha, será nueve pesos tonelada de 2000 libras.
San José, diciembre 25 de 1884.
Minor C. Keith

3

Quiero agradecer a las personas maravillosas que nos obsequian estos placeres. Incluidos los estudiantes de la UNA.

(1) Algunos iluminados la quieren restringir. Incluso aquí en una Universidad. Tampoco es sorprendente, siempre han existido y existirán los inquisidores.
(2) Nos imaginamos los abajo firmantes que Calero le fue devuelta, por los británicos a los costarricenses, con la severa observación de que deberían sentar en ella una representación visible: un faro, un fortín, un mall o quizá un Call Center. No sea que en el futuro la vuelvan a perder. Se entiende porque tanta reticencia del orden internacional por ayudar a Costa Rica con el affaire Calero y tal. La olvidamos.
(3) El viernes 18 de julio 1884, el presidente de Costa Rica Próspero Fernández Oreamuno, cumplía 50 años. Aprovechó la efemérides para expulsar del país al segundo obispo diocesano de San José Bernardo A. Thiel junto con los Padres de la Compañía de Jesús, también se invitó a salir del territorio de la República, en el mismo decreto, a las monjas de Sión y del Sagrado Corazón de Jesús.
(4) Se refiere Don Juan Ferraz al pasaje bíblico Josué 10:13 “Y el sol se detuvo, y la luna se paró”.
(5) A la pujante ciudad de Carrillo la devoró la selva.

Felipe Ovares Barquero
Leyendo en sepia
Domingo 25 de setiembre de 2011

Publicado en Uncategorized | 3 comentarios